jueves, 13 de marzo de 2014

EL VIAJE A IBIZA 2

Hola a tod@s: 

Quedé ayer en el compromiso de explicar otras dos anécdotas más de nuestro viaje a Ibiza.

El primero ocurrió una de las tardes que estábamos en el camping y decidimos ir hasta Cala Tarida, un lugar entonces idílico frente a la isla Conejera. En aquellos años y supongo que ahora se mantiene igual, había muchas fincas en poder de ciudadanos alemanes y era evidente su presencia porque se veían muchos carteles avisando de la existencia de caminos particulares cuyo paso estaba prohibido.

La tarde fue perfecta, mientras ellas nadaban como sirenas, nosotros dos intentábamos avanzar en nuestras artes natatorias, he de explicar que José Luís no sabía nadar nada en absoluto, mientras yo me defendía dentro de los límites que ya expliqué. El sol fue cayendo y la puesta de sol fue un espectáculo maravilloso al que yo no había asistido nunca hasta entonces.

Después han sido muchas las puestas de sol que he podido presenciar, en el mar, en la montaña, en la ciudad, en el campo y solo o acompañado, pero aquella fue la primera y por eso guarda ese recuerdo especial.

El sol puesto ya, nos indicó que debíamos regresar, pero de noche todos los gatos son pardos y aunque desde la puesta hasta la oscuridad había margen suficiente para llegar hasta el camping, de regreso perdimos  el camino y nuevamente la noche se nos echó encima como en la ocasión del camping de Cala Montgó el verano anterior.

Lo cierto es que aquí vagábamos sin saber muy bien por donde hasta llegar un momento en que empezamos a oír ladridos que conforme sonaban se iban acercando más y más a nosotros.  Nos recordamos que no debíamos correr pues es sabido que los animales captan el miedo y se hacen más fuertes, pero llegado el momento nuestra intención era esa, salir corriendo. De repente nos vimos rodeados por dos pastores alemanes  que nos rodeaban a nosotros que habíamos hecho un amasijo juntándonos con las cabezas hacia dentro. Por suerte, tras los animales aparecieron los dueños unos alemanes que al principio nos trataron muy secamente, para después ablandarse e indicarnos el camino que debíamos tomar.

Han pasado años pero recuerdo perfectamente esa noche en la que creí por instantes que íbamos a salir si es que salíamos bastante tocados.

La última anécdota hace referencia a nuestra visita a la isla de Formentera. Como ya he dicho dependíamos del transporte marítimo para llegar a San Antonio, de donde salía también otro a la isla de Formentera.  Cuando ya íbamos camino de San Antonio, preguntamos al piloto de la embarcación si sabía a qué hora salía la barca hacia la otra isla a lo que nos respondió señalando una pequeña barca que pasaba como a quinientos metros de nosotros. Tal debió ser la cara que pusimos que por la emisora se puso en contacto con la otra y abordamos en alta mar la embarcación que iba a Formentera, algo realmente insólito.

Por lo demás Formentera no nos decepcionó y como ya apunté ayer el viaje fue una maravilla. De ese viaje traje dos recuerdos muy preciados. La primera noche a solas con Teresa que al igual que ocurrió con el primer beso, tampoco puedo olvidar y la tengo muy presente en mi mente, la impaciencia, la torpeza de los principiantes, la delicadez, y el cariño. Otras veces se han repetido algunas de estas características y también de ellas guardo recuerdos tan vivos como las imágenes que pueda estar viendo ahora, pero esa fue la primera vez y tiene un valor especial.  

El otro recuerdo es mucho menos romántico, pero perduró en lo años, se trató de un par de abarcas auténticas menorquinas: una tira ancha de piel que cubre la parte delantera del pie y una tira estrecha que lo sujeta por el talón de Aquiles, ambas cosidas sobre una plantilla hecha de neumático de coche recubierta de una plantilla de piel suave.

Esas menorquinas duraron más de treinta años y las sumergí en agua de rios, mares, y anduve con ellas por calles, caminos, carreteras y no se desgastaron. Acabaron en un armario al que ya no tengo acceso si es que aún siguen allí.

La vuelta a la realidad de lo que pasaba en casa, me hizo despertar del sueño de esos días de verano, en un paraíso de isla.  Quedaron las fotografías aunque muchas se perdieron con el paso de los años, yo sigo conservando la imagen de una silueta de mujer contra el sol poniente o una mujer hippy sentada en un puesto de ropa de Es Caná. 

Con la vuelta al trabajo, a las clases y a las excursiones empezamos el mes de setiembre. Por delante muchas ilusiones. Yo seguía estudiando en el Americano y por lo que se refiere a Teresa ya era parte de la familia. Cada domingo venía a primera hora como a las ocho a casa de Teresa y desde allí salíamos con el coche de su padre hacia Palau. Yo creo que fue en esa época que perdí el miedo a lo que pudiera acontecer en las carreteras. El padre de Teresa era un auténtico irresponsable, parecía que solo él circulase por las carreteras. Eso sí no le conocí ningún accidente de tráfico. Una vez en Palau, sus padres se dedicaban al huerto y su abuela y su tía a preparar la comida. Nosotros solíamos salir con las bicicletas y no fueron pocas las veces que llegamos hasta Caldas de Montbuí.

Por la tarde estaba el cine. Si las películas eran buenas íbamos a verlas y si no lo eran nos montábamos nosotros las películas en casa o jugábamos al ping-pong o escuchábamos música. La hermana de Teresa, Merce no solía venir mucho por allí, fie hacia el final del embarazo que ella y su marido Salvador LLopis, empezaron a frecuentar la casa aunque se volvían después de comer. Con la llegada de Laia nosotros teníamos nuevos entretenimientos.

En una ocasión en la que estábamos dando una vuelta por el palacio de pedralbes, Teresa se encontró con un chico, había sido un anterior amor de ella. Teresa se quedó como conmocionada y fue la primera ocasión en la que la vi dudosa con respecto a nosotros. Ella era muy indecisa y tomar una decisión era en ocasiones un verdadero tormento para ella y para los que la rodeábamos.

En casa, el estado de mi padre se iba agravando lenta pero progresivamente. Si en alguna ocasión parecía estabilizado o acaso con una leve mejoría que hiciera pensar en un posible error de los médicos, de repente un agravamiento hacía que volviéramos a tocar con los pies en el suelo.La única que parecía no darse cuenta o no querer darse cuenta era mi abuela Rafaela, su madre.

Poco a poco fue pasando el otoño y llegamos a las navidades de 1.973 las últimas que pasaría mi padre vivo aunque por entonces no lo supiéramos. En esas navidades se produjo un acercamiento de mis padres. Tal vez fue compasión de mi madre, tal vez fue entender un poco más a mi padre y por su parte creo que asumió que los tiempos iban cambiando y que el papel de la mujer, que hasta hacía poco estaba destinado a cuidar de los hogares, niños y mayores, iba tomando otro cariz y, si bien no se las trataba de igual a igual con los hombres, su acceso al mundo laboral empezaba a ser ya notable. Esto era algo que él veía y que no se le escapaba.

Por otro lado el coche que a fin de cuentas era su único valor era su otro amor y lo cuidaba, lo limpiaba como si fuera un tesoro.

En la entrada del nuevo año, todos teníamos deseos que aunque no los hiciéramos públicos eran fáciles de imaginar. La mayoría de ellos no se llegarían a cumplir.

 Continuaré




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