sábado, 1 de marzo de 2014

LA MEJOR ABUELA

Hola a tod@s:
  
Tras dejar fluir los recuerdos guardados en mi memoria y después de casi dos semanas publicando entradas, creo que debe llamar la atención que en todos ellos hay una protagonista que es recurrente en todas ellas; Mi abuela.  Y cuando apelo a ella solo me refiero a mi abuela materna.

Aunque aún queda mucho por explicar y será inevitable que salga muchas veces más, quiero explicar que no es una casualidad o un reflejo inconsciente. Es algo inevitable.

Esa mujer fue para mí, además de una abuela, una madre y casi si se me permite un padre. Yo no fui como pudiera deducirse de mis palabras, un niño infeliz y desgraciado. Es cierto que en mi casa se pasaron verdaderas privaciones que por mucho que haya podido explicar en unas cuantas entradas u hojas si se imprimieran, no dan una visión exacta de lo vivido. Otros factores que yo vivía a diario en mi entorno podrían haberme marcado de forma negativa, sino hubiera sido por esa mujer.

Mi abuela, de quien podría, por los recuerdos y vivencias que como una esponja mi memoria recién estrenada iba absorbiendo, escribir hoy un libro, se convirtió, obligada por los acontecimientos, en una mujer de carácter fuerte, tozuda como buena aragonesa y de voluntad de hierro. Pero todo ello, no impidió que fuera a la vez una persona dulce y entregada a la educación de un niño, yo,  que debido a las especiales circunstancias personales de sus padres, los míos, no recibía de estos la atención que cabía esperar.

Y con ello no quiero decir que no fuera querido por mis padres. Mi madre me profesaba un amor inmenso, pero su maternidad tan joven, su depresión posterior y su trabajo fuera de casa, limitaron mucho su rol.  Y si me refiero a mi padre, debo decir que su obsesión por tratar de evitar que su familia sufriera privaciones, le llevaban a una dedicación al trabajo endemoniada con jornadas de 12 horas o más, en un trabajo con un fuerte desgaste físico y mental que sumado a sus limitaciones en materia de salud, lo convertían, al llegar a casa en un hombre terriblemente cansado y sin demasiadas ganas de ejercer su papel de padre. Y cuando lo hacía, lo ejecutaba como buenamente sabía, como él lo había vivido de su abuelo ya que la pérdida del padre rompió esa transmisión natural de experiencias que la mayoría reciben y perciben.

Por eso, debo agradecer la ingente labor que hizo mi abuela, al educarme y transmitirme una serie de valores y principios que me han servido como mínimo para poder ir por el mundo con la cabeza alta.

Ocurre siempre que, utilizando una frase suya, nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena y esto acostumbra a ser demasiado tarde. Ocurre también que siempre idealizamos las cosas y las situaciones. Así hoy pienso que me gustaría tenerla delante para pedirle perdón por todos los malos momentos que le hice pasar, por los disgustos que le di o por las malas respuestas que recibió de mí. Sin embargo es muy probable que de seguir viviendo, ahora contaría con más de ciento diez años, tampoco encontraría el momento, las palabras o las formas de llevarlo a cabo.

Ahora, que soy padre y también abuelo sé igualmente que no es necesario que todo eso que yo desearía poder decir o expresar, lo hagan conmigo. No son necesarias las palabras o las muestras de cariño como besos y abrazos. A veces unas palabras dichas sin esa intención, una mirada, la sonrisa sin forzar de mis nietos o el detalle más nimio me hacen entender que soy querido y apreciado y eso suple todo lo demás.

Y estoy convencido que eso mismo le paso a ella con sus padres, como le paso a mi madre con ella, e incluso a mi con mi madre.  Yo fui testigo de las broncas que llegaron a tener mi madre con mi abuela en los dos años posteriores a la muerte de mi  padre, y como tras la muerte de mi abuela, mi madre acarreó durante mucho tiempo un sentimiento de culpabilidad por todo lo que ella consideró había hecho o dicho de forma injusta, reproches hechos desde la irreflexión y que aunque ella considerara que causaron heridas profundas, lo cierto es que solo eran rasguños porque no eran reproches que nacieran de lo más profundo, o del odio o el resentimiento.

Mi abuela se enfadaba , pero sus enfados nacían por un lado del paso de los años que nos hacen, yo lo percibo, menos tolerante y más exigentes y por otro de una cierta sensación de fracaso y de temor por el futuro de sus hijos.

Dice un dicho popular que aquel que tiene una hija, comerá sopas en su vejez, porque las hijas tiran más hacia sus padres que un hijo y eso es una gran verdad.  En el caso que nos ocupa, mi abuela vio con tristeza como su hijo se fue alejando, y no voy a ser yo aquí juez en esta cuestión. Dios me guarde de meterme en tal berenjenal. Mi tío, quería a mi abuela y mucho, pero por las razones que sean y que como digo yo no juzgaré, fue decantándose poco a poco hacia su familia política, pero ya habrá tiempo de seguir hablando de mi tío. Por otro lado mi abuela veía con preocupación en mi madre, que no vivió la crudeza de la vida y que siempre tuvo el amparo de ella, un futuro bastante desgraciado y se autoculpaba de no haberla sabido educar y preparar mejor para ese futuro en el que ella ya no estaría.

Después la vida que siempre calificamos de cruel, la sumió en ese estado que se asemeja al concepto del limbo y que hemos venido a llamar senilidad o demencia senil y bajo ese estado cada vez más agudo se iría tres meses exactos después de haber nacido mi hija a quien conoció pero creo poder asegurar sin saber quién era.

Por todo esto, hoy , haciendo un paréntesis o un añadido a mi historia he querido rendir homenaje a esta mujer luchadora a quien tanto debo y a la que nunca supe expresar con palabras ni con gestos conscientes todo lo que sentí por ella.
Antes de poner el habitual continuaré quiero dejar constancia de algunas que la definían:
La primera hace mención a una rima que sus hermanos decían de ella y que la definen como una mujer de vida, con buen apetito:  Donde no hay perro ni gato, la conchita limpia el plato.
La segunda, era una frase que se la escuche decir un montón de veces y que hacía referencia a que no se debe despilfarrar nada.  En casa del pobre, antes reventar que sobre.
Por último, un seguido de virtudes o loanzas a la sopa, que solía repetirme cada vez, y fueron muchas, que yo arrugaba la nariz ante la presencia en la mesa de un plato de dicha vianda:

SIETE VIRTUDES TIENE LA SOPA:

Quita el hambre
Sed da poca
Hace dormir
Y digerir
Siempre agrada
Nunca enfada
Y cría a la gente muy colorada.

En internet corren estas virtudes aunque algunos añaden que es económica o barata y lo de la gente lo cambian por la cara.
Yo me he limitado a transcribirla tal y como yo las aprendí de mi abuela y para mi estas y no otras son las virtudes.

Continuaré……..

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