viernes, 28 de febrero de 2014

TRAVESURAS TEMERARIAS

 Hola a tod@s

Ayer me quedé en el relato de la pista de patinaje.  Si yo no explicara nada más, nos podríamos hacer una visión romántica de unos niños patinadores dando vueltas a la pista durante rato y rato.

Pero las cosas no funcionaban así. Cuando salíamos del colegio a las doce o a la una depende del curso en que estuviéramos, como el tiempo hasta la entrada de la tarde era siempre de tres horas, íbamos a casa cogíamos la bolsa de los patines y nos desplazábamos a la pista, pero nuestras actividades eran otras.

Nuestros juegos iban desde hacer el tanque, hasta los saltos. Vamos por partes, ¿Qué era el tanque? El tanque se formaba de la siguiente forma: Un patinador agachado extendiendo una pierna frente a él otro patinador en la misma posición de tal forma que el culo de cada uno de los dos patinadores descansaba sobre el pie y patín del otro y un tercer y hasta un cuarto patinador empujando a uno de los dos agachados. La dificultad estribaba en el hecho de que uno siempre iba hacia atrás y que se había de ir girando y que cada vez se adquiría mayor velocidad.

Otra lindeza era la del látigo. Un patinador en el centro empezaba a girar sobre si mismo. A este se juntaba otro y otro de tal forma que cuando ya eran siete u ocho los que giraban el último tomaba una velocidad endiablada.

Por lo que respecta a los saltos, estos se hacían sobre las bolsas de los patines apiladas en el centro de la pista. Otra variedad era poner las bolsas con cierta distancia e ir saltándolas o haciendo eses como si fuera un slalom.

No cabe decir que las caídas eran muy frecuentes aunque no tenían mayores consecuencias que moratones y algún que otro rasguño.

En aquella época, ya empezábamos a tontear con las niñas, que acostumbraban a ir acompañadas por sus madres o abuelas. Y hubo una a la que no recuerdo bien si le dí un papelito o le dije algo, la cuestión es que se fue corriendo a decírselo a quien la acompañaba y yo pensando que me reñirían  di un par de vueltas para tomar velocidad, encare la puerta de salida, que no era tal puerta sino un espacio sin barandilla y Salí saltando los diez o quince centímetros de desnivel, con tan mala fortuna que me caí y me hice un roto en el pantalón a la altura de la rodilla del tamaño de una moneda de dos euros, así en redondo. El trozo de pantalón se molió literalmente en la herida que me hice en la rodilla.

Obviamente  cuando llegué a casa y mi abuela me vio de esa guisa, lo primero fue curarme la herida con alcohol, ponerme gasas con un ungüento que se llamaba miraclem y que era un poco como el de la serpiente que servía para todo y luego vino la bronca por ir como un loco y por último la consecuencia, no me comprarían un pantalón nuevo e iría con el pantalón con un parche remendado.

No obstante, lejos de amilanarme, aquello me dio más alas y a partir de entonces raro era el día que no volvía patinando desde la Sagrada Familia a casa cruzando con los patines puestos la calle Mallorca que en aquella época aún estaba adoquinada, así que es fácil imaginar la dificultad que entrañaba cruzar con patines por encima de los adoquines.

Pero no fue esta la única “hazaña” la pista de patinaje se nos quedaba pequeña y empezamos a buscar nuevas experiencias como la de bajar por la calzada de la calle Cerdeña desde la calle Córcega hasta Mallorca, tres travesías, patinando. A veces de pie y a veces incluso agachados. Cuando hoy lo recuerdo, siendo como soy conductor de automóvil, me doy cuenta del peligro que corríamos al deslizarnos agachados sin que los automovilistas pudieran vernos cuando pasábamos por el lado de los coches. Un cambio de carril brusco o una puerta que se abre y no quiero pensar en las consecuencias que podíamos haber tenido, pero el caso es que eso no ocurrió.

En el espacio comprendido entre la calle padilla y mitad de Mallorca por el lado mar y Provenza por el lado montaña, enfrente de la juguetería, el horno, etc. que mencionaba el otro día, se ubicaba y se ubica aún hoy aunque transformado, el mercado de la Sagrada Familia. Entonces por la parte de Provenza estaba la entrada de los camiones. Para acceder a los muelles del mercado habían de bajar una rampa empedrada de unos 30 metros con bastante desnivel, tanto como unos cinco o seis metros. Pues bien esa rampa también la bajábamos nosotros con los patines y alguna vez habíamos ido a parar contra las cajas vacías de las frutas y verduras.

Aunque ahora me avance un poco en el tiempo, acabaré este capítulo dedicado a los patines, diciendo que en el verano del 69 debió ser , cuando la calle Cerdeña estaba cortada por las obras del metro de la línea cinco, nos dedicábamos a jugar con los siempre presentes patines a las guerras de gomas.  Con gomas a modo de tirachinas disparábamos papeles que habíamos plegado hasta hacerlos muy duros, incluso yo había llegado a poner algún trozo de alambre dentro del papel para que fuera más contundente.  Pues bien sucedió que estando jugando hubo uno que me disparó por a espalda dándome justo detrás de una oreja y fue tal el dolor y la rabia que me dio que Salí a toda velocidad tras él, con la mala fortuna de que una piedrecita entro en el mecanismo de la rueda delantera derecha de mi patín izquierdo, bloqueando la rueda y haciéndome volar literalmente hacia delante y cayendo con toda la inercia sobre mis manos. El resultado fueron dos fisuras en los dedos corazón y anular de mi mano derecha que me obligaron a llevar un vendaje compresivo y una férula en el dedo anular durante cuarenta días. Yo seguí haciendo trastadas por el mercado hasta el punto de que días antes de ir a quitarme la venda, esta se había vuelto negra  e incluso había perdido el adhesivo  por lo que me tuvieron que recortar una vuelta de la venda para que estuviera más presentable.

Ese año colgué definitivamente los patines.

Pero no todos mis percances vinieron con los patines. Un par de años antes tuve otra experiencia jugosa.

Mis padres, no solían salir nunca juntos, en parte por los complejos de mi padre sobre su físico tan delgado y encorvado y en parte por la depresión de mi madre, esto aún se hizo más acusado tras aquella discusión que tuvieron por el trabajo de mi madre que ya expliqué.  No obstante, una verbena de San Juan decidieron salir a cenar y a bailar después. Yoya era mayorcito y bien podía quedarme en casa con mi abuela.

A mí, las fiestas de San Juan me gustaban mucho por todo lo que conllevaban y que ya explique sobre la leña, las hogueras, etc. pero también me gustaban mucho por los petardos y por edad ya había dejado a tras las bengalas y las bombetas o los mistos garibaldis que tan tristes recuerdos dejaron por el envenenamiento de varios niños que los chuparon y acabaron muertos.  Lo mío eran las piulas, los truenos, las tracas chinas, etc.

Pues bien aquella noche, a cierta hora y cuando más bien lo estaba pasando, mi abuela me llamó desde el balcón para que subiera a casa, pues consideraba que ya era hora de subir, serían las diez o las once de la noche y aunque el portal aquella noche estuviera abierto porque había muchos vecinos en la calle, ella ya no tenía ganas de más fiestas, así que a regañadientes subí a casa con medio paquete de piulas en el bolsillo.  Una vez en casa y tras protestar sin éxito la decisión de mi abuela me empecé a entretener intentando tirar piulas desde el balcón a mis amigos o a la gente que pasaba por la calle, con la esperanza de que alguna llegara a explotar junto a ellos, cosa que por la altura era muy difícil.

Había algunas que la mecha la tenían muy corta y esas presentaban más dificultad para prenderlas y lanzarlas antes de que explotasen. Pues cogí una de ellas y sin prestar demasiada atención la tome por la mitad, con tan mala fortuna que la mecha prendió muy rápida y exploto mientras la tenía en mi mano explotándome en ella y abriéndome literalmente un dedo sin que saliera sangre pues la misma quemadura cauterizó la herida, lo que no evitó fue el dolor y ya me ves a mi cogiéndome la mano con la otra mano saltando y aullando por todo el pasillo, perseguido por mi abuela que quería a toda costa verme la mano y hacer una primera cura.

Tras varias carreras por toda la longitud del piso, finalmente me agarró la mano y tras limpiar los alrededores de la herida que estaban negros como el tizón, me untó con una pomada que se llamaba abril específica para las quemaduras y rogando al cielo que aquello no s eme infectara, nos dispusimos a dormir. Mis padres ya se enterarían al día siguiente y yo una vez pasado el dolor de la quemadura, ya no le prestaría más atención a esa herida.

Como suelo decir, un castigo justo, rápido y necesario aunque a mí no me lo pareciese entonces.

Continuare………

jueves, 27 de febrero de 2014

ESCUELA Y RECREO

Hola a tod@s:

Sigo explicando cómo era la vida de esos años  en que dejaba la  estricta niñez para pasar a lo que se denominaba la edad del pavo.

Hubo no obstante un verano debió ser sobre los siete u ocho años que hubieron muchos días que mi abuela y yo íbamos al tibidabo. Entonces no había que pagar para ir al recinto de las atracciones, así que una vez allí, mi abuela buscaba un banco donde sentarse a leer sus novelas de amor y yo me iba arriba y abajo por las atracciones mirando más que subiendo o iba a los columpios y así hasta la hora de la comida. Entonces buscábamos alguna mesa de esas que se llamaban de pic-nic y comíamos lo que ella hubiera traído. Luego a media tarde nos volvíamos para casa.

Volviendo aún la vista a años anteriores, diré que habiendo cumplido ya los cuatro años, me trasladé a dormir a la misma habitación que mi abuela. Eran las épocas de los miedos, miedo a la oscuridad del largo pasillo del piso de la calle Padilla, miedo a quedarme solo, muchos miedos, pero también fue tiempo de rayar la pared de mi izquierda contra la que dormía en la habitación con mis uñas y llegarme a comer el yeso hasta llegar en algún punto a ver el ladrillo. Bueno otros niños se comían las gomas de borrar y yo hacía esas guarradas. En esa época yo le pedía a mi abuela que no se durmiera hasta que yo no lo hubiera hecho. Ella aguantaba de buen principio pues tenía por costumbre recordar a su difuntos rezándoles, pero una vez acabado esto, la pobre mujer cansada de todo el día, se rendía al sueño y yo que estaba vigilante, la chistaba hasta que se despertaba para decirle que se había dormido antes que yo y que aquel no era el trato.

Eso, como es fácil comprender, se puede tolerar una o dos veces pero cuando te lo hacen tres o cuatro veces, pues era una jugada y más de una noche se había desvelado poniéndose a leer una de sus novelas para acabar poco después con la novela encima de la nariz y las gafas, que yo lo vi.

La habitación no daba más que para dos camitas pequeñas, una mesita de noche minúscula que reposaba sobre dos escarpias y un solo pie y un armario, el mismo que después quedaría en la casa del Guinardó.

Fue también tiempo que con poco más de cuatro años, un día mi madre me llevo al parque de la ciudadela, pero no al zoo sino al parque y allí estaba  yo subiéndome al tobogán todo feliz, cuando en una de esas bajadas, deje de ver a mi madre y me despiste. Total un matrimonio me retuvo, mientras mi madre me andaba buscando llorando, y gritando mi nombre hasta que me encontró. A partir de ahí la sobreprotección a la que estaba sometido subió unos cuantos grados más.

Pero volvamos al presente de mis ocho o nueve años.

Sobre los ocho años descubrí o me descubrieron porque ya no se podía sostener de otra forma que los reyes no existían y que eran los padres.  Ese año desapareciendo parcialmente los juguetes, me compraron un anorak de color azul oscuro.  Fuimos a comprarlo a los almacenes Padilla, una tienda muy grande de ropa que había un poco más arriba de la escuela.

Estaba yo tan tranquilo y contento probándome el anorak cuando el dependiente tiro fuerte de la cremallera hacia arriba con tan mala fortuna que me pilló el labio superior provocándome un gran dolor y desatando la histeria de mi madre que se puso a gritar de tal manera y nombrando la sangre que yo me desmayé. El anorak me lo compraron pero prometieron que no pisarían la tienda nunca más, a mí la mordedura de la cremallera no me dejó señal y pasado un día ya ni me acordaba.

En los estudios yo era un niño muy aplicado con muy buenas notas.  La Institución Quilez, segmentaba los cursos de la siguiente manera:  Maternal, Parvulario, Elemental, Medio, Superior, Ingreso y luego el Bachillerato Elemental y Superior con sus correspondientes reválidas o Comercio que era lo que hacín la mayoría de ls chicas.. Esta academia, institución o escuela, llámese como se quiera, era avanzada en cuanto las clases eran mixtas, algo poco al uso en aquellos tiempos.. 

En esa escuela habían buenos profesores y mediocres supongo que como en todas. Recuerdo con cariño a Don Aurelio Villasante, un profesor burgalés bajito y medio calvo que era el más veterano y quizás por ello hiciera muchas veces de Director. Otro profesor que recuerdo con cariño fue el Sr. Frias, un hombre muy serio que daba, hablo ya de los cursos de Bachillerato, latín y Física y Química y este profesor jamás ponía un diez, decía para que no se relajaran los alumnos. Otros profesores como el Sr. Díaz  pasaron sin pena ni gloria. No ocurrió lo mismo con el Sr. Royo, un alférez falangista que disfrutaba dando capones en la cabeza de los niños al chascarrillo de cocos de la habana que se comen sin ganas.  Esto en una escuela que también al contrario de otras escuelas estaba prohibido hizo que no durara mucho tiempo y que lo despidieran lo que pudo haberle costado muy caro al Sr. Quilez.  Había también profesoras y la que recuerdo ya de mayor era la Sra. Cid mujer con cara de pocos amigos que tenía parentesco con un domador que empezaba llamado Angel Cristo.

La prueba de Ingreso al bachillerato elemental se hacía a los nueve años y debía hacerse en un Instituto oficial. Para ello, nos matriculaban por libre y la prueba consistía en un examen escrito compuesto de preguntas que se debían responder de todas las materias y un dictado en el que no se podían cometer más de tres faltas de ortografía.  Superado esa parte venía un examen oral en el que tres examinadores sometían a diferentes preguntas a los examinandos.
Supere el examen de ingreso con un nueve y como premio en casa me regalaron, bueno fue más bien mi abuela, unos prismáticos, que aún hoy casi cincuenta años después conservo en mi poder.

Con mi entrada en el Bachillerato, fui asumiendo más parcelas de libertad y nuevas responsabilidades.

Mis paseos ya no eran alrededor de mi casa o dos travesías más allá. Ya me alejaba hasta la calle Dos de Mayo o Independencia que eran tres o cuatro manzanas más lejos o la pLaza de la Sagrada Familia por el otro lado e incluso hasta el Paseo San Juan siete calles más lejos de casa.

Y ya con diez u once años empezó mi afición a las máquinas Pinball o del millón que ya he citado en otra entrada. El gasto de mi dinero ya no era en pipas sino en esas máquinas. A menudo entrábamos en los bares y mirábamos embobados como los mayores se contorneaban ante esas máquinas tratando de conseguir partidas gratis si superaban ciertas puntuaciones. También era usual que estos jugadores, bien porque debían ir a su casa bien porque se cansaban de jugar, como muestra de agradecimiento a tan entregados fans, nos dejaban algunas partidas para jugar. Entonces empezaba la disputa a ver quien jugaba y a veces jugábamos a dos manos incluso. Cuando yo jugaba me lo tomaba muy en serio y me cabreaba mucho que me movieran el tablero, pues esas máquinas llevaban en su interior un péndulo rodeado por un aro ambos metálicos y si se movía mucho la máquina el péndulo tocaba al aro y automáticamente se perdía la partida. Pues bien hubo muchas veces que movían la máquina y yo me cabreaba tanto que le pegaba un empujón y allí se acababa la partida.

Fue tal el vicio que alcancé con esas máquinas que un día perdí la noción del tiempo y solo la recuperé cuando alguien me retorció la oreja y me estiró hacia afuera del bar. Ese alguien no era otra que mi abuela que sufriendo por la hora que era del mediodía y yo sin aparecer por casa salió a buscarme y se enfureció tanto al verme tan contento dentro del bar jugando a la máquina que no pudo contenerse.  Fue la única vez que yo recuerde que me puso la mano encima. Luego vino la prohibición de volver a jugar, prohibición que obviamente no respeté aunque si me guardé de estar siempre a la hora en casa.

Teniendo yo ya esos once años más o menos, empecé a patinar sobre ruedas. Los patines fueron un regalo de santo o cumpleaños, eran unos patines de cuatro ruedas de madera y el cuerpo de los patines de hierro. Fue tanto lo que llegué a patinar que las ruedas con un grueso de unos dos centímetros  llegaron a un par de milímetros de espesor.  Me hice experto mecánico en patines y cambiaba los cojinetes  que acababan perdiendo bolitas, engrasaba las ruedas, etc.

Había una tienda de artículos de piel en la calle valencia esquina a Marina que se llamaba Losada que vendía, no sé por qué razón toda suerte de ruedas, cojinetes, tornillería, frenos ect. de los patines. También vendían stiks de Hockey y pelotas para este deporte aunque insisto que se trataba de una tienda de bolsos y maletas.

Para patinar acudía a la plaza Sagrada Familia, donde había y creo que aún está una pista para patinar, era de una forma casi oval aunque la parte que daba a la calle Mallorca era recta. La pista disponía de era de cemento con una barandilla metálica y un zócalo también de hierro para evitar que los patinadores pudieran salirse de la pista. Se circulaba en sentido contrario a las agujas del reloj y en el centro se acostumbraba a dejar las bolsas en las que se guardaban los patines.

Esta pista solía estar frecuentada por niñ@s cuyas edades podían oscilar entre los seis a los catorce o quince años y por mediadas debía hacer unos treinta metros de largo por unos quince de ancho y por la parte inferior la de la calle Mallorca debía haber un desnivel respecto del suelo de la plaza de unos sesenta centímetros.

Continuare……….

miércoles, 26 de febrero de 2014

UN NIÑO SERVICIAL

Hola a tod@s:


No he sabido ubicar en el tiempo muy bien cuando fue mi comunión pero yo calculo que debió ser cerca de los nueve años.

Por entonces yo ya iba y venía solo del colegio. Era un trayecto corto aunque debía cruzar tres calles, Provenza que en aquellos años y en aquel cruce con padilla, apenas tenía tránsito, Mallorca que si era transitada y la propia calle Padilla que tampoco representaba gran peligro.

De hecho el peligro erámos nosotros cuando mis compañeros de colegio y  yo cuando íbamos juntos.

En ese trayecto, teníamos en la esquina de Provenza una tienda de loza, cacharrería, una tienda de lanas y labores y ya en la calle padilla, había un bar,  una tienda de juguetes que se llamaba Maricarlos, un horno de pan, un taller de reparación de aparatos de radio y aunque debía haber más yo no las recuerdo.

Esas si las recuerdo por diferentes motivos, el bar porque de más mayor entraría muchas veces para jugar al pinball o al millón como se les llamaba, la juguetería porque obviamente tenía cosas que me o nos llamaban la atención, el horno porque de más pequeño a veces me compraban bastones de pan y la casa de reparación de aparatos de radio porque  exponía unos imanes que me traían loco.

Más abajo estaba la sede de la Gallina Blanca y en la esquina de Mallorca la entrada a dicha sede y una pescadería, nada importante para mí.  Y en la otra esquina había una editorial, nada importante, lo único la fuente que ya había citado y a la que ya tenía acceso.  No sé si la editorial llegó a tener nunca humedades en las paredes porque día sí y día también se mojaban las paredes de la fachada, El juego era muy simple, poner la palma de la mano bajo el grifo apretarlo y como si fuera un aspersor dirigirlo hacia un lado o hacia otro y según la presión conseguir que llegara más lejos o más cerca. Más de una vez y más de dos recibimos regañinas de personas que pasaban por la calle y que por poco no recibían un remojón.

En esa época ya empezaba a ser utilizado por mi abuela para irle a comprar pequeñas cosas, aceite, vinagre, hielo.  Ahora nosotros cuando decimos comprar hielo nos referimos a comprar cubitos, pero entonces como ya comenté de pasada en una entrada anterior, el hielo se compraba en bloques más o menos grandes dependiendo del tiempo que tenía que durar si era de un día para otro con dos pesetas de hielo había bastante si era para el fin de semana habían de ser tres pesetas. Esos bloques se ponían en un lugar que las neveras tenían hecho expresamente y mantenían fresca la comida. Si en verano se quería disfrutar de agua u otra bebida fresca se ponían junto al bloque de hielo y así se contaba con bebida fría o casi helada.  La peculiaridad de esas neveras era que se tenía que estar muy pendientes del agua del deshielo ya que si se rebosaba, acababa cayendo encima de los alimentos y saliendo por los bajos de la nevera mojando todo el suelo.

Además por tratarse de hielo industrial, contenía salfuman y por lo tanto la comida mojada con este líquido de deshielo ya no era apta para el consumo.  No fueron pocas las veces en que el agua se salió de la nevera y aunque no afectase a la comida provocaba el enojo de mi abuela.

Como decía yo iba a comprar el hielo y lo hacía primero en cubos de esos redondos pero el hielo acababa rajando el plástico así que algún empresario avispado pronto lanzó cubos cuadrados en los que encajaba perfectamente el bloque que venía a pesar unos dos o tres quilos.

Otro producto que compraba era el vinagre que se compraba a granel y yo lo iba a buscar en una botella de aromas de Montserrat que tenía ese menester. De vuela a casa, solía beber algún traguito de vinagre que me encantaba. Aún hoy el solo recuerdo del olor y el gusto me produce salivera. Obviamente eso se notaba y siempre recibía la advertencia de que no debía beber vinagre porque se comía la sangre.

En estos tiempos también aprendí, más o menos de forma simultánea al sistema métrico decimal y las unidades de peso,  las equivalencias de las onzas y las libras, sobre todo de estas últimas. Una tarde mi abuela me envió a la tocinería a comprar chorizo, ella quería tres onzas o lo que es lo mismo 100 gramos pero como yo estaba por todo menos por lo que tenía que estar, ni corto ni perezoso, le pedí al dependiente tres libras o lo que es igual 1kilo 200 gramos.

El tocinero que me conocía y conocía a mi abuela, me pregunto si estaba seguro de lo que le pedía, a lo que yo muy serio asentí y dije que sí, pero cuando me dio el paquete y yo vi que no me llegaba el dinero, empecé a dudar y cuando mi abuela vio el paquete y supo el precio que debía pagar, le dio un pasmo y a mí casi me atiza un bofetón.  La pobre mujer tuvo que ir corriendo a la tocinería y no recuerdo si le devolvieron el dinero o llegaron a algún arreglo ya que el chorizo estaba ya cortado a lonchas.

De esas compras siempre sacaba tajada porque a cambio del servicio me daban alguna moneda que luego servía para jugar al parchís pues era rara la tarde que no disputaba unas cuantas paridas a mi abuela que a veces ganaba yo, supongo que más porque se dejaba ganar que por mérito propio y otras ganaba ella son mi consiguiente enfado por ver disminuir mi capital que luego invertía en pipas o aceitunas arbequinas o si ganaba bastante para la entrada del cine.  Cuando yo me enfadaba siempre me recordaba esta frase: En la mesa y en el juego se conoce al caballero, para continuar amenazándome con no volver a jugar si continuaba enfadado.

Poco a poco, fui ampliando mis horizontes ya que empezaron a encargarme el ir a buscar agua a una fuente que se ubicaba en la calle Marina esquina a Valencia y tenía que ser esa porque decían que era agua de mina. Iba a buscar una garrafa de cinco litros y siempre encontraba algún amigo que me ayudara a compartir el peso.

En uno de esos viajes encontré una medalla de oro que creo que aún tengo en casa. Fue todo un acontecimiento. También me aficioné a comprar minerales y de ahí proviene una colección de minerales que guardaba en una caja verde que durante muchos años estuvo en un cajón de mi dormitorio de soltero y que al morir Isidro, mi padrastro, regalé a mi yerno para que la pasara a mi nieto.

También frecuentaba un quiosco en la calle Lepanto donde se podían cambiar cromos de las colecciones de moda en aquel momento. Yo cambiaba, pero también hurtaba algunos cromos cuando el quiosquero no miraba.

No solía hacer muchas colecciones, no había dinero para tanto, pero recuerdo que hice una que se llamaba Vida y Color, otra que era de banderas, escudo, mapa y moneda de todos los países del mundo y otra de coches.  Cuando hacía alguna colección mi padre se acercaba conmigo algún domingo al mercado San Antonio y tratábamos de completar la colección.

También por esa época los caramelos darlings que hacían la competencia a los recién aparecidos sugus, regalaban una marioneta a quien aportara la frase creo recordar especialidades mauri, para ello cada caramelo en su envoltorio interior llevaba una letra. Recuerdo que se comieron muchos caramelos darlings en casa pero nunca pudimos completar la frase, a pesar del enojo que pilló mi abuela con el del colmado porque según ella debía saber dónde estaba la letra que siempre fallaba, la u y a pesar de ser clienta de toda la vida, no quiso dársela sabiendo que la marioneta era para mí.

Continuare....

martes, 25 de febrero de 2014

Los Tabúes

Hola a tod@s:

Otro aspecto que caracterizaba la vida en mi familia eran los tabúes. Todo estaba prohibido, no se podía hablar de si mi madre tenía o no la regla, era como algo sucio, que se tenía que esconder aunque yo veía lavar a mi abuela los paños que a modo de compresas utilizaba mi madre. Así que yo veía sangre pero no sabía de que era y  porque pasaba. Un día que yo había pillado que mi madre tenia la regla, aprovechando que la puerta de la calle estaba abierta y mi madre y abuela despidiéndose de doña Olga la vecina de enfrente yo solté así, de sopetón: Mi mama tiene la regla.  Resultado bronca descomunal.  Era muy niño? tal vez, Pero no era el único tabú.  Si alguien acudía al dentista, era también escondido.

De ahí mi terror al dentista, para mi era un señor que arrancaba, ojo al término, no es lo mismo arrancar que extraer. Pues eso, arrancaba una muela, te dejaba una hinchazón considerable y además hacía escupir sangre durante horas, bastantes horas. De ahí pues el terror, De eso y por extraerme o arrancarme un trozo de un diente de leche sin anestesiar argumentando que como esos dientes no tienen raíz no duelen.

Tampoco se hablaba de política, ni de Franco aunque eso ya lo entendí después. Pero todo eran avisos. Esto no  lo repitas o los niños, ver, oir y callar,  Así fue que un día volví a casa llorando y desolado porque le había dicho a un niño en la escuela que la moneda de suiza era el franco y pensaba que por eso iban, que se yo casi a matar a mi padre.

La desnudez era otra cosa impensable de ver. Hoy es habitual en los gimnasios - he ido a varios centros deportivos - hasta alguno que se las da de cierto elitismo, en los que he podido ver como lo más normal y lo comparto, padres que visten y desvisten a sus hijos o hijas en un vestuario donde todos los hombres nos cambiamos de ropa y donde la mayoría mostramos nuestros cuerpos sin dar mayor importancia, y en los de las mujeres, por referencias,  obviamente pasa lo mismo. Pues cuando era un niño o no tan niño, ver a nadie de mi familia, no ya desnudo, sino en ropa interior era impensable aunque se trataran de personas del mismo sexo.

Otra cuestión que aún hoy se mantiene en general, aunque no tanto era el nombrar los órganos sexuales de las mas variopintas formas pero nunca por su verdadero  nombre. Impensable decir pene o vagina. Así crecíamos de tal forma que cuando aprendíamos a utilizar el diccionario nos pasábamos horas buscando palabras, palabritas y palabrotas.

Si lo anterior estaba vetado, la educación sexual era una utopía. Nadie te decía o te explicaba nada y lo acababas aprendiendo mal y de oídas.

Yo entiendo comparto y aún hoy me parece correcto que se avise a niños y niñas que no se acepten regalos de desconocidos, que no se dejen acariciar o besar por personas que no sean de la familia y aún así que sea por motivo justificado, pero entonces las cosas llegaban hasta el extremo de no poder siquiera un niño coger la mano a una niña so pena de ser reñido y avergonzado por los mayores.

Se vivía en una sociedad encorsetada por el gobierno y por la iglesia. No hace tantos años, no hablo de hace dos siglos, estoy hablando de finales de los años sesenta. Mientras París vivía su Mayo del 68, en España durante la semana santa solo se escuchaba música sacra por las emisoras de radio.  Mi abuela no me dejaba silbar, los santos en las iglesias estaban cubiertos por ropajes morados y en los cines solo se proyectaban películas sobre la biblia o sobre la vida de Jesús. Los bailes estaban cerrados y lo habitual era ir a rezar o a visitar monumentos que no era otra cosa que visitar iglesias.

El ayuno en la cuaresma era algo impuesto y aún hoy recuerdo, como ya casado, mi suegra, cocinaba bacalao en viernes santo y como intentábamos que se olvidara y el disgusto que se llevaba como eso ocurriera.

Las mujeres, y esto duró hasta más de la mitad de los años setenta no podían obtener el pasaporte sin la autorización del padre o del marido y debían, para obtener el permiso de conducir, haber hecho el servicio social, algo así como el servicio militar de los hombres.

El uso de la mantilla en las iglesias era de obligado cumplimiento y el luto era norma social. En las grandes ciudades se observaba menos pero aún y así era usual ver a hombres con brazaletes negros y a mujeres todas vestidas de negro que enlazaban un luto con otro porque siempre había quien se moría durante el luto de alguien anterior.  En los medios rurales esta costumbre era aún muchísimo más arraigada y se observaba hasta el punto de que una mujer no se podía casar si debía llevar luto por un familiar próximo y así se daban casos de parejas que debían posponer su boda durante algunos años por este motivo.

En mi escalera había varias viudas lógico tras haber sufrido una guerra civil, y había  también quien utilizaba sus casas para ciertos menesteres poco confesables, Nadie lo pregonaba pero era un secreto a voces que la vecina de abajo en algunas ocasiones y la de enfrente de dos pisos más abajo, esta siempre que podía, cedía alguna habitación para que un señor y una señora retozaran por un rato a cambio de dinero claro está. Y esto pasaba en el eixample de Barcelona, lo que nos da idea de que el negocio de la jodienda, le pese a quien le pese no ha tenido, ni tiene, ni tendrá enmienda.

Eso sí, cuidado niño con decir nada de esto a nadie eh? A ver si vamos a tener un disgusto, y joselín que así me llamaban en casa, no decía ni mu.

En los tranvias había carteles prohibiendo escupir, eso me parece correctísimo, porque era algo de lo más corriente que los hombres escupieran en cualquier lugar y así  si hoy se ven mierdas de perro antes eran más habituales los ecupitajos de todos los tamaños y colores, pero también se prohibía la blasfemia y la palabra soez.

Otro ámbito en el que se notaba la falta de libertad y los tabúes, era en el cine. Y eso me viene bien para explicar que teniendo siete u ocho años, mi abuela me llevó por primera vez al cine. Fue al cine Versalles, ese era un cine de barrio que estaba en la calle Mallorca esquina a Castillejos. En ese cine hacían dos sesiones de tarde con dos películas y varietés. Explico, El cine tenía un escenario que la pantalla dividía en dos. Bajo la parte exterior de ese escenario había un foso en el que se ubicaba una orquesta y una vez acabada la segunda película, se corrían unas cortinas, los músicos tomaban posiciones y se recogía la pantalla.  Acabado este proceso, se descorrían las cortinas y actuaban, ahora una bailarina de flamenco, ahora un rapsoda, la misma bailarina pero ahora con ritmos más actuales y siempre insinuando más que enseñando o un mago etc. acabados los varietés se iniciaba la segunda sesión. Fueron tantas las veces que fuí a ese cine que podría levantar ahora mismo el plano. El vestíbulo en la esquina tenía en su lado derecho la taquilla y en el lado izquierdo el acceso que estaba cerrado por una cortina tupida de terciopelo rojo y cuando empezaba la sesión por dos puertas también de color rojo con unas ventanas redondas como si fuera un camarote.

El patio de butacas estaba dividido en tres cuerpos, Un cuerpo central y dos laterales en diagonal al cuerpo central de forma que en la primer fila de los laterales habría tres o cuatro asientos que se iban incrementando según subían las filas.  Al fondo como he dicho el foso para la orquesta, y a la derecha el acceso a los lavabos y el bar también cerrado por dos puertas rojas con ventanas redondas. Para acceder a los lavabos y al Bar se habían de subir unas escaleras. El bar era un recinto lleno de humo y de hombres. Las mujeres se dejaban ver poco allí y siempre iban acompañadas de un hombre salvo que fueran al lavabo en cuyo caso iban de dos en dos o más.

Para acceder a los asientos debías dejarte acompañar por un acomodador que a su vez vigilaba que en las filas de "los mancos" las parejas no se propasasen. En ese cine las parejas se sentaban en los laterales, y era habitual que el acomodador los enfocase con las linternas a la que sospechase que habían tocamientos impuros o besos demasiado apasionados y si era así se expulsaba a la pareja del cine.

Como al principio iba con mi abuela, no había más advertencia que si había de ir al lavabo, además en ese caso mi abuela me acompañaba hasta la puerta. a medida que me fui haciendo más mayor el acompañamiento cesó y cuando tuve edad de ir solo o con amigos al cine, las advertencias eran del tipo si alguien te pone la mano en la pierna gritas bien fuerte llamando al acomodador, o a este o aquel cine no debes ir nunca. Tal era el caso del cine Lido en la parte de abajo del Paseo de San Juan justo pasada la Gran Vía, el Cine Arenas aunque estaba muy lejos de casa, o el Avenida de la Luz, todos ellos con fama de demasiada permisividad o frecuentados por homosexuales.  Esto no me lo decían pero daba igual, no se podía ir y punto fin.

De las veces que íbamos al cine, algunas al salir íbamos hasta la travesía de arriba donde había una churrería y me compraban una microbolsa de patatas fritas pero a mi ya me valía, porque como no eran todas las veces, siempre tenías el aliciente de de pensar si esa vez sería agraciado.

Lo que ya no recuerdo son las películas que veíamos será porque no les prestaba demasiada atención o porque simplemente eran malas con ganas


Continuaré

lunes, 24 de febrero de 2014

De mis tíos y tíos abuelos

Hola a tod@s:

Lo bueno o lo malo de ir escribiendo y publicando sobre la marcha, es que te dejas cosas en el tintero y que otras veces recuerdas,cuando ya has publicado la entrada, cosas que sucedieron antes y no habías pescrito o anécdotas que ya no recordabas.

Esto me ocurre ahora. Me ha venido a la memoria, que cuando debía tener cinco o seis años, mi abuela me llevó con ella de viaje a Madrid.  Allí nos alojamos en casa de mi tío abuelo Cesar y de su mujer Teo. Esta pareja tenían una hija por lo tanto prima hermana de mi madre y prima segunda mía que se llamaba Maruja.

Recordemos que mi tío abuelo Cesar había abandonado el seminario y se convirtió durante la guerra en comisario político, era pues un rojo que además salvó su vida en un campo de concentración gracias al ajedrez y a su habilidad para tallar.  Parece ser que estando en ese campo, y estando destinado a las cocinas, le dio por tallar figuras del ajedrez con unas patatas y lo descubrió un mando del campo que era otro aficionado al ajedrez como él. Así que a pesar de las diferencias ideológicas, trabaron amistad y eso le salvó de morir fusilado.

Bueno pues azares del destino, su hija Maruja que se licenció como maestra, acabó casada con un capitán del ejército que para cuando yo hice el servicio militar era ya comandante, así que hoy debe ser coronel o general.

Como decía. mi abuela y yo dormíamos en aquella casa en la Glorieta Beata Ana María de Jesús. De aquel viaje recuerdo muchas cosas.  Recuerdo que bajábamos a cenar a una terraza de un bar que había frente a la casa donde estábamos y como si se tratase de un aula al aire libre, la gente cenaba encarados y embobados ante un televisor ubicado al fondo de la terraza.

Recuerdo también que mis tíos abuelos tenían un periquito que hablaba y he de decir que ha sido el único periquito que he oído hablar. Tú le ponía un dedo y el venía te iba picando flojito el dedo y te soltaba todo su vocabulario que era, además, bastante extenso.

También me viene a la memoria que me compraron una linterna en forma de perro salchicha que tenía la luz en la boca y el pulsador para encender y apagar en el culo del perro y para mi era como un tesoro.

Mis tíos tenían unos vecinos que tenían una hija que debía ser de mi edad y con la que se empeñaban en que tenía que jugar y que fuera mi "novia" se llamaba, aun recuerdo Lucy y francamentre a mi ni fu ni fa.

También, obviamente, nos veíamos con mi otra tía abuela Jacinta, de gran parecido con mi abuela.  Jacinta, recordareis la farmacéutica vivía en un piso situado en la céntrica calle San Bernardo 11 y prestaba el título a una farmacia situada en el portal de al lado el número 9 Estaba casada con D. Antonio Lucea un médico de cierta importancia en Madrid. En el piso donde vivían tenía también la consulta y dada su acomodada posición económica tenían una criada que se llamaba Presentación y que todos llamaban Presen.

Este doctor, era por lo demás y por lo que pude conocer después un aficionado a la morfina que por su calidad de médico podía conseguir facilmente.

Estos tíos tenían cuatro hijos: Antonio que era también médico y que junto con otro médico un tal Demetrio, habían conseguido ser los médicos de Cruz Blanca en Madrid. El tal Demetrio que era ginecólogo trataba a las mujeres de jugadores del Real Madrid como Sanchis a quien apodaban medias caídas pues casi siempre llevaba las medias más abajo de lo habitual. Después estaba Rafael que era abogado y fue un reputado letrado de la compañia de seguros Mapfre. Rafael estaba casado con una azafata de Iberia de quienya no se más. Cesar era otro de los hijos, también médico y que llego a ser el jefe de cirugía digestiva de la Clínica Puerta de Hierro y por último estaba Alfonso que en ese viaje era aún estudiante de Ingeniería de Puentes. caminos y puertos. De él me quedo grabada una frase que le oí decir a mi tía: Es un intelectual y yo no olvide esa palabra y no paré hasta conocer años más tarde el significado de ese adjetivo.

El viaje a Madrid lo hicimos mi abuela y yo en tren y recuerdo que no se porque razón yo fui tarareando durante toda ese viaje una canción del musical West Side Story, supongo que debía ser una canción de moda. El viaje duró nada más y nada menos que diez horas, igual que hoy en día que el viaje en AVE dura máximo tres horas.

Una vez en Madrid mi tía Jacinta poco menos que obligó a su hijo Antonio, un hombre orondo de más de cien kilos de peso, que cuando hablaba parecía que tuviera una zapatilla en la boca pues se le entendía más bien poco, a que nos llevara a conocer el Valle de los Caídos. Ese viaje lo hicimos en un renault 4/4 no un todo terreno, un coche o un minicoche y en ese viaje la providencia y los codazos de mi tía hicieron que no tuviéramos un accidente, ya que mi primo se iba durmiendo al volante y cada vez que tocaba la cuneta y en  ella la grava hacía que automáticamente mi tía de diera un codazo y le llamara la atención. Entonces mi primo se paraba en la cuneta, decía que iba a dormir unos minutos y al cabo de dos minutos, no más volvía a conducir y a los cinco minutos volvía a pisar la cuneta.

Mi tía hubiera querido que nos llevase a más sitios pero tras esa jornada desistió de llevarnos a ningún sitio más. El Valle de los Caídos, por lo demás, me pareció de proporciones gigantescas. Entonces aún se podía visitar hasta la misma base. Entre que yo era pequeño y que nunca había visto obra de iguales dimensiones, aquello me pareció enorme, después de ese viaje lo he visto dos o tres veces más y sabedor además de que forma se construyó ya ni me parece tan grande, ni merece mi interés.

A falta de más viajes, se hizo con una casa en la sierra, concretamente en Villalba. De esa cas solo recuerdo que era muy vieja, que cerca había un corral con un cerdo dentro y que era visible desde un denivel desde laparte de arriba y que yo que a parte de ser un niño era un poco cabroncete, me entretenía tirándole piedras al pobre cerdo.  Tras un par de días, las noticias de un incendio cercano y un poco de fiebre que pillé hicieron que regresáramos de nuevo a Madrid. Y poco más puedo explicar de ese viaje.

Pero en el encabezado cito a mis tíos.  Del hermano de mi madre habéis conocido ya un poco su evolución, su trabajo, su noviazgo.  De mi otro tío sabéis que emigraron a Suiza, concretamente a Le Locle y que venían en el verano los pocos días que tenían vacaciones. Que tuvieron dos hijas Ana Marí y la otra Nuria, gracias a mi hija que me sopló el otro día su nombre puesto que yo era incapaz de recordarlo. De mi prima Ana Mari hablaré más adelante pues fue en un verano cuando yo ya había cumplido los catorce años cuando sucedió algo digno de explicar. Mis tíos acabaron afincándose en Suiza hasta finales de los años ochenta en que regresaron a Santa Coloma para quedarse.  Es por eso por la falta de contacto que no puedo referirme mucho más a ellos y no por otros motivos.

Durante los años que estuvieron en Suiza, mi abuela Rafaela viajaba de tanto en tanto a ver a sus hijos y nietas y fue en uno de esos viajes que nos trajo un artilugio que durante un tiempo fue objeto de culto en casa.  Se trataba de un cassette, bueno un reproductor de radio csassettes philips que mi abuela trajo dentro de una bolsa de trapo que se ató por encima de la barriga y que colgaba entre sus piernas, para evitar que la  pillaran en la aduana. Como la mujer estaba obesa pues era fácil hacer creer que caminaba con dificultad debido al sobrepeso.  Pues bien ese aparato era la novedad. Que si ahora me grabo cantando, que si simulo una entrevista, que si grabamos a la abuela, que si grabamos a mi padre, que si mi madre, que si yo, que si el jilguero cuando canta, en fin para darnos de comer aparte.

Continuare.




domingo, 23 de febrero de 2014

In memoriam

Hola a tod@s:

Hoy ya tenía escrita la entrada y esperaba que fuera un poco más tarde para publicarla. He hecho antes la de las fotos de mi niñez, pero como este es un blog activo, porque quien lo escribe está aun vivo, me voy a permitir un inciso en forma de entrada. Recuerdo y reflexión.

Ayer una fecha en la que se conmemoraba el adiós del que fuera símbolo de la generación del 98, el poeta Antonio Machado, nos dejo otro Antonio, este de apellidos Antequera y Cañadas no fue un poeta, ni símbolo de una generación ilustre. Fue una persona no más pero tampoco menos anónima que lo pueda ser yo o cualquiera de los que presumo o presiento que puedan leer este blog.

Tampoco fue un hombre sin defectos y todo bondad. Era un hombre normal a quien la vida le había dado algunos reveses fuertes, como a quien  más o a quien menos, pero fue mi cuñado durante los años que duró mi matrimonio civil y eclesiástico, y supo ganarse mi afecto y mi respeto.

Desde mi divorcio, no había vuelto a saber de él o no había vuelto, en honor a la verdad, a saber de él de forma personal pero no por ello, ese afecto y respeto se perdió.

Para mí fue, al igual que lo han sido o lo son otras personas, ejemplo de fuerza de voluntad y de tenacidad. Tras soportar la pérdida de su hermana, sufrir un accidente que le dejo una pierna casi inmóvil, y sufrir innumerables sesiones de diálisis, como decía ayer en la nota de pésame que envié a la familia, obtuvo un regalo en forma de vida, de aquella que sabe que de antemano nos tiene ganada la partida.  Ese regalo en forma de trasplante, le permitió vivir y he de suponer que de disfrutar de unos años de vida y de calidad de vida que de otra forma no cabía esperar.

Buen fotógrafo, amante de su tierra granadina, buen conversador y persona de ideas claras, volcó en sus sobrinos y sobrinas lo que no pudo hacer como padre al no tener hijos.

Desde aquí mi pésame a la familia y el deseo de que sea recordado como mínimo con el mismo afecto que yo le tuve.

Esa muerte ha venido a coincidir con escasos días de diferencia con la de otra persona, familia de mi última pareja y a quien vi en un par de ocasiones y por lo tanto sobre la que no puedo opinar ni en bien ni en mal.

También para la familia mi más sincero pésame.

Pero hay algo, un nexo de unión entre ambos.  De una forma u otra la preocupación de la familia más directa por que asista el mayor número de personas a despedirlos.

Esto es algo común de lo que yo tampoco he escapado.  Hace escasos dos años moría mi padrastro que más que padrastro fue un auténtico padre y abuelo para mí. Fue un hombre singular y tiempo habrá de poder hablar de él. Era amigo de casi todo el mundo, había vivido muchos avatares y sin embargo, en la ceremonia civil antes de ser incinerado, había pocas personas.  Yo en ese momento me entristecí porque pensé que no se lo merecía. No obstante, cuando ya todo acabó y estuve más sereno, entendí que el mejor testimonio de amistad o de cariño o de ambas cosas que se le puede dar a alguien, es aquel que de forma totalmente sincera le das en vida.

Hay muertos que llenan salas, iglesias o basílicas pero cuya pérdida duele el rato que dura la ceremonia y poco más. La gente va por compromiso o por obligación y la familia puede pensar que fue muy querido y sin embargo no ser verdad.

Otros en cambio, serán despedidos por muy pocas personas. Pocos se acercarán a la sala de vela para rendir un último adiós y sin embargo sera llorado y recordado durante años y años por mucha gente que por un motivo u otro no pudieron acercarse y no por falta de voluntad.

No sé, ni puedo intuir cuantas personas  habrá o pasarán por la sala de vela el día en que yo muera.  A lo largo de mis 57 casi 58 años he conocido mucha gente, no toca ahora y en esta entrada citar a nadie, sin embargo no albergo muchas esperanzas. Algunos compañeros de trabajo, amigos de mis descendientes y poco más. La verdad es que no me causa preocupación ni desasosiego. Me preocupa más el ahora.

Hará una tres semanas más o menos murió un compañero de trabajo.  Otro hombre ejemplo de voluntad y ganas de vivir. Yo no fui a la sala de vela, ni fui a la ceremonia antes del entierro, sin embargo sentí su pérdida como si hubiera sido familiar. No era un compañero con el que hubiera tenido un gran trato, pero durante la visita que nos hizo dos o tres meses atrás nos fundimos en un abrazo en el que él se despedía y yo le transmitía mi aprecio.

El cariño y el amor no se miden en cifras, no son cuantificables. No seamos como esos niños que abriendo sus brazos dicen que te quieren hasta el infinito. Se quiere o se ama o no se quiere o no se ama.  Cada cual lo sentirá y lo expresará de forma diferente pero es así,  no se cuantifica, ni se cuantifica la bondad ni la categoría de una persona por el número de asistentes a su funeral.

Así que para unos u otros, quede esta reflexión. El duelo se lleva dentro y no es necesario estar, ni hacer desplazamientos para poder manifestarlo. Hay quien no derrama una sola lágrima y todas van por dentro quemando como brasas y hay quien como los cocodrilos derraman muchas pero lo hacen mientras piensan en el trozo de tarta que se comerán.

In memoriam

Un recuerdo gráfico.

Hola a tod@s:

Bien es cierto que quien busca encuentra, sobretodo si se tiene memoria o empeño. Y si se tienen ambas cosas, el resultado no puede ser otro que el éxito.  Echaba en falta unas fotografías de cuando yo era pequeño, lasúnicas que tengo y es que en mi casa no habían cámaras, ni existían aún esos aparatos que te dejan escuchar música, chatear, jugar, leer y escanear documentos, tomar fotografías con una calidad impresionante y además de todo eso son teléfonos móviles. No cuando yo era niño no existía eso ni existían las palabras chat, internet, mp3, android y aunque hubieran existido nosotros no las hubiéramos incorporado a nuestro léxico. No había dinero, así que las fotos que veréis a continuación son las únicas que conservo de mi mis primeros años.

aquí estoy y aunque parezca una niña con esos faldones, soy yo en brazos de mi padre una vez salido del hospital, y eso que se puede ver detrás nuestro no es otra cosa que las obras de la Sagrada Familia y es que como ha pasado a muchas personas de mi generación y aún anteriores y posiblemente posteriores, Yo nací con la sagrada familia en obras y casi seguro que moriré estando aún en obras.


En esta ya se me aprecian entradas. Nunca había reparado en eso. Me había fijado en mi cara de pan de kilo, en el pliegue de la barriga, pero en esas entradas premonitorias de lo que ahora es un acampo de aterrizaje de insectos y aves voladoras, de eso no me había fijado.

Hala, ahora de perfil, que pedazo de oreja se me ve, las proporciones están descuadradas. Esta es la última de la serie y si me hubieran hecho otra del otro perfil hubiera podido decir que me las había hecho el fotógrafo de la policía o que ya a esa edad me habían fichado.

Desde luego es evidente que a mí nunca me ha gustado que me hagan fotografías y era una tarea casi imposible arrancarme y congelar una sonrisa para la posteridad. Ahí está la prueba, solo faltaba que hubiera tenido la mano extendida y abierta y estoy para que me den limosna. Pero ahora en serio. Ese gesto de la mano escondiendo el pulgar en los otros dedos denota en mí, que algo no me gusta, ya sea comida, o lo que este hablando o sintiendo.

Otro detalle. No es cierto que Julian Muñoz inventara el pantalón semitop. Me lo diseñaron a mí que soy más mayor que él. Y si no a las pruebas me remito.


Aunque parezca que esté en una parada de los encantes viejos, esa era mi casa y se puede ver un camión que formaba parte de mis juguetes. Ese trozo de falda y el codo son de mi madre y se puede ver que las ventanas eran de madera bastante vieja, aún no existía la carpintería de aluminio y también se puede ver un original visillo. La puerta que aparece detrás de mí era la que daba acceso al cuarto de mi tío.


En esta parezco un niño cubano chico, pero está tomada en Santa Coloma de Gramanet en el jardín delantero de la casa de mi abuela.

Bien, por hoy ya hay bastantes fotografías. No es que queden muchas más de estos primeros años, tal vez tres o cuatro más como mucho pero las guardo para llenar otra entrada.

sábado, 22 de febrero de 2014

Domingos viajeros

Hola a tod@s:

Si ayer hablaba de mis juegos en la calle, hoy hablaré de los cambios que supuso el tener coche.  De entrada supuso que los domingos se madrugara un montón en casa, pues se tomó la costumbre de salir cada domingo que no lloviera claro, a la playa si era verano y a la montaña si era primavera o otoño. En invierno no recuerdo yo salidas.

Y esto era un ritual. Mi abuela cocinaba el sábado por la tarde una tortilla de patatas y carne empanada para comer el domingo, y preparaba una cantimplora de agua con anises dentro para darle cierto gustillo a esta.

El domingo a las seis de la mañana, si, si, las seis de la mañana nos levantábamos para salir no más tarde de las siete y media. La ubicación en el coche era la siguiente: Mi padre conducía, mi madre de copiloto, y atrás mi abuela detrás de mi padre, mi tío y su novia y yo encima de las piernas de ella. a veces, pero pocas, yo me ponía delante con mi madre. Entonces íbamos seis en un coche, obviamente sin airbags, ni cinturones de seguridad, Cabe decir también que la velocidad máxima que alcanzaba mi padre era de 70 kilómetros hora según el cuentakilómetros, lo que en realidad debían ser unos 60.

Y ¿por qué tan temprano? Sencillo, para no coger caravanas, entonces no había autopistas. Para no pasar calor, el coche no tenía aire acondicionado y para llegar relativamente pronto a la playa o a la montaña, bueno más que montaña un bosque.

Al principio íbamos a la playa de La Fosca, una playa casi virgen entre Palamós y Calella de Palafrugell hoy esa playa esta rodeada de urbanizaciones como la inmensa mayoría de la costa brava. Y para comer íbamos a un bosque cerca de LLagostera.

Nosotros en la playa y mi padre con pantalón y camisa desaparecía y volvía cuando ya era casi hora de irnos. No se ponía en bañador, supongo que le daba repelús que le vieran la cicatriz que tenía en el costado. A donde iba, pues yo creo que se iba a ver si veía alguna cala solitaria o a sentarse a la sombra de un pino sin que nadie le diera la murga.

Hubo un día que el coche se averió, cosa del embrague y mi padre tuvo que dejar el coche en Palamós, nosotros volver en autocar y mi padre tener que volver a por el coche, lo que supuso un verdadero descalabro económico. Así que después de esto, considerando que el coche ya se hacía viejo se optó por ir a Santa Cristina, la cala que está entre Blanes y Lloret y donde aún era posible estar sin pagar por aparcar y sin sentirse en un enjambre en la arena.  Hoy no vayas más tarde de las diez de la mañana porque ni pagando aparcas y si consigues aparcar, tendrás chungo poner la sombrilla o la toalla.

El progreso ha hecho que casi todo el mundo tenga coche y atiborre cualquier metro cuadrado de playa.  Para comer encontramos un bosque cerca de Malgrat, hoy el bosque ha desaparecido bajo el asfalto de la carretera.

Pero no por ir más cerca se cambió el horario. Seguíamos saliendo a la misma hora. Con el tiempo se empezó a construir la autopista que llegaba hasta Mataró, hoy llega hasta Palafolls y pasar por las obras de la autopista era tragar polvo y dejar amortiguadores. De regreso, por la tarde, se había de calcular muy bien el tiempo, porque la guardia civil, entonces no habían mossos, desviaba el tráfico en Mataró hacia Cardedeu y la carretera de La Roca, con un montón de curvas y pérdida de tiempo y gasolina.

Tampoco por ir más cerca se ahorró las averías y así otro día se averió a la entrada de sant Pol y tuvo al suerte de encontrar un mecánico alemán que le arreglo esa avería que era del freno que le agarrotaba una rueda.

Mi padre y yo también un poco aprendió mucha mecánica en el taller donde llevaba el coche a reparar que estaba en la calle Mallorca entre castillejos y Cartagena y donde pasaba horas hablando con el mecánico, un tal Rogelio, un mecánico joven y tan delgado como mi padre que ya es decir. Si no sabías donde estaba mi padre, podías ir allí y seguro que lo encontrabas.

En un bar no lo ibas a encontrar. Mi padre frecuentaba muy poco los bares. Yo creo que son contadas con los dedos de una mano las veces que había entrado con él en un bar, lo que hizo que yo me prometiese que de mayor iría mucho a los bares a tomar coca cola y patatas fritas. La realidad es que salvo para comer o si salgo con mi hija su marido y mis nietos o con mi ahora ya, ex-pareja pocas han sido y son las ocasiones que entre yo en un bar.

El primer verano que tuvimos coche, fuimos de vacaciones tres días a Zaragoza, jajaja, un viaje que hoy puedes cubrir en tres horas o menos supuso salir de Barcelona a las siete, desayunar cerca de Lérida y llegar a Bujaraloz, el pueblo dónde nació mi abuela que fue parada obligada donde visitamos a la tía Apolonia a la que mi abuela no había visto ni sabido de ella desde que se vino a Barcelona pero que por narices había que visitarla y  a la que desgraciadamente se le había quemado parte de la casa hacía pocos días,con lo que ni hubo refrigerio en un pueblo en medio del desierto de los Monegros, ni nos pudimos quedar a comer. Así que con temperaturas de 40 grados echándonos colonia que se evaporaba al instante para refrescarnos, llegamos a Zaragoza después de haber parado chiquicientas veces para poner agua al radiador y comer.  Tal fue el calor que pasamos, que a mi futura tía le sentó muy mal un bocadillo de chorizo que comió y anduvo fastidiada del estómago los tres días que estuvimos en Zaragoza,  Eso sí, además de la basílica del Pilar que para mi abuela fue como haber visto el Vaticano, y el puente de piedra, vimos el Monasterio de Piedra, en el pueblo de Nuévalos, hoy a poco más de una hora de Zaragoza y entonces a unas dos horas largas, y todo ello amenizados por jotas como el Ebro guarda silencio al pasar por el pilaaaaaaaar....... o Si vas a Calatayud pregunta por la Dolores. Yo creo que allí me las aprendí de memoria.

El tener coche trajo otro quebradero de cabeza y era el seguro. Mi padre se empeñaba en tenerlo a todo riesgo y eso suponía tener que pagar ocho mil pesetas al principio y hasta once mil pesetas recuerdo yo en años posteriores, eso que ahora nos podría parecer una tontería, para él era mucho y tenía que acabar pidiéndole el dinero a su madre y claro a cambio había que llevar a la abuela Rafaela los domingos, asi que cambiamos a "la parejita" por la abuela rafaela que estaba igual o más gorda que la otra abuela con lo que casi ocupaban entre las dos el asiento trasero. Además con la simpatía que se profesaban mi madre y su suegra aquello era como para tirar cohetes.  Mi padre por un lado, mi madre que se iba a pasear sola, mi abuela Concha leyendo sus novelas y la otra sin saber que hacer y yo tirando piedras y haciendo el cafre por el bosque.

Continuare..........


viernes, 21 de febrero de 2014

La calle, un mundo nuevo

Hola a tod@s:

Poco antes de que mi padre comprara el coche y por lo tanto antes de mi comunión, el pediatra que me llevaba, recomendó a mis padres que tenía que jugar y relacionarme con otros niños, así que muy a pesar de mi madre, tuvo que bajar el nivel sobreprotección y dejarme bajar a jugar a la calle.

En aquellos años no había como hay ahora ese temor a que a los niños les pase algo y el lugar de encuentro y de juegos era la calle. así que empece a bajar a la calle, eso sí prohibido cruzar la calle, lo cual era una jugada porque justo en la otra acera, en la esquina había una fuente y era un punto de juego para mojar y mojarse.

Pero entre eso y nada, acate en un principio lo de no cruzar la calle y empecé a conocer otros niños y a jugar juegos que desconocía. Conocí el juego del escondite o de valen como le llamaban, la peste alta que consistía en estar subido a lo que fuera que estuviera medio metro del suelo mientras el que paraba estaba en el suelo, la gracia estaba en bajar de donde estabas y correr a subirse a otro sitio evitando ser pillado por el que paraba. Aprendí también a jugar con un tacón. Ese juego consistía en tirar un tacón de zapato de hombre e intentar que cayera dentro del cuadrado de un árbol que defendía otro niño. Hay que imaginar que el tacón por ser de goma, rebotaba en el suelo y seguía trayectorias inciertas. Y de dónde se sacaba el tacón, pues muy sencillo, lo pedíamos en un taller de zapatero que había en la calle Mallorca. allí trabajaban tres o cuatro zapateros era un buen negocio pues siempre tenían un montón de zapatos para arreglar.

Otro juego ya de mayor riesgo era trazar en el cuadrado de un árbol una línea que lo dividiera en dos, con una navaja, y lanzar la navaja al terreno del contrario, si se clavaba trazabas una nueva línea y así le ibas comiendo terreno.

La apertura de zanjas para canalizar lo que fuera, era motivo de alegría porque nos ofrecía más lugares para esconderse o para jugar a correr y atrapar.

También se jugaba al churro, media manga. Este juego consistía en lo siguiente: Un niño se ponía de pie tocando su espalda contra la pared. Otro se agachaba formando un ángulo recto de forma que su cabeza quedase mirando al suelo, detrás de este otro niño en la misma posición metiendo la cabeza entre las piernas del delante.  Ahora venía uno corriendo y como si saltase el potro iba a caer en la espalda del primer niño agachado, luego saltaba otro y otro hasta saltar cinco o seis. Una vez todos arriba y antes que por el peso todos se fueran abajo, el primer saltador gritaba: Churro,media manga o manga entero adivina lo que tengo en el puchero mientras ponía una mano sobre su brazo sobre la muñeca igual a churro, sobre el codo media manga o sobre el hombro manga entero y el niño que soportaba el peso en su espalda de uno o dos o más niños tenía que adivinar donde estaba la mano del que lo gritaba.  Si lo acertaba el que había gritado perdía y en el siguiente turno pasaba a estar doblado, si no lo acertaba continuaba agachado otro turno más. Imaginar lo que sufrían las columnas y riñones. Ah el que estaba de pie de espaldas a la pared era el juez que velaba porque habiendo puesto la mano en un punto, no hiciera trampa si el agachado lo adivinaba.

El juego del escondite era otro de los juegos favoritos, por una sencilla razón, en la calle valencia esquina padilla estaba la sede de Grúas Grau, y sus camiones grúas aparcaban en toda la travesía de padilla entre Mallorca y Valencia, lo que ofrecía múltiples escondites entre las grandes ruedas, los hierros de las grúas etc. Eso sí cuando volvíamos a casa lo hacíamos llenos de mugre y grasa.

Estos juegos cambiaban según las calles, ya fuera porque no tenian donde subirse o donde esconderse. La rivalidad entre las calles existía pero las peleas eran escasas.

Y las niñas? pues las niñas jugaban con cuerdas, con gomas, o jugaban con nosotros a los mismos juegos.

Cuando se acercaba San Juan, íbamos casa por casa, piso por piso pidiendo leña, cualquier mueble viejo para hacer la hoguera. Los pequeños y medianos recogíamos la leña y si era un mueble grande avisábamos a los mayores y estos los bajaban y los astillaban. Luego la leña se escondía, en los lugares más insólitos, solares, debajo de los camiones, e incluso dentro de las tomas de agua redondas de bomberos o registros de agua o luz. ¿Por qué se hacía esto? En primer lugar para evitar que los camiones de la leña, vehículos del Ayuntamiento, requisaran la leña y quedarnos sin hoguera. En segundo lugar para evitar que otras calles nos la robasen. ahí si que había enfrentamientos y espionaje, saber donde había un depósito de leña era información privilegiada y se organizaban asaltos y castigos si alguno se chivaba y se vendía a otra calle.

Llegado el día de la verbena, los mayores hacían un círculo en el cruce de las calles y lo llenaban de arena, y sobre la arena se iba apilando la leña haciendo una gran pira, pero cuidado no se ponía toda, porque era posible que antes de encender pasara el camión de la leña y te la quitase toda, o incluso que vinieran los bomberos junto al camión y apagaran la hoguera. así que había que tener reservas por si acaso y porqué además en San Pedro se volvía a hacer hoguera y en San Jaime aunque estas ya eran muy pequeñas.

De otra parte, la rivalidad que decía antes, se acababa la verbena y si un cruce era expoliado de leña por el camión, los demás cruces daban leña al expoliado para que hicieran su hoguera.  eso sí se competía por tener la hoguera más grande o la que durara más tiempo encendida.

La sustitución progresiva del adoquinado por el asfalto fue relegando las hogueras de San Juan que ardían en todos los cruces de la ciudad, hasta hacerlas desaparecer, y con ellas desaparecieron las reuniones de los vecinos en la calle, compartir coca y bebida e incluso los petardos. De nuevo el progreso nos arrebataba momentos que compartir.

En esos años, mi afición a comer pipas saladas era tal, que mis compañeros de juegos me apodaron el pipero y así entre a formar parte de los apodos, como el indio, el peque, Otros se les conocía por los apellidos, Pujante, Escriche, o por el nombre abreviado El Francis.

Una vez tuvo mi padre el coche, a veces lo limpiaba y me ganaba algún dinerillo para comprar máspipas o vigilaba que no se subiera nadie jugando.

Continuare............

jueves, 20 de febrero de 2014

Estas fotos son de la comunión. En días posteriores pondré mías incluso de antes de la comunión.

Aquí estoy todo formalito como requería la ocasión y porque también me estaban vigilando profesores, padres etc.


Aquí muy marcial hasta parezco algo.
Con algunos compañeros.....

Y con mis padres.

La comunión.

Hola a tod@s:

Ya teníamos coche, ah y tele también una Inter que obtuvo mi tío a buen precio de una tienda de electrodomésticos del hermano de su novia. Porque sí mi tío tenía novia una chica joven y guapa según decían todos en casa aunque yo aún era muy pequeño para fijarme en esas cosas. Era hija de una familia trabajadora inmigrantes venidos de Murcia que vivía en la calle Rosellón esquina con Padilla, la misma calle en la que vivíamos nosotros. se llamaba Dolores aunque todos acabamos llamándola Loli.

Lolí tenía sino recuerdo mal, tres hermanos, dos chicas y un chico y este chico Jose María, que trbajaba en el Banco de santander empezó a hacer pinitos de comerciante y montó una tienda de electrodomésticos llamada Electro-Caribe, en la calle Corcega. Anda que no cargo mi tío frigoríficos y lavadoras ayudando a este futuro cuñado. Después con el tiempo se metió en el negocio de la construcción y edificó varias casas y más tarde aún estudió abogacía y monto su propio bufete.

La novia de mi tío trabajaba de secretaria en una empresa de hierros llamada Hijos de Vicente Rosés cerca de la Avenida Meridiana.

Y el marido de una de sus hermanas era litógrafo también como mi padre aunque no tengo recuerdo de que intercambiaran muchas experiencias.

En la entrada anterior hice mención a mis tíos por parte de padre. Estos marcharon siendo yo muy crío a Suiza con el boom de la emigración española al extranjero. Cuando venían en verano a España lo hacían en buenos coches y traían muchos regalos y caramelo que aquí no se encontraban, pero cuando hablaban con mi padre le explicaban la verdad, las condiciones penosas en las que vivían apiñados en pisos patera, trabajando jornadas interminables y en un clima frio con nieve y como deseaban y añoraban volver a España.  Allí se fueron con una hija, mi prima Ana Marí y allí tuvieron otra hija de la cual desgraciadamente no recuerdo su nombre.

Mi tio Rafael fue mi padrino de bautizo aunque por estar haciendo el servicio militar en la marina, actuó por poderes mi tío Manuel de ahí que me impusieran los nombres de José, Manuel, Rafael.

Y ya que he mencionado que la televisión entro en mi casa, debo explicar que cuando no la teníamos, la vecina de enfrente Doña Olga y su madre Doña Matilde, si que tenían y yo las noches de verano desde la habitación de mi tío, espiaba la televisión de ellas hasta que dándose cuenta me cerraban la ventana no se si porque consideraban que los programas no eran para mí o porque la querían para ellas solas. Poco a poco, pero, se les fue ablandando el corazón y me permitían ver más la tele, así que yo cenaba rápido para ir a ver que no oir, las imágenes en blanco y negro que emitía aquella caja de madera.

Y así llegué hasta las fechas de mi comunión. Algo que tanto niños como niñas esperábamos con mucha alegría no por comulgar que eso nos preocupaba ciertamente porque teníamos que ir con mucho cuidado de no masticar la hostia porque era el cuerpo de Dios y de no cometer pecados que luego tendríamos que confesar. La ilusión era por los regalos, por el traje, por la comida.

Yo fui vestido de marinero pero no a la usanza vamos más que marinero yo era almirante pues iba todo de blanco con cordones dorados. Nos concentraron todos en la puerta de la escuela que estaba adornada como si fuera un portal de novia y allí nos hicieron fotografías y de allí a la iglesia de San Ignacio de Loyola en la calle Dos de Mayo allí más fotos con unos y otros, padres, tíos, abuelos quien los tenía al completo y de allí tras haber ayunado tres horas antes de la comunión, más el tiempo de las fotos y con un hambre canina, al restaurante o a casa.

En mi caso nosotros fuimos a un restaurante que estaba al lado de la tienda de electrodomésticos del cuñado de mi tio. Se llamaba Rodri y de la comida solo recuerdo unos medallones enormes de merluza a la romana que causaron furor y la tarta como no.

La comunión significó el pase de niño a menos niño o cadete se acabaron los pantalones cortos ya era mayor jajaja

continuaré.......



miércoles, 19 de febrero de 2014

UNAS IMAGENES

Hola a tod@s:


Hoy que he llegado un poco pronto a casa me he puesto a buscar y he encontrado estas perlas:

Este señor no es otro que mi tatarabuelo por parte de madre.  Si esta bien puesto y la gracia de esta foto es que tiene ciento ocho años, fue tomada en barcelona el 29 de Octubre de 1.905 y en su reverso se puede leer lo siguiente: Al Sr. D. Baldomero  Martinez Carné,  Señorita Jacinta Martinez Carné y Señorita Concepción Martinez Carné. Les dedica este recuerdo su Abuelito que mucho les quiere Baldomero Martinez.

Toda una Joya.  De este señor, me explicaron que era un auténtico sabio pero no me supieron decir mucho más Hay que pensar que mi abuela solo tenía un año cuando se tomó esta foto.

 Estos son mis bisabuelos maternos no se a los que miren las fotos que les parecerá pero encuentro una gran diferencia de aspecto entre mi tatarabuelo y ellos, será porque aquel es solo la fotografía de un busto.
Y esta es mi abuela. Yo calculo que debió ser tomada a poco de llegar a Barcelona en los felices años veinte, así que esta foto también va camino del siglo.

Seguiré buscando entre los recuerdos.