Hola a tod@s:
He entrado en la época del Bachillerato, dejando atrás recuerdos que no había mencionado en la mayoría de los casos porque no habían aflorado a la memoria y que al ir recordando episodios de mi vida van surgiendo.
Por ejemplo no he mencionado que durante los años de mi niñez, el pan con aceite y azucar, o el pan con chocolate o con vino y azucar eran meriendas tradicionales de todos los niños.
Entonces no existía la bollería industrial que tenemos hoy en día ni tampoco los recursos para comprar las pastas de siempre, crusanes, ensaimadas, brioxes, palmeras etc. Así que un buen recurso era untar el pan con aceite y añadirle azúcar. Lo del vino no era quizá tan común pero se hacía, yo lo había probado. El pan con chocolate era otra opción y fue precursora junto con el pan con mantequilla de lo que sería después la nocilla. Como ya he dicho no habían muchos recursos así que la merienda por excelencia era un cuarto de una barra a la que con los dedos se le quitaba parte de la miga y en el agujero se introducía una pastilla de chocolate, así de simple, así de sencillo.
También estaba la opción del pan con mantequilla y recuerdo que se vendía una mantequilla de tres colores, blanca, rosada y chocolate con gustos a mantequilla sin más, fresa y chocolate. Pero lo habitual era el pan con mantequilla y azúcar. Primero se untaba de mantequilla y después se le tiraba azúcar por encima y se devolvía el azúcar que no había quedado enganchada al pan poniendo la mitad de la rebanada en vertical sobre el azucarero.
Cuando por algún motivo los niños perdían el apetito,era habitual que se les diera un vasito como los de chupito, de quina. Habían varias marcas, Quina San Clemente, Quina Santa Catalina y también había otro producto que se llamaba ceregumil, este nunca lo probé así que no sabría definir su sabor. No ocurre lo mismo con las quinas que tenían un cierto sabor a jerez dulce.
Tampoco era raro que a los niños si estaban algo mareados por ir en coche o sin más porque se mareaban o fingían un mareo o nauseas etc. se les diera un terrón de azúcar empapado en agua del carmen, un destilado que hacían los carmelitas descalzos y que se vendía en farmacias y que servía para que las señoras se dieran un lingotazo de licor santo pues estaba hecho por monjes. Lo tomaban por los dolores menstruales, sofocos, jaquecas, mareos, nauseas, etc.
Como se puede deducir desde muy tierna infancia se inducía a los niños al consumo del alcohol. Yo mismo era obsequiado en algunas ocasiones con un terrón de azúcar mojado en coñac.
Creo haber citado que en mi casa la cena indefectiblemente era patata hervida y judia verde igualmente hervida o lo que en casa se conocía como verdura, seguida de un segundo plat. Bien pues todos comían verdura menos yo porqué nunca me gustó, me producían arcadas y como mucho la llegaba a ingerir si esta venía remojada con vinagre, a ser posible ahogada en vinagre. Como eso no siempre era posible pues opté por cenar solo segundos platos. Eso sí, tuve que oir un montón de veces como mi abuela me profetizaba que cuando fuera a hacer el servicio militar no tendría más opción. Que equivocada estaba mi abuela, fueron muchas las noches que en mi servicio militar, preferí quedarme sin cenar a comer verdura y si alguien consiguió hacerme comer verdura fue una mujer, pero aún debían pasar más de 40 años para que eso se materializase.
Si puedo avanzar ahora, que durante muchos años mi cena al igual que para los demás de casa era la verdura, para mí fue el pan con tomate y una tortilla a la francesa.
Hace dos día regresando de un concierto he pasado por la calle de mi infancia. Ya no queda nada de lo que fue el escenario de mi niñez, salvo los bloques de viviendas.
En la manzana que yo vivía, justo al lado del portal de casa había una tienda de pesca salada, una bacallanería. Recuerdo que ponía cada día junto a la puerta varias cajas con arenques en salazón. Eran unas cajas de madera redondas. Dentro un largo mostrador de mármol blanco con bacalao en remojo y colgado de una barra pencas de bacalao salado, ñoras y ajos. También vendían aceitunas todo tipo aunque yo cuando pude comprar solo podía acceder a una papelina de aceitunas arbequinas, unas aceitunas muy pequeñas.
En aquellos años era también común masticar chicle. Habían prácticamente dos marcas el chocle Bazzoka que era para describirlo como cinco discos del tamaño de un euro unidos por el centro. La otra marca erán los chicles Dunkin, estos eran dos cilindros de unos tres centimetros unidos por el centro. Con ambose s podían hacer globos de chicle que por mucha habilidad que tuvieras siempre acababan enganchándose alrededor de la boca.
En cuanto a los caramelos, yo asistí al nacimiento de los chupa-chups, los pitagol que era un caramelo que a la vez era un silbato y poco después a las piruletas.
Pero regresemos a la descripción del comercio de mi calle:
Tras un portal de viviendas estaba una casa de vidrios y espejos llamada Vidrios Camaló y al lado de esta una empresa de hornos, en ella tenían un perro boxer que se llamaba TOF con el que a veces jugaba.
Más abajo otro portal y las Gruas Grau de las que ya he hablado. Así se llegaba hasta la calle Valencia y en la otra esquina estaba la fábrica de ropa de la marca Nerva, hacían pijamas y ropa interior.
En el otro lado de la calle Padilla estaba empezando por la calle Valencia la fábrica de calentadores Hekla y más arriba un portal de viviendas y al lado de este una fábrica de mantequilla. Esta fábrica fue derribada cuando yo contaba con nueve años y en su lugar se construyó lo que después serían los servicios informáticos del Banco Hispano Americano. Así que durante un tiempo y ya con mis prismáticos, me entretenía mirando como construían ese edificio que a mí se me antojaba muy grande.
Mis amigos por aquellos años eran básicamente dos. Eduardo Carrilo Lara, que vivía dos portales más abajo al mío. Su padre era viajante, su madre no trabajaba y vivían junto a sus abuelos, aragoneses de pueblo de Maella. El padre de Eduardo se ganaba bien la vida y así él fue el primero en lucir una bicicleta de sdos ruedas que yo jamás llegué a tener de niño, si las he tenido y tengo ahora de adulto o el primer scalextric en forma de ocho. Cuando yo tuve el mío dos años después, era un circuito más pequeño y si el de él era de formula uno, el mío era de seat seiscientos. El otro amigo era Angel Carrascull Adell, catalán de pura cepa, su padre era Director de banco así que era el más rico y pijo. Angel no bajaba a la calle a jugar y que yo recuerde solo yo iba a jugar alguna vez a su casa y a ver la tele pues el la tuvo mucho antes que yo.
Eduardo era un niño respondón a sus padres. Era algo que a mi me alucinaba pues estoy convencido de que si yo hubiera respondido como él a mis padres, me habría llevado un buen guantazo.
Había otro niño al que yo podía ver desde la ventana del comedor de mi casa y que vivía en el portal de la esquina. Este se llamaba José Rull García, el peque no tenía padre y se decía que era hijo de madre soltera y por eso en casa no veían con buenos ojos que me juntase con él.
Así que ya por aquel entonces no tenía muchos amigos. la sobreprotección de mi madre y abuela hizo que al estar recluido en casa se moldeara mi carácter a ser una persona más bien solitaria y con un número de amigos tan reducido. La marcha del barrio cuando yo contaba con trece años y de la que muy pronto hablaré y mi incorporación añ mercado laboral un años más tardes hicieron que aún me quedara más aislado.
Tampoco puedo dejar pasar otro recuerdo que aunque no tuvo demasiada importancia, si tuvo su gracia. En la empresa de mi padre se imprimieron varios libros de una editorial llamada Danae. A mi casa mi padre trajo tres. El libro de la mujer, El libro de las razas del mundo que fue un regalo para mi y El libro de la vida sexual del Dr. López Ibor. Ese era un libro prohibido para mí, pero yo urdí la forma de acceder a él. Fué en una ocasión en que excusando que me quería quedar a ver una serie que se llamaba Belfegor el fantasma del Louvre, me quede solo en el comedor y muy sigilosamente cogí el libro que además tenía una funda de cartón rígido y empecé a hojearlo y tan aplicado estaba viendo sus imágenes que por cierto enseñaban mucho menos que ciertas portadas de revistas actuales, que no oí llegar a mi madre que me pilló "in fraganti" resultado? una broca-sermón y el aviso de que pondría trampas para saber si yo miraba el libro en cuestión.
Yo lo continué mirando y no encontré las supuestas trampas.
Continuaré
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