miércoles, 12 de marzo de 2014

EL VIAJE A IBIZA

Hola a tod@s: 

La participación en el Comité de Actividades Sociales del INAS me proporcionó la posibilidad de obtener media beca para mis estudios de Inglés y el poder asistir a un coctel de una nueva Directora del Instituto.  Era el primer coctel al que asistía y pese a mi edad y el hecho de conocer poca gente, me desenvolví  bastante bien.
Estos son los años de las primeras veces, la primera vez que te vas de cena con los amigos, la primera vez que vuelves alegre por haber bebido, etc. algunas cosas no se volverán a repetir seguramente en mucho tiempo otras sí.

Mis actividades en el Instituto se expandieron más y llegó a un punto en el que la sección de excursiones se independizó del comité y actuó de forma autónoma. Asimismo hice una intrusión en el mundo de las audiciones y monté la primera audición discográfica de Lluís Llach, para ello tuve que hablar con su productor Joan Molas, y con su discográfica que me facilitó gratuitamente, posters, fotografías y toda su discografía hasta aquel momento.

También tuve que presentar una instancia ante el gobierno civil de Barcelona con un listado de las canciones que se iban a reproducir, el guion que se iba a leer y traspasar por la correspondiente censura, se eliminaron algunas canciones y se dio luz verde a que se hiciera dicha audición, que tuvo por lo demás una audiencia muy reducida, no superarían la veintena y contando entre ellos con policía de paisano que velaba por el estricto cumplimiento de lo acordado.

Una de las cosas que genéticamente heredé de mi madre fue la predisposición para andar grandes recorridos.  Nunca me ha molestado andar largos recorridos, ya sea en montaña, carretera o ciudad.  Y así en aquellos años era fácil que yo caminara desde la Plaza de España hasta el Guinardó o desde el puerto a casa. No lo hacía por ahorro, lo hacía porque me gustaba, porque me distraía ver los comercios, sus escaparates y de esta forma, siempre sabía dónde encontrar cualquier cosa que se pudiera necesitar por extraña que fuera.  También llegué a conocer muy bien la ciudad, el nombre de sus calles sobretodo las del eixample aunque también las principales de los otros distritos de la ciudad.

Otras de las caminatas que había hecho muchas veces, fue las subir al Tibidabo a pie o cruzar el parque del guinardó para ir a la Fuente Fargas o a Horta. Una vez ya saliendo con Teresa, la caminata fija cada día era acompañarla a ella desde el Instituto a su casa en la Travesera de Gracia con Paseo San Juan y de allí subir hasta mi casa. Solía llegar a las once de la noche y era un trayecto que pasaba por la parte trasera del Hospital de San Pablo, hoy zona de jardines y paso del cinturón del Mig, pero entonces era uno de los núcleos de chabolismo que había en Barcelona y por lo tanto un refugio para la delincuencia, sin que con ello quiera decir que todos los chabolistas fueran delincuentes.  Gente buena y mala las hay en todos los lugares y estratos sociales. En Barcelona había más zonas de chabolismo: En el Somorrostro, en la Mina, en el Puente del trabajo, en el Carmelo, etc.  Aún hoy en día adentrados ya en el siglo XXi hay un núcleo de chabolas por encima del Paseo de Nuestra Señora del Coll, lindando a Santuarios puede que hayan unas cincuenta o sesenta chabolas con aguas residuales a la luz y sin canalizar.

Pues bien, entonces ese era mi camino diario y nunca me sentí a disgusto por hacerlo. Obviamente la primer aparte como iba a disgustarme si acompañaba a mi novia, y la segunda parte se me hacía corta pensando en lo que habíamos hablado y lo que quedaría aún por decir.

Llegó el verano y con él, el ansiado viaje a Ibiza. El viaje de ida en un camarote interior lo hicimos con un calor asfixiante que junto al ruido de las máquinas hizo que fuera difícil conciliar el sueño. Amanecía cuando llegábamos a Ibiza y desde allí tuvimos que tomar un autocar hasta San Antonio que era donde se ubicaba el camping al que presuntamente teníamos que ir.  Nuestra sorpresa fue que allegar al camping este lucía el cartel de completo y lo que era peor afuera había gente acampada en espera de poder entrar en él, pero claro eso no podíamos hacerlo ya que entonces nos obligábamos a no poder abandonar las tiendas, pues llevábamos una grande y la mía pequeña.  Sin saber que hacer empezamos a deambular por el puerto y nos enteramos que al otro lado de la bahía de San Antonio, en Cala Bassa, había otro camping, así que tomamos una barca de pasajeros y fuimos hasta cala Bassa.

Lo bueno? que había sitio para poner la tienda, poco arbolado pero podíamos poner la tienda, lo malo? que el servicio de pasajeros entre esa playa y San Antonio acababa a las cinco de la tarde, así que a partir de esa hora o tenías coche o tenías piernas que es lo que tuvimos que hacer para llamar a los de casa para decirles que estábamos bien.

Otra ventaja de que el servicio de viajeros acabase tan pronto es que a partir de aquella hora la playa quedaba desierta solo para la gente del camping por lo que era un disfrute.

Los siguientes días supimos también porque el camping tenía plazas.  El acceso al mismo en coche era por un camino infame, y los suministros al camping no se hacían todos los días y además tenían un coste muy elevado, un litro de leche costaba ¡¡¡40 pesetas!!!!  Mucho si tenemos en cuenta que hoy vale el equivalente a 160 pesetas pero que han pasado cuarenta años y que el coste de la vida ha evolucionado siempre al alza en todos estos años.

Esos días, no obstante fueron maravillosos a pesar de todas las privaciones y fueron muchos los lugares que visitamos y bastantes las anécdotas. Entre los lugares que visitamos estuvieron Santa Eulalía del Rio y su mercado Hippy de Es Caná, allí también vimos la isla de Tagomago, la cala de Portinatx, Cala Tarida, Formentera y la propia ciudad de Ibiza.

De las anécdotas, hay tres a destacar. No sé si las explico en orden aunque en cualquier caso no tiene mayor importancia. Dos de ellas se produjeron el mismo día esos si lo recuerdo. Sabíamos que durante nuestra estancia se celebraban las fiestas de Ibiza, así que en el primer barco que había cruzamos la bahía y luego tomamos un autocar hasta la ciudad. Allí nos paramos para comer, pero como nuestros recursos eran limitados, nos pusimos a comer en un rincón que encontramos en la parte vieja de la isla, Dalt Vila. Allí desplegamos un fogón de cartuchos de butano, y nos dispusimos a calentar unas latas de comida, aunque ops, no teníamos encendedor, así que José Luís empezó a pedir fuego a los escaso viandantes que pasaban por allí y que viendo nuestro aspecto y lo que teníamos montado no eran propensos a parar.  Finalmente una chica no sé si apiadada de nosotros o asustada por nuestras barbas, nos regaló su encendedor. No habíamos acabado de comer cuando se nos acercaron unos gitanos que se empeñaron en quedarse a hacer sobremesa con nosotros sacando no sé de dónde un colchón viejo que tiraron junto a nosotros, ante el horror de Assumpta, la indiferencia de teresa y mía y la alegría de José Luís.

José Luís tenía siete hermanos y su padre se dedicaba a la venta ambulante por mercadillos e incluso a domicilio de ropa, mantelerías, sábanas, etc. por lo que él que acompañaba a su padre muchas veces, estaba acostumbrado a las costumbres de la etnia gitana y a conversar con ellos e incluso conocía su peculiar forma de hablar, el caló. Por ello, se encontraba tan a gusto allí.

Por su parte, Assumpta era el polo opuesto a él.  De educación muy conservadora, todo le parecía exceso o cosas prohibidas. Su relación con José Luís no duró demasiado y la verdad es que lo pasó tan mal que tuvo que ser ingresada en un centro psiquiátrico.

El día por lo demás transcurrió tan perfecto como el resto de los días. Habíamos descubierto la existencia de un autocar que llegaba hasta los últimos hoteles del otro lado de la bahía, es decir, a una media hora a pie del camping. El último autobús era a las ocho y media de la tarde, así que confiados pensamos en tomar ese último autobús, pero no fuimos los único en tener ese pensamiento y al llegar a la parada esta estaba desbordada totalmente. Vino el autobús y viendo que toda la gente no cabía, se anunció que pondrían otro autobús. José Luís Y Assumpta pudieron subir en el primero y Teresa y yo decidimos que tomaríamos el siguiente.

No hubo siguiente y nos tuvimos que conformar con un autobús a San Antonio y allí buscar una tienda de alquiler de bicicletas que nos fiaron las mismas, previa entrega de nuestros carnets de identidad y con el compromiso de devolverlas al día siguiente antes de las diez de la mañana.  El trayecto que en barco era de unos quince minutos, por aquella carretera se multiplicaba y dada la hora y la proximidad de la noche debíamos apresurarnos, y yo no hacía más de unos meses que había aprendido a ir en bicicleta, después me referiré a ello, pero aún y así la noche nos alcanzó.

Y como suele pasar nos alcanzó en el camino infame que llevaba al camping, unos tres kilómetros de pista llena de baches. De esa forma no podíamos continuar así que empezamos a caminar, cuando de repente un vehículo apareció en nuestro mismo sentido. Iban unos extranjeros un tanto alegres que se prestaron a alumbrarnos el camino, total ellos tampoco podía correr mucho. Se puso delante nuestro pero claro está por poco que pudiera correr era más de lo que podíamos avanzar nosotros y pronto se nos iban dejándonos atrás. Dándose cuenta se pusieron detrás nuestro y así llegamos hasta el camping.  Hoy me doy cuenta del peligro que corríamos de que haber sufrido un accidente o cosas peores.

Al día siguiente tuvimos que salir muy temprano para volver a San Antonio a devolver las bicicletas.

He hecho mención a mi poca destreza en la bicicleta.  Como ya expliqué en su momento, yo no dispuse de bicicleta de dos ruedas siendo niño.  El precio era excesivo decían y además de ser verdad, supongo que estaba de nuevo el sentido de sobreprotección por lo que no aprendí a ir en ella.

La semana Santa del año 1.973 viajé junto a algunos compañeros de trabajo a Mallorca. Un viaje contratado en agencia. Unos lo harían en barco y otros como en avión. Creo recordar que fuimos cuatro. Fue en ese viaje cuando uno de ellos salió del armario, lo que en aquella época también era un mérito Aquel viaje a mí me sirvió para desterrar muchos prejuicios que desde pequeño habían intentado inculcarme, y en la actualidad para mí, la homosexualidad es algo tan normal y aceptable como lo es la heterosexualidad.
Bien pues mientras uno se iba a la Plaza Gomila de Palma núcleo gay por excelencia, y otros dos iban a recorrer Palma, Jordi Tost y yo nos quedamos en el Arenal donde estaba nuestro hotel y decidí dar el paso de alquilar una bicicleta junto con él y aunque costó llegué a dominar un poco la bicicleta, eso sí, a costa de saber que si fijas tu vista en un punto decididamente iras hacia él. Y yo lo fijé en unas jubiladas obviamente por querer evitarlas, pero conseguí el efecto contrario yendo decididamente hacia ellas. Me dijeron de todo, me quisieron golpear con sus bolsos y yo mientras deshaciéndome en disculpas y pidiendo perdón.

Entenderéis ahora mis dificultades unos meses más tarde en la isla de Ibiza.

Quedan un par de anécdotas más por explicar de este viaje a Ibiza, pero no hacer esta entrada más larga las dejaré para la siguiente.

Continuaré………

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