viernes, 7 de marzo de 2014

UN LARGO VIAJE

Hola a tod@s:

La primera Navidad que viví trabajando con quince años cumplidos, compre para mis padres una botella de cava Codorniu Non Plus Ultra de Añada, una botella que iba en una caja de cartón decorada y que me costó 300 pesetas. Fue algo que a mí me lleno de orgullo pues la compre con el dinero que me habían ido dando mis padres y que yo ahorré pensando en ese regalo y que ellos recibieron con la misma ilusión que si les hubiera tocado una panera. 

El verano anterior, no el de mis catorce años, ocurrió algo que yo había olvidado y que recuerdo ahora. Yo había llegado a esa edad sin saber nadar, a pesar de que mis padres en este caso ambos y por razones muy distintas querían que yo aprendiese.

Yo siempre había tenido miedo al mar. Al mar y al agua en general, debido a que una vez en los baños de San Sebastián donde habían tres piscinas infantiles, un niño al que no conocía de nada y que por edad y estatura no debía estar en esa piscina, me metió la cabeza bajo el agua y no me dejaba sacarla a respirar, no sé si casi me ahogo pero si sé que lo pase francamente mal y desde entonces le tome mucho miedo al agua.

Como decía mis padres veían con buenos ojos que yo aprendiera a nadar aunque yo siempre me negaba. Mi madre porque al parecer había tenido dotes de nadadora, pero mi abuelo no consideró  oportuno que siguiera esa vía.  Mi padre porque había visto morir a un primo en una alberca por no saber nadar.

Yo no recuerdo muy bien el por qué,  aunque creo recordar que fue debido a que mis amigos querían ir a una piscina y yo siempre había fanfarroneado de saber nadar,  que decidí hacer un cursillo de natación. En el Guinardó había y hay una piscina a la que se tiene acceso por la Avenida Virgen de Montserrat y por la calle Manso Casanovas.  Es una piscina pública descubierta y allí se hacían cursillos. Ni que decir tiene mi anuncio fue acogido con gran alegría en casa y no se me negó el dinero para tan noble causa.
No acabaría el cursillo, aunque si aprendí lo suficiente para saber nadar aunque siempre he sido de los que les gusta saber que tocan pie en el fondo y no ha sido hasta hace muy poco que aprendí a sumergirme bajo el agua o incluso a jugar sin temer a sumergir mi cabeza bajo el agua.

El cursillo no lo acabé pues al empezar como no tenía idea de nada, me pusieron con un grupo de edad más pequeña que yo y el monitor me tomó a mí como referente para los demás.  Si José lo hace los demás lo harán así que siempre era el primero. El primero en tirarse de pies en la zona que más cubría, el primero en pasar la piscina a lo ancho provisto de un corcho en una mano y nadando solo con la otra, etc. así que me cansé y no lo acabé pero por lo menos ya podía ir con mis amigos a la piscina y no dar la nota.

Con mis padres y abuela habíamos ido haciendo algún viajecito corto como Andorra, pero sería en el verano del 72 que hicimos un gran viaje. Quiso mi padre ir hasta Andalucía a conocer sus lugares de origen. Yo me encargué gracias a que tenía a mi abasto la guía de hoteles de buscar hotel en Córdoba y en Sevilla y dado que el viaje debería hacerse en dos días se acordó  que dormiríamos en Madrid eso sí tras consultarlo con mis tíos abuelos.

El viaje a la ida fue perfecto. El hotel de Córdoba no era muy bueno pero se podía estar. De allí recuerdo una visita turística de la ciudad en coche de caballos, la mezquita, el cristo de los faroles, los jardines del Alcazar junto a la mezquita, etc.

De Sevilla el recuerdo más presente fue el calor y el hotel elegido que no resultó ser del agrado de mis padres y que sustituimos por otro más caro pero más acogedor.  De Sevilla recuerdo la Giralda, la Torre del Oro el Parque de María Luisa, la Plaza de España y el barrio de Santa Cruz, con su plaza de doña Elvira que mi madre por llamarse así quería visitar si o si y de la que quedó enamorada.

Ese viaje se caracterizó por varias cosas. En primer lugar un acercamiento entre mis padres.  Mi padre tuvo el detalle de comprar a mi madre un detalle en oro a forma de Granada algo que es muy usual en esa ciudad pero que el compró en Sevilla y que junto a un anillo con una piedra aguamarina hicieron, creo yo, que se olvidasen viejas afrentas.
Lo del anillo fue especial, pues mi madre siempre explicaba que cuando la operación de mi abuela, después de esa operación tuvieron que empeñar las joyas que tenían y entre ellas había un anillo con na piedra aguamarina al que ella tenía un gran aprecio. Así que aunque no fuera el mismo anillo que ella recordaba y que seguramente magnificaba en su memoria, fue de su agrado.

Otro hecho de ese viaje, fue la sed que mi abuela empezó a sufrir de repente. Era algo que a pesar del calor reinante resultaba exagerada, hasta el punto de llegar a beber hasta dos jarras de agua durante una comida o cena. Al parecer la diabetes empezaba a mostrar sus síntomas.

Más cosas. Ese viaje se hizo a escondidas de mi otra abuela a la que se había pedido como en otras ocasiones dinero para el viaje pero a la que no se invitó a ese viaje. Y no debía saberlo ya que no se hubiera entendido muy bien lo de pedir dinero para el seguro y hacer después un viaje cuyo coste a todas luces era igual o superior a la cantidad pedida.
En ese viaje llegamos como una escapada de un día hasta la ciudad de Huelva, pero fue decepcionante para él. Para mí era una ciudad más, pero creo que a él le decepcionó el hecho de constatar que no podría llegar a Riotinto pues se encuentra bastante alejad de la ciudad de Huelva, ni a Punta Umbria e Isla Cristina, lugares que el quería conocer. Riotinto lo conocería yo bastantes años después y Punta Umbría, Isla Cristina, Moguer,  etc. son asignaturas pendientes para mí.

En ese viaje se cumplió otro sueño de mi abuela, tener un jamón como Dios manda. Recuerdo que el jamón costó tres mil pesetas, poco menos de mi sueldo que ya rondaba las cuatro mil pesetas mensuales.

A mi padre sé y entiendo que le causó pena el no poder hacer ese mismo regalo a su madre, pero cómo iba a explicarlo?  Tenía remordimientos de conciencia.
De regreso al parar en Madrid, mi padre se puso enfermo, una fiebre muy alta y una tos no muy clara en pleno verano y que los médicos de la familia, recordar que había dos primos médicos no sabrían explicar.

Tuvimos que estar una semana más en Madrid y así tuve ocasión de pasear un poco sus calles principales, tomar el teleférico hasta la casa de campo y ver algún monumento.
Esa súbita enfermedad fue el principio del final de mi padre y aunque no puedo asegurar que fuera la primera manifestación de su enfermedad yo siempre lo he relacionado. El viaje de regreso lo hicimos con mi tía Jacinta a quien no podíamos negárselo ya que nos había ofrecido su casa y nuestra manutención los días en que mi padre estuvo mal. De aquel viaje de regreso recuerdo además de la estrechez en la parte posterior del coche, ya que tanto mi abuela como su hermana estaban bien granadas, la parada que hicimos en Calatayud donde al parecer mi tía abuela tenía un cuñado dueño de una carnicería y a quien sableo habilidosamente con un no quiero mucho, dame unos tres kilos de salchichas que se llevó obviamente sin pagar y sin importarle la cara de pocos amigos que puso el tendero. Así era mi tía abuela.

Otro de los objetos que compre con mis primeros sueldos fue un tocadiscos, que si bien no era un estéreo, era un portátil que hacía que la música sonara maravillosamente al menos para mis oídos. Las navidades de ese año en el que compré el tocadiscos, mi abuela tuvo una dolorosa noticia. El día de su santo apareció muerto en su cama el tío Pepe. Lo encontró su única hija, Pilarín que vivía en un piso contiguo. Le había parecido extraño que su padre no acudiera a desayunar con ellos como siempre hacía, así que fue a buscarlo y lo encontró ya muerto en su cama.  Al parecer murió de un ataque al corazón mientras dormía. Fue un duro golpe para todos, pero en especial para mi abuela dado el gran cariño que se profesaban ambos.

Recuerdo que aquel día yo había comprado un LP de Iron Buterfly se llamaba IN A GADDA DA VIDA era una pieza de 17 minutos de duración y me daba mucho apuro ponerlo en el tocadiscos habiendo ocurrido este hecho.  Mi abuela me dispenso de tal apuro y me dijo que lo escuchara que no ocurría nada. Yo lo escuché pero a un volumen muy reducido.
No recuerdo si fue en esas navidades o había sido antes, pero creo recordar que fue en esas navidades que recibí un regalo que me hizo mucha ilusión.  Se trataba de una mini radio. Se habían puesto de moda unas radios de la marca Inter, eran cuadradas de unos cinco centímetros y se podían escuchar por altavoz o por auriculares. La mía no era Inter era de una marca desconocida Honeytone y era algo más pequeña que las otras lo que la hacía capaz de ser llevada a cualquier lado.

Yo la usaba para escuchar música por la noche poniéndola bajo mi almohada con la incomprensión de mi abuela que decía que se me iba a hacer el cerebro agua con esa música toda la noche.

También en esos años sobre los catorce a los quince años, empecé a hacer montañismo. Al principio solo eran excursiones tipo Montserrat, Castellcir etc. Me había comprado una mochila feísima de color gris con un armazón de hierro que se me clavaba por todos lados y unas botas tipo chirucas.
Ya había acabado el Bachillerato elemental y su reválida y decidí no seguir estudiando, mi primer gran error de los muchos que he cometido en mi vida adulta. También había decidido dejar el gimnasio con el pesar y a pesar de la oposición e mi padre. Pero i argumento fue el decir, estoy pagando trescientas pesetas por un gimnasio al que no voy, así que no vale la pena seguir pagando.

A cambio empecé a estudiar inglés en el Instituto de  Estudios Norteamericanos un lugar que según Armet era un centro de la Cia aunque a mí a pesar de llegar a estar muy vinculado como se verá nunca me propusieron hacer de espía.

Continuaré…..


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