Hola a tod@s:
Los primeros días de la nueva situación de padres fueron
complicados. Nadie te enseña que se debe hacer o que no se debe hacer. Eso sí
consejos te dan muchos, pero solo el día a día, el instinto o la intuición son
los que te guían.
Los tres primeros días de estancia en casa fueron difíciles,
Gemma resultó en esos días muy llorona por las noches y la falta de sueño era
acusada por todos. Poco a poco todos nos fuimos acostumbrando a la nueva
situación que además coincidió con una ola de calor excepcional para la época
del año en la que nos encontrábamos y con una serie de incendios en el macizo
del Garraf que provocaron una verdadera lluvia de cenizas.
Apenas cumplido un mes de vida, Juliana con su madre y la
niña se trasladaron a Castillonroy y aunque no es que fuera la mejor opción, sí
que era la más práctica ya que en casa no había sitio para todos y es cierto
que en esos primeros días, la experiencia y la ayuda de la madre para la nueva
madre y la niña es muy conveniente
.
Quien no vio a la niña fue mi abuela que ya había sido
trasladada al centro de cuidados paliativos en Sant Boi. Para cuando fui a
darle la noticia del nacimiento y le enseñe las fotografías que tenía, su
mirada y su mente estaban ausentes, y no
estoy muy seguro de que llegara a ser consciente de su nuevo grado de
bisabuela. Mi abuela murió justo tres meses después del nacimiento de Gemma y
no llegó a verla en persona.
Algo en lo que también tuvimos especial cuidado y en lo que
no regateamos esfuerzos fue la elección de una guardería donde llevar a la niña
ya que Juliana no iba a dejar su trabajo. La primera opción fue una guardería
ubicada en la calle Verdi, donde Gemma estuvo yendo los primeros meses para
cambiar después a otra guardería que estaba situada en la Avenida República
Argentina. En esta guardería permaneció hasta la edad mínima de acceso a la
escuela.
Cada mañana, era yo el encargad de despertarla, darle el
biberón, cambiarle los pañales y ponerla presentable. Luego la llevaba a la
guardería con el coche, la dejaba y aparcaba el coche cerca de la estación del
metro de Lesseps. Cuando salía de trabajar a las tres, deshacía el camino,
recogía a mi hija y volvíamos a casa donde ya nos esperaba juliana.
A Juliana me consta que le costaba tener que ir a trabajar
pensando que nuestra hija se quedaba en la guardería, pero no era menos duro
para mí tener que despertarla y después entregarla a las cuidadoras.
Gemma dio problemas a poco de nacer con una intolerancia a
las leches normales debiendo tener que darle una leche especial. A esto se
juntó una infección de Candidiasis que hizo que su peso disminuyera y que nos
preocupáramos
Ocurrió otro tanto con una prueba que obligadamente se
realiza a todos los bebés para descartar el síndrome de down. Consiste en un pinchazo en el talón, Cuando
nos informaron de la prueba nos dijeron que si la misma resultaba correcta
recibiríamos los resultados en un plazo estimado de dos a tres meses, pero que
si se detectaba alguna anomalía se pondrían en contacto con nosotros antes de dicho
plazo, así que podéis imaginar el vuelco que nos dio el corazón cuando a los
pocos días de haber vuelto a casa nos encontramos en el buzón un sobre del
laboratorio indicándonos que la prueba no se había podido realizar bien y que
teníamos que recoger una nueva muestra de sangre para lo que nos aportaban una
aguja con la que teníamos que pinchar a nuestra hija.
No tuvimos valor de hacerlo y nos desplazamos a la consulta de la pediatra para comentarle
el caso y fue ella quien nos dijo que debíamos olvidarnos del tema, que a Gemma
se la veía sin ningún tipo de síntoma que pudiera hacer pensar que tenía esa
anomalía de los cromosomas.
Pero el susto ya lo teníamos, igual que el que tuve un día
cuando de regreso de la guardería llevando a mi hija en brazos, tropecé y caí
hacia delante. Tuve la mente fría como para vencer la tendencia natural de
poner las manos para parar la caída y no solté a Gemma protegiendo de esta
forma su cuerpo aunque con ello me
despellejara las manos. El llanto a ella le duró menos de dos minutos. Al
llegar a casa corrimos a desnudarla para ver si había alguna herida, ella ya
reía, en cuanto a mí, no sabría decir que me dolía más si mis rodillas y manos
laceradas o mi cabeza por lo que podía haber sido algo grave
.
Así que de esta forma íbamos pasando el tiempo. Estos
detalles eran, por lo demás, cosas puntuales pero la mayor parte del tiempo
éramos felices contemplando nuestra hija, un ser querido y deseado por los dos.
Esos años y aún muchos otros que vendrían fuimos felices los
tres, luego las circunstancias cambiaron, pero habrá tiempo y opción de
explicar e incluso de valorar los hechos.
Gemma fue diría que casi precoz en caminar, pero muy tardía
en tener dientes, tanto que yo me desesperaba, ya que se le notaban los dientes
bajo las encías, pero no rompían, incluso llegué a preguntar y casi a sugerir a
la pediatra si no se debería abrir la encía para facilitar la salida de los
dientes.
Los primeros pasos los dio estando en castillonroy y en
presencia de su abuelo al que causó una gran alegría.
A estos, a sus abuelos maternos, sé que le hacía encoger el
corazón cuando insistía una y otra vez como un martillo pilón para que comiera.
Gemma no era una niña muy comedora y una vez había dejado los biberones, cada
ingesta era una batalla terrible. Sé que
mi suegro tuvo que parar a su mujer en muchas ocasiones para dejar que yo
hiciera mi labor. Su propia abuela me lo había reconocido muchas veces e
incluso había confesado que sufría por lo difícil que era sacar adelante a
nuestra hija.
Por lo que respecta a los abuelos paternos, es decir, mi
madre e Isidro, he de decir que estos veían poco a Gemma, y no por su voluntad
sino porque era difícil vencer las reticencias de su madre a que la llevara a
una casa en la que la higiene y limpieza no eran los valores dominantes. A mí
mismo me costaba a veces llevarla y no fueron pocas las ocasiones en las que
les pedía que intentara reaccionar.
No era fácil. Tras la muerte de mi abuela, mi madre se
empezó a culpar de las discusiones habidas, de los disgustos que mi abuela se
había llevado por su relación con Isidro que empezaba a ver que no era todo lo
idílica que había podido imaginar. A eso se le añadió la aparición de la
diabetes. El episodio de la detención de
Isidro, no hizo sino agravar esa situación y mi madre empezó a engordar hasta
el punto de ser retirada de acomodadora por el peligro que podía tener de
sufrir caídas debido a las limitaciones en su movilidad y ser ubicada en el
servicio de guardarropía.
Y ella misma se autolimitaba o se excluía de venir a casa.
Los horarios de los conciertos, el trabajo de Isidro en el cine eran buenos
argumentos para justificar que no pudieran venir a nuestra casa. Tampoco es que
por parte de Juliana, ni por mi parte, también lo he de reconocer, hubiera un interés
en que vinieran. Así las cosas, acabaron por venir únicamente para Navidades.
Esto es una más de las cosas de las que no me siento
especialmente orgulloso.
Aproximadamente dos años después de lo que pasó con Isidro,
tuve lo que después supe se trataba de una crisis de ansiedad, supongo que fue
el escape de tantas tensiones vividas en los últimos meses.
De ahí acabé en manos de un psicólogo-psiquiatra que tenía
su consulta en la Avda. República Argentina. Estuve en tratamiento durante un
par de meses a base de pastillitas de Orfidal, que pronto abandoné por no
querer acabar siendo un adicto como lo era mi madre de las suyas. No obstante
este individuo tuvo una actuación muy poco ortodoxa y alejada de lo que debe ser su cometido médico. Dado que no me afectó solo a mí y por respeto a la otra persona no explicaré en que consistió.
No hay comentarios:
Publicar un comentario