Hola a tod@s:
Isidro nunca dejó sus vinculaciones con los encantes viejos
y fue trayendo a casa objetos de los más diversos tamaños, aplicaciones y usos,
casi todos ellos rotos, que iba almacenando por cualquier rincón de la casa.
Primero fue la habitación de la plancha, luego mi antigua
habitación y por último el resto de la casa.
Eso unido al deterioro de mi abuela que ya era muy evidente
hizo que mi madre entrara en un estado de desidia. Ya no cuidaba la casa y
tampoco se cuidaba a sí misma.
Con el embarazo de se nos abrió otra incertidumbre y era
como íbamos a afrontar la falta de espacio. Recordad que vivíamos en un piso de
una sola habitación. Por eso empezamos a buscar pisos de alquiler por la zona
donde vivíamos, pero la solución vendría de manos de Victorina y Jose María,
quienes se embarcaron en la aventura de la compra de un piso y así al abandonar
ellos el suyo, nosotros negociamos con el propietario el ser los nuevos
inquilinos.
Eso nos facilitó mucho las cosas para el traslado pues era
sacarlo de una puerta y entrarlos en la de al lado. Y nos quitamos la angustia
ya que ese piso contaba con dos habitaciones.
Otro hecho se produjo durante el embarazo de ella y fue la
obtención del carnet de conducir. Juliana se matriculó en una autoescuela
cooperativa de la calle Pelayo cuando aún desconocía su embarazo o justo
acababa de conocerlo. De ese hecho lo único significativo fue que tuve que
hacerme pasar por profesor de la autoescuela ya que se encontraron el día del
examen de teórica que habían cambiado la fecha y el lugar donde se celebraban
los exámenes y no tenían personal para acompañar a los alumnos. Yo me presté a
hacerme pasar por el profesor y presenté a los alumnos tarde porque ya habían
comenzado los exámenes y conseguí que pudieran hacer el examen más tarde y en
una sala aparte que el resto de examinados de aquel día.
Con más de una hora de retraso se daban los resultados y
conseguí que todos los de esa autoescuela aprobaran la teórica.
Doble triunfo pues si me llegan a descubrir, hubieran
perdido la convocatoria y yo supongo que hubiera tenido algún tipo de sanción.
El embarazo de Juliana continuó dentro de los cauces
previstos y a finales del mes de mayo nuestras caminatas eran extensas para ver
si se producía la llegada de nuestro hijo del que ignorábamos cual podía ser su
sexo por expreso deseo nuestro.
La noche del martes uno de junio al miércoles 2 de junio,
Juliana rompía aguas, aún puedo recordarla de pie en la habitación con el mocho
en la mano, como si fuera un lancero. A primera hora de la mañana nos
presentábamos en el centro médico Delfos donde estaba el ginecólogo de ella, un
argentino llamado Ifer de apellido. No teníamos claro que fuera a quedarse ya
que no presentaba contracciones, por lo que acudimos sin canastilla ni nada.
Nos sorprendieron diciendo que ella se quedaba ingresada y
que iban a ponerle una vía para ir dilatando. Yo estuve con ella todo el rato,
incluso avisé porque regularon mal la entrada del dilatante y lo hizo muy
rápido y con fuertes dolores.
Solo la dejé para ir a comer algo a la cafetería. Al poco de
regresar se la llevaron al paritorio y yo pregunté a la enfermera el tiempo que
estimaban que tardaría con objeto de ir a casa y aunque esta me recomendó que
no lo hiciera, yo me fui a casa a buscar la canastilla y la ropa de ella para
estar en la clínica.
Pasaban unos minutos de las cinco de la tarde cuando
entraban a Juliana aún atontada por la sedación y me llamaban para que saliese
fuera. Allí una enfermera salió con un minúsculo bebe en sus brazos. Me dijo;
Esta es su hija, ha nacido a las cinco de la tarde, pesa tres kilos cien gramos
y ya no recuerdo lo que medía, porque ya solo tenía ojos para Gemma que era el nombre elegido si era niña.
No recuerdo cuanto tiempo la tuve n mis brazos antes de que
otra enfermera me la cogiera y la llevara a la nurserie. Si recuerdo que habían
personas que venían a ver los niños de la nurserie y que vieron a Gemma y
comentaban que era una niña muy guapa y
aunque yo pueda pecar de amor de padre, vosotros podréis juzgar por esta
foto.
A juliana no se la entregarían hasta el día siguiente y
lógicamente estuvo preguntando por ella toda la noche y no fueron pocos los
viajes que hice desde la habitación hasta la cristalera para ver a nuestra
hija.
No recuerdo tampoco la de veces que le tuve que prometer a
Juliana que la niña estaba bien, que no presentaba ninguna anomalía y que no le
faltaba ni sobraba nada de nada.
Con la llegada del nuevo día, yo fui a ver a la que sería su
pediatra Nuria Arcas y a ella le pedí que por favor fuera a ver a la niña y que
pidiera a las enfermeras que se la pasaran a su madre. Me consta que lo hizo de
inmediato y que abroncó a las enfermeras por no haberla llevado antes.
Saliendo de la pediatra compré un ramo de rosas para Juliana
y me fui con el coche hasta Castillonroy a recoger a mi suegra y traerla a
Barcelona para que viera a su nieta y cuidara de Juliana en los primeros días
post parto.
Así que nadie piense que me desentendía, al revés, las
circunstancias hicieron que quizá no estuviera tanto con mi hija como hubiera
deseado pero a cambio hice todo lo que estuvo en mis manos para conseguir que
tanto la madre como la niña estuvieran bien atendidas y no les faltase de nada.
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