Mi entonces esposa, harta de estar sin trabajo, buscó según mi criterio, la forma de obtener ingresos adicionales y lo hizo poniéndose a hacer faenas para particulares. Esto fue algo que nunca llegué a entender y que llevé muy mal. No es porque me parezca un trabajo indigno, sino porque considero que podía aspirar a tareas mejores y que no había ningún tipo de necesidad, salvo, el tener un poder adquisitivo propio para sus gastos, que la obligase a aceptar cualquier trabajo.
Y me fastidiaba que mientras yo me relacionaba por imperativo de mis actividades con personas de un nivel social más elevado, ella se prestase a ese tipo de trabajo.
Ciertamente ese clasismo mío no estaba acertado, pero no era por mí o no únicamente por mí sino también por ella, por querer y entender que podía desempeñar trabajos mejor remunerados y con menor desgaste físico convencido de que su preparación académica y humana le permitía aspirar a más.
El caso es que eso, empezó a distanciarnos. Eso y otros aspectos que por implicarla a ella directamente sin que fuera culpable sino más bien sufridora, creo no debo explicitar más, hicieron que nuestra relación matrimonial empezase a tener "vías de agua"
A eso se añadió ciertas fantasias de carácter erótico que un perito de la compañía empezó a explicar indicando que internet era la panacea para este tipo de aventuras. Yo lo creí y empecé a frecuentar chats con la idea de tener mis propias fantasías. Lo único que conseguí fue iniciar un descenso por una pendiente que me llevó hasta mi divorcio.
Empecé a chatear los viernes y sábados y estaba hasta las dos o las tres de la mañana. Durante ese tiempo solo encontré personas que se sentían muy solas, con muchos problemas y con ganas de desahogarse y al final me implicaba como si yo fuera Dios y pudiera darles solución a sus problemas. Realmente fue una época en la que me comporte como un imbécil. Mi esposa me recriminaba esta práctica, pero yo lejos de reconocer mi error me sentía ofendido. Yo podía estar en el chat y seguir con mi día a día, con mi vida de pareja o al menos eso creía.
En los días finales de la primavera de 2.004 conocí en un chat a una mujer, Asun, casada con dos hijas y muy simpática, hasta el punto que por cámara conocimos a su marido y digo conocimos porque hice que se implicase a mi esposa. Poco a poco ambas fueron trabando amistad. Ese año celebrábamos nuestras bodas de plata y decidimos regalarnos un viaje a la República Dominicana. Los preparativos iban muy bien, había ilusión de hacer ese viaje y todo parecía indicar que podía ser la solución a ese bache. Durante el viaje recibí un par de llamadas de Asun y eso disgustó a mi esposa, sobretodo porque yo recibía mensajes de madrugada aunque no eran de Asun sino de otra mujer del que no recuerdo el nombre y que me saludaba en horas normales de España pero que con el cambio de horarios hacía que fueran muy intempestivas.
Tanbién le preocupaba la existencia de una mujer colombiana, catedrática de Psicología en la Universidad de Barranquilla que, esta sí, se enamoró perdidamente de mí y me propuso que me fuera a vivir con ella a Colombia donde con sus contactos con el gobierno de Bogotá y mis conocimientos en seguros y riesgos industriales, podría montar una empresa de seguridad contra incendios y robo. Nunca se me pasó por la cabeza dejar España pero mi esposa a quien había comentado como anécdota esa propuesta, la tomó muy en serio. Lo cierto es que a pesar de su reticencia al principio, fue trabando amistad con Asun y con ella comentaba sus preocupaciones y Asun me las transmitía a mi, así que hacia de mediadora, hasta que un día por teléfono se me declaró y yo que debí poner fin a esa locura en aquel momento, no solo no lo hice sino que se me inflamó el ego y le dí alas pensando además que como estaba a más de cuatrocientos kilómetros de distancia no iba, no podía pasar nada. Iluso de mi.
A tal punto llegaba nuestra amistad que decidimos que ambas parejas nos veríamos al natural y elegimos las fechas próximas a San Juan. La cita solo sirvió para que ella con excusas me besara, para que su marido, percibiendo algo, se mosquease mucho y para que yo saliera hecho un lío. Una semana más tarde la volvería a ver y un par de semanas más tarde su marido llamaría a mi esposa y le espetaría que su mujer y yo teníamos un affaire.
Nuevamente mi reacción fue la de no querer aceptar mi culpabilidad y tratar de escapar adelante. Viví en una semiseparación hasta que en Octubre de ese año corté con Asun y decidí pedir perdón y suplicar una nueva oportunidad.
Asun no desapareció de mi vida. Habiendo solicitado la separación, se sumió en un estado de depresión y siguió contactando conmigo. Yo en un principio me volqué de nuevo hacia mi esposa y, así celebramos mi cincuenta aniversario, pero hacia el verano de 2.006 las cosas se volvieron a torcer. Fuimos de vacaciones al País Vasco y volvieron a haber discusiones y los rencores por ambas partes salieron a la luz. Era evidente que las cosas no iban bien, yo me sentía mal, era como si tuviera un dedo acusador que día a día me señalara.
Poco a poco volví a entrar en chats, esta vez lo hacía por las tardes. Ella trabajaba en un centro de atención telefónica sin dejar sus faenas y yo aprovechaba esas horas de las tardes que yo disponía para chatear y allí fue donde contacté con Ana.