Hola a tod@s
Ayer me quedé en el relato de la pista de patinaje. Si yo no explicara nada más, nos podríamos hacer una visión romántica de unos niños patinadores dando vueltas a la pista durante rato y rato.
Pero las cosas no funcionaban así. Cuando salíamos del colegio a las doce o a la una depende del curso en que estuviéramos, como el tiempo hasta la entrada de la tarde era siempre de tres horas, íbamos a casa cogíamos la bolsa de los patines y nos desplazábamos a la pista, pero nuestras actividades eran otras.
Nuestros juegos iban desde hacer el tanque, hasta los saltos. Vamos por partes, ¿Qué era el tanque? El tanque se formaba de la siguiente forma: Un patinador agachado extendiendo una pierna frente a él otro patinador en la misma posición de tal forma que el culo de cada uno de los dos patinadores descansaba sobre el pie y patín del otro y un tercer y hasta un cuarto patinador empujando a uno de los dos agachados. La dificultad estribaba en el hecho de que uno siempre iba hacia atrás y que se había de ir girando y que cada vez se adquiría mayor velocidad.
Otra lindeza era la del látigo. Un patinador en el centro empezaba a girar sobre si mismo. A este se juntaba otro y otro de tal forma que cuando ya eran siete u ocho los que giraban el último tomaba una velocidad endiablada.
Por lo que respecta a los saltos, estos se hacían sobre las bolsas de los patines apiladas en el centro de la pista. Otra variedad era poner las bolsas con cierta distancia e ir saltándolas o haciendo eses como si fuera un slalom.
No cabe decir que las caídas eran muy frecuentes aunque no tenían mayores consecuencias que moratones y algún que otro rasguño.
En aquella época, ya empezábamos a tontear con las niñas, que acostumbraban a ir acompañadas por sus madres o abuelas. Y hubo una a la que no recuerdo bien si le dí un papelito o le dije algo, la cuestión es que se fue corriendo a decírselo a quien la acompañaba y yo pensando que me reñirían di un par de vueltas para tomar velocidad, encare la puerta de salida, que no era tal puerta sino un espacio sin barandilla y Salí saltando los diez o quince centímetros de desnivel, con tan mala fortuna que me caí y me hice un roto en el pantalón a la altura de la rodilla del tamaño de una moneda de dos euros, así en redondo. El trozo de pantalón se molió literalmente en la herida que me hice en la rodilla.
Obviamente cuando llegué a casa y mi abuela me vio de esa guisa, lo primero fue curarme la herida con alcohol, ponerme gasas con un ungüento que se llamaba miraclem y que era un poco como el de la serpiente que servía para todo y luego vino la bronca por ir como un loco y por último la consecuencia, no me comprarían un pantalón nuevo e iría con el pantalón con un parche remendado.
No obstante, lejos de amilanarme, aquello me dio más alas y a partir de entonces raro era el día que no volvía patinando desde la Sagrada Familia a casa cruzando con los patines puestos la calle Mallorca que en aquella época aún estaba adoquinada, así que es fácil imaginar la dificultad que entrañaba cruzar con patines por encima de los adoquines.
Pero no fue esta la única “hazaña” la pista de patinaje se nos quedaba pequeña y empezamos a buscar nuevas experiencias como la de bajar por la calzada de la calle Cerdeña desde la calle Córcega hasta Mallorca, tres travesías, patinando. A veces de pie y a veces incluso agachados. Cuando hoy lo recuerdo, siendo como soy conductor de automóvil, me doy cuenta del peligro que corríamos al deslizarnos agachados sin que los automovilistas pudieran vernos cuando pasábamos por el lado de los coches. Un cambio de carril brusco o una puerta que se abre y no quiero pensar en las consecuencias que podíamos haber tenido, pero el caso es que eso no ocurrió.
En el espacio comprendido entre la calle padilla y mitad de Mallorca por el lado mar y Provenza por el lado montaña, enfrente de la juguetería, el horno, etc. que mencionaba el otro día, se ubicaba y se ubica aún hoy aunque transformado, el mercado de la Sagrada Familia. Entonces por la parte de Provenza estaba la entrada de los camiones. Para acceder a los muelles del mercado habían de bajar una rampa empedrada de unos 30 metros con bastante desnivel, tanto como unos cinco o seis metros. Pues bien esa rampa también la bajábamos nosotros con los patines y alguna vez habíamos ido a parar contra las cajas vacías de las frutas y verduras.
Aunque ahora me avance un poco en el tiempo, acabaré este capítulo dedicado a los patines, diciendo que en el verano del 69 debió ser , cuando la calle Cerdeña estaba cortada por las obras del metro de la línea cinco, nos dedicábamos a jugar con los siempre presentes patines a las guerras de gomas. Con gomas a modo de tirachinas disparábamos papeles que habíamos plegado hasta hacerlos muy duros, incluso yo había llegado a poner algún trozo de alambre dentro del papel para que fuera más contundente. Pues bien sucedió que estando jugando hubo uno que me disparó por a espalda dándome justo detrás de una oreja y fue tal el dolor y la rabia que me dio que Salí a toda velocidad tras él, con la mala fortuna de que una piedrecita entro en el mecanismo de la rueda delantera derecha de mi patín izquierdo, bloqueando la rueda y haciéndome volar literalmente hacia delante y cayendo con toda la inercia sobre mis manos. El resultado fueron dos fisuras en los dedos corazón y anular de mi mano derecha que me obligaron a llevar un vendaje compresivo y una férula en el dedo anular durante cuarenta días. Yo seguí haciendo trastadas por el mercado hasta el punto de que días antes de ir a quitarme la venda, esta se había vuelto negra e incluso había perdido el adhesivo por lo que me tuvieron que recortar una vuelta de la venda para que estuviera más presentable.
Ese año colgué definitivamente los patines.
Pero no todos mis percances vinieron con los patines. Un par de años antes tuve otra experiencia jugosa.
Mis padres, no solían salir nunca juntos, en parte por los complejos de mi padre sobre su físico tan delgado y encorvado y en parte por la depresión de mi madre, esto aún se hizo más acusado tras aquella discusión que tuvieron por el trabajo de mi madre que ya expliqué. No obstante, una verbena de San Juan decidieron salir a cenar y a bailar después. Yoya era mayorcito y bien podía quedarme en casa con mi abuela.
A mí, las fiestas de San Juan me gustaban mucho por todo lo que conllevaban y que ya explique sobre la leña, las hogueras, etc. pero también me gustaban mucho por los petardos y por edad ya había dejado a tras las bengalas y las bombetas o los mistos garibaldis que tan tristes recuerdos dejaron por el envenenamiento de varios niños que los chuparon y acabaron muertos. Lo mío eran las piulas, los truenos, las tracas chinas, etc.
Pues bien aquella noche, a cierta hora y cuando más bien lo estaba pasando, mi abuela me llamó desde el balcón para que subiera a casa, pues consideraba que ya era hora de subir, serían las diez o las once de la noche y aunque el portal aquella noche estuviera abierto porque había muchos vecinos en la calle, ella ya no tenía ganas de más fiestas, así que a regañadientes subí a casa con medio paquete de piulas en el bolsillo. Una vez en casa y tras protestar sin éxito la decisión de mi abuela me empecé a entretener intentando tirar piulas desde el balcón a mis amigos o a la gente que pasaba por la calle, con la esperanza de que alguna llegara a explotar junto a ellos, cosa que por la altura era muy difícil.
Había algunas que la mecha la tenían muy corta y esas presentaban más dificultad para prenderlas y lanzarlas antes de que explotasen. Pues cogí una de ellas y sin prestar demasiada atención la tome por la mitad, con tan mala fortuna que la mecha prendió muy rápida y exploto mientras la tenía en mi mano explotándome en ella y abriéndome literalmente un dedo sin que saliera sangre pues la misma quemadura cauterizó la herida, lo que no evitó fue el dolor y ya me ves a mi cogiéndome la mano con la otra mano saltando y aullando por todo el pasillo, perseguido por mi abuela que quería a toda costa verme la mano y hacer una primera cura.
Tras varias carreras por toda la longitud del piso, finalmente me agarró la mano y tras limpiar los alrededores de la herida que estaban negros como el tizón, me untó con una pomada que se llamaba abril específica para las quemaduras y rogando al cielo que aquello no s eme infectara, nos dispusimos a dormir. Mis padres ya se enterarían al día siguiente y yo una vez pasado el dolor de la quemadura, ya no le prestaría más atención a esa herida.
Como suelo decir, un castigo justo, rápido y necesario aunque a mí no me lo pareciese entonces.
Continuare………













