Hola a tod@s:
El día que murió mi padre, los médicos pidieron permiso a mi madre para poder abrir y estudiar el cuerpo de mi padre con el objetivo de que sirviera para sus investigaciones acerca del cancer. Mi madre lo dio siempre y cuando no se notara ningún tipo de manipulación cuando al día siguiente su familia lo fuera a ver.
Esa noche, ocurrió en casa algo curioso pero que nos perturbó bastante. El suministro eléctrico se fue, pero en los tubos fluorescentes se apreciaba una tenue luz fluctuante. Este fenómeno que posteriormente lo he visto en otras ocasiones, le causo cierto miedo a mi madre y no se descansó en aquella casa hasta que al cabo de unas horas, personal de la compañía no solventaron la avería.
También supimos que esa noche, familiares de mi padre intentaron acceder al depósito de cadáveres del Hospital de San Pablo que se encontraba justo donde hoy está el acceso al nuevo hospital, ya que tenían la mosca tras la oreja por el hecho de que no se hubiera trasladado el cadáver a pompas fúnebres para su vela. Afortunadamente el depósito tenía un vigilante que "disuadió" a la o las persona que habían intentado entrar allí. Al día siguiente el cuerpo de mi padre fue entregado a la familia sin signos aparentes de su manipulación y fue enterrado en el cementerio de San Andrés en el nicho donde estaban enterrados otros familiares de mi madre.
Tras la muerte de mi padre se abrieron grandes interrogantes para mi. Yo aún no tenía el carnet de conducir y por lo tanto no podía hacer uso del coche aunque preveía que lo iba a hacer muy pronto.
La empresa de mi padre condonó la deuda que el tenía y por lo tanto mi madre y mi abuela se quitaron un peso de encima. Lo que ya no salió tan bien como mi padre creía fue la pensión de viudedad que le quedó a mi madre, pero con el aporte de la pensión de mi abuela y el trabajo de mi madre y mi sueldo se podría salir adelante.
Aquella situación, no obstante, no me complacía mucho a mi, ¿porque como podía plantearme aunque fuera a muy largo plazo casarme, si prácticamente todo lo que ganaba se quedaba en casa? A mis dieciocho años ya había prosperado y ya era auxiliar administrativo y mi sueldo había mejorado bastante aunque tampoco para echar cohetes. De hecho no sería hasta al cabo de un año que al entrar en vigor el nuevo convenio, pasé a cobrar de once mil pesetas a dieciocho mil lo que fue un cambio muy importante. No obstante a mi solo me daban mil quinientas pesetas y eso aunque hablemos de cuarenta años atrás, teniendo novia no era un capitalazo y lo tenía que administrar muy bien.
La suerte era que entre las excursiones del instituto que eran gratis para los dos y los fines de semana en Palau que empezaron a extenderse hasta los sábados por la tarde noche cuando cerraban la tienda, pues apenas teníamos que gastar.
Yo obtuve el carnet de conducir el 13 de diciembre de 1.974 el día de santa Lucía y fue a la cuarta vez debido a una serie de hechos en los que yo pagué por culpa de otros. El primer examen, teórica lo aprobé a la primera y acto seguido pase a hacer las prácticas. Estas se realizaban en los terrenos que hoy ocupa el Palau Sant Jordi y entonces consistían en maniobra de aparcamiento que tanto podía ser a la derecha o a la izquierda y que debía efectuarse en un máximo de cuatro maniobras. Te colocaban dos listones verticales y te hacían aparcar sin que pudieras tocar esos listones, ni subirte al bordillo y dejando las ruedas con un máximo de separación menos a un palmo. Después venía el cambio de sentido: Tenías que introducirte en un rectángulo y en un máximo de tres maniobras cambiar el sentido de circulación de tu vehículo. Tras este ejercicio venía la entrada en garaje más conocido como la L: se trataba de efectuar marcha atrás y entrar el vehículo en una supuesta plaza de garaje sin que el coche quedase torcido y en una sola maniobra, con el añadido de que la plaza quedaba a un nivel inferior al de circulación con lo que era relativamente fácil que el coche se te fuera para atrás. Por último estaba la rampa: Debías ascender por una rampa y antes de llegar al punto más elevado parar el coche, no el motor, poner freno de mano y arrancar sin que el coche se calase ni se fuese para atrás.
Más de uno hoy en día debería intentar hacerlo y seguro que no superaba la prueba. No fue ese mi caso ya que a pesar de que casi me salto el rectángulo del cambio de sentido, hice todas las maniobras aprobando también esa parte. Ahora quedaba la circulación. Por la hora que era ya no daba tiempo a hacerla aquel día y me pospusieron la prueba al día siguiente. Yo siempre he pensado que si hubiera podido hacerla el mismo día habría aprobado a la primera.
Al día siguiente por la mañana a primerísima hora me presenté y mi sorpresa fue cuando me cambiaron de coche y de profesor, detalle que no paso desapercibido por el examinador que interpeló al nuevo profesor de los motivos por los cuales no estaba mi profesor allí. A mi profesor lo habían sancionado por cometer irregularidades con algún alumno por lo que obviamente estando sancionado no podía presentar ningún alumno ni podían cambiar el profesor. Hubo un cruce duro de palabras entre profesor y examinador tanto que casi llegan a las manos. Pasada esa fase el examinador accedió a examinarme pero al final el resultado fue que a mi me suspendió por un presunto cambio de marchas de cuarta a segunda, algo impensable porque hubiera atravesado el parabrisas del tirón, y al profesor una sanción de tres semanas por haberse encarado con el examinador.
A la semana siguiente volví a subir y el destino hizo que volviera a tocarme de nuevo el mismo examinador que cuando se subió a la parte trasera del coche me dijo: A usted lo conozco de algo y no recuerdo de que. Yo hice el examen y no lo hice mal, pero al llegar al final del recorrido y bajarse del coche, me volvió a decir: Ya se de que lo conozco, de la pelea que tuve con el profesor de su autoescuela la semana pasada, hizo mal usted de escoger esta autoescuela, lo siento. Después me dieron el resultado: Suspendido.
Nuevamente volví a subir a la semana siguiente y en esa ocasión he de reconocer que no lo hice bien y el suspenso fue justo.
Como debía presentar un nuevo expediente, mi tío me sacó de aquella autoescuela y me llevó a la misma donde él se había sacado su carnet y tras hacer tres o cuatro prácticas más para que al menos la autoescuela ganara algo, volví a subir y esta vez sí, obtuve mi permiso de conducir.
Entretanto mi madre cedió el coche de mi padre a mi tío que se quedó con el más contento que unas castañuelas a diferencia de mi que me pillé un enfado descomunal. En aquellos momentos no me paré a pensar si en casa se podía o no mantener el coche, lo que estaba claro es que me lo habían quitado, que aquello era herencia de mi padre y yo era el único heredero. Me llevó mucho tiempo que se me pasase el enfado y el resentimiento frente a todos.
Fue también en aquella época que tomé contacto con el esquí. Fue un viaje que hice con el chófer del director en su flamante seiscientos nuevecito e íbamos aparte de él, mi sustituto en las tareas de calle un chico que se llamaba Ricardo y que también era hijo de viuda, Teresa y Jordi Tost. La excursión fue a las pistas de La Molina y yo creo que tardamos como cuatro horas incluida la parada de un control de la Guardias Civil, algo muy común en aquellos años. Mal pertrechados, con unos malos esquís alquilados y por supuesto sin acceso a los remontadores, me pasé el día cargando los esquís al hombro y caminando, desde luego mucho más, que deslizándome por la `pista de principiantes, pero el caso es que me gustó y empecé a tomarle gusto a eso de esquiar.
Con este hombre Quimet, hicimos otras salidas y recuerdo una concretamente que hicimos a Andorra, en esa ocasión subía más gente y eran dos coches. Quimet y el conductor del otro coche quedaron en dormir en un hotel mientras los demás lo hacíamos en un camping. Quimet dejó su seiscientos con nosotros en el camping, dejándome a mi las llaves y se fue con el otro coche al hotel quedando en reunirnos al día siguiente a las diez de la mañana. A tal hora estábamos ya todos levantados la tienda, recogida y guardada en el coche pero Quimet no venía. A las once de la mañana pensando que pudiera haberle ocurrido algo, no se me ocurrió otra cosa que coger el coche e ir al hotel a buscarlo. Durante el trayecto me debí cruzar con él porque al llegar al hotel no estaba, así que decidí volver al camping para ver que hacíamos. Él ya estaba allí y me dio una bronca descomunal por haber cogido su coche sin su permiso. De nada sirvió que yo le echara en cara su falta de puntualidad. Cuando se le pasó el enfado, no obstante, que conducía bien, pues es bien sabido y reconocido que los Andorranos saben conducir pero lo hacen muy deprisa y es fácil tener un percance si, como yo lo era, se es un principiante.
En los primeros meses de 1.975 las relaciones entre mi madre y mi abuela se deterioraron mucho y rara era la noche en que estando yo ya en la cama durmiendo no me despertaran sus gritos. Nunca supe a ciencia cierta el motivo de esas peleas. Supongo que mi madre descargaba en la suya todos sus quebraderos de cabeza y culpaba a mi a abuela de haber propiciado la falta de entendimiento con mi padre ahora que ya no se podía remediar. Fue tanto el nivel de enfrentamiento que una noche no pude más y me fui de casa a la calle y tardé un buen rato en volver harto de escuchar a esas dos mujeres a las que quería tanto discutir y hacerse tanto daño.
continuaré......
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