martes, 4 de marzo de 2014

UN CAMBIO RADICAL

Hola a tod@s:

Los años de penurias y deudas a los tenderos habían pasado.  En casa se respiraba cierta bonanza económica que se había traducido en el empapelado de las paredes, entonces estaba de moda poner papeles vistoso en las paredes y se habían desterrado los viejos muebles del comedor por otros de corte más moderno.

Mi madre ya no trabajaba de demostradora y ahora era representante de las galletas Montes primero y luego de las galletas Loste. Mi madre visitaba los comercios y colegios de la Bonanova y en alguna ocasión la había acompañado.  En esas ocasiones aprendí ciertos usos y modales a tener en cuenta con las personas de nivel económico más elevado.

También fueron tiempos en los que ella, mi madre, volvió a perfeccionar algo su francés aprendido en los años de las Escuelas Francesas, y se dio el capricho de comprar una máquina de escribir y aprendió por su cuenta mecanografía. Le gustaba sentarse y escribir historias que se inventaba. Llegó incluso a ver publicada una historia en una revista de la época.  Lamentablemente no guardo ni la historia, ni recuerdos sobre la revista que lo publicó.

Mi tío se casó y curiosamente yo no asistí al convite porque estaba enfermo. A la boda vino mi tía Jacinta en representación de la familia de Madrid.  Mis tíos se fueron a vivir a un piso de alquiler en la calle Llull, concretamente en el 5º2ª del número 13 una escalera que hacía casi esquina con la calle Francisco Aranda y muy cerca del parque de La Ciudadela.  Es, porque aún residen allí, un piso interior de tres habitaciones. Para dotarse de muebles, ajuar, etc. algo contribuyó mi abuela que cada mes cuando iba a cobrar la pensión en una oficina de la Caja de Ahorros de Barcelona, separaba una pequeña cantidad para ingresarla en una libreta para mi tío.

Después haría lo mismo conmigo y el dinero que fue ahorrando sirvió para que yo pudiera pagar las clases para la obtención del carné de conducir.

Cuando yo contaba trece años, algo vino a perturbar los años de vida plácida que estábamos viviendo. En primer lugar, mi padre perdió su trabajo. La empresa para la que trabajaba, cerró y vino a coincidir con otro hecho. Los dueños del piso en el que vivíamos decidieron ponerlo a la venta por la cantidad de 125.000 pesetas que en aquella época era todo un capital. Capital además del que no disponíamos en casa. Mi padre que había cambiado su renault por un simca 1000 blanco, tuvo que devolverlo por no poder pagar las letras y tuvo suerte de que le personaran la deuda aunque tuvo que pasar la vergüenza de reconocer que no podía pagarlo.

Fueron semanas o meses de gran incerteza, lágrimas y desazón.  Mi padre encontró pronto trabajo en una gran empresa, se llamaba Printer y estaba ubicada en Sant Vicenç del Horts, era un aempresa muy grande, de hecho esa empresa aún existe y aunque paso por el nombre de Círculo de Lectores pues eran los talleres de impresión de los libros de esta editorial. Al poco tiempo de ingresar en esa empresa, le comunicaron que iban a incorporar una nueva máquina una rotativa de esas en las que las hojas de papel entran por un extremo y acaban saliendo libros empaquetados y paletizados. Era la primera rotativa de esas características y tenía un coste de 200 millones de pesetas. Una longitud de más de 40 metros y precisaba de varios empleados para su funcionamiento.  Venía importada de Alemania y mi padre fue enviado a Dusseldorf durante, creo recordar que fueron dos o tres meses.

Esto vino a coincidir con una oferta del hermano de mi tía, de un piso en un edificio que acababa de construir en el Guinardó.  Se trataba de un sólido edificio como el lo vendió ya que él mismo iba a fijar allí su residencia. La aceptación urgía porque la demanda de aquellos piso era grande, así que mi abuela dijo que sí, ignorando que el piso que nos ofrecía era unos bajos con un patio sin vistas.  Eso trajo una fuerte discusión con mi tío  y al final se solucionó con una nueva oferta.  se trataba, en esta ocasión de un entresuelo cuyas vistas eran a un patio de un edificio de la calle Arte. Ese piso nunca fue del agrado de mi abuela aunque no tuvo más remedio que bajar la cabeza y aguantar.Era un piso, eso si, grande aunque mal distribuido.  Tenía cuatro habitaciones, una cocina, un baño, un salón comedor y un cuartito para la lavadora.

Mi abuela tuvo que pagar a fondo perdido la cantidad nada desdeñable de 75.000 pesetas que si bien no eran los 125.000 de la calle Padilla eran mucho para ellos. Tanto que el traslado se hizo escalonadamente  y con la furgoneta de reparto del cuñado de mi tío.  Fueron muchos los viajes que yo hice cargado de bolsas con ropa y objetos entre la calle Padilla y la calle Vinyals donde se ubicaba el nuevo piso.

Finalmente nos trasladamos a vivir allí y yo como ya apunté en otra entrada, corté el vínculo con mis amigos de la calle. Les perdí el rastro y ya no he vuelto a saber de ellos aún y a pesar de intentarlo por las redes.

Tampoco conocí a nuevos amigos en la nueva ubicación. Por entonces, el Guinardó era un barrio por acabar con muchas casas de planta baja y bloques a medio construir, incluso algunas calles como la calle del Centro aún se encontraba por asfaltar.

La ubicación de esa vivienda estaba bien, relativamente cerca del mercado, de una iglesia, de una oficina de la caja de Cataluña, y también relativamente bien comunicado. La Avenida Virgen de Montserrat por donde pasaban un par de autobuses al que se añadía otro que tenía su inicio y final en la Plaza Catalana y por otro lado el Paseo de Maragall, donde pasaban otros autobuses.  Las estaciones del metro quedaban más lejanas, tanto la propia de Maragall como la de Camp del Arpa.  Todo estaba relativamente cerca aunque había algo más, las fuertes pendientes de las calles del Guinardó, algo que tendría su importancia para mi abuela años más tarde y para otro personaje que aún está por descubrir, años después.

Yo que no dejé de ir a mi escuela debía ir en tranvía o en autobús así que definitivamente ya deje de ser niño para hacerme mayor.

El trabajo de mi padre también tuvo su cara y su cruz.  Su cara, sin duda, fue que volvíamos a tener un salario y que el trabajo parecía estar garantizado en una gran empresa. La cruz que ese trabajo era por turnos que cada quince días se cambiaban, así que lo mismo trabajaba de mañana como quince días después lo hacía de tarde y tras otros quince días lo hacia de noche. Y el otro inconveniente era que para ir a trabajar la empresa ponía a disposición de los trabajadores un autocar pero se tenía que tomar en donde hoy se ubica el parque de l'Escorxador y que entonces ocupaba el matadero de Barcelona, lo cual le obligaba a tener que salir de casa muy temprano y las noches o madrugadas de invierno pasaba mucho frío y más de una vez enfermó.

Al descolgarme de mis amigos, yo empecé a ir más al gimnasio. Me empecé a aficionar al Judo, ya que en mi gimnasio se impartían clases de esa disciplina siendo el instructor Hendricus Van Ter Gow Gen para todos y el hijo del duelo del gimnasio, y acabé practicándolo, no recuerdo bien quien me compro el kimono, lo que si recuerdo fueron los moretones y cardenales con los que decoraba mi cuerpo y como lucía mi licencia federativa en los que se reflejaban mis cinturones.  No alcancé el cinturón negro aunque no me faltó mucho, solo un par.  Fue una buena época, estudiando las catas, llaves de cadera, hombro, pierna, inmovilizaciones, luxaciones, estrangulaciones y sutumis. Hoy creo que a la primera voltereta tendría serios problemas de movilidad.

Continuaré




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