Hola a tod@s:
A medida que he ido avanzando, me doy cuenta de que hay cosas que se dan por sentadas como si fueran de lo más normal, cuando en realidad, su consecución fue costosa.
Por ejemplo, parece de lo más normal que yo saliera y pasara noches fuera de casa siendo todavía un menor de edad, en un país donde la mayoría de edad aún no estaba en los dieciocho años sino en los veintiuno.
La verdad es que, en ese aspecto, fui afortunado. Supongo que se me consideraba lo suficientemente responsable como para permitir que yo pernoctara fuera.
Cuando yo tenía unos doce años más o menos, pedí a mis padres que me dejaran apuntar a los Boyscouts, pero alegando unas vagas excusas económicas y de otro cariz, no me dejaron inscribir. Para mí tampoco era una cuestión crucial, en todo caso me atraía el uniforme y las historias que contaban pero nada más.
Más adelante cuando ya plantee la cuestión de las excursiones, no era que lo vieran con mucha simpatía, pero tengo que suponer que siendo ya más mayor no se opusieron. La primera vez que hablé de dormir fuera, fue para pasar la semana santa de 1.972 en el Pedraforca. Las reticencias fueron muchas. La semana santa como ya he explicado, eran unas fechas de recogimiento, aunque el acceso de los españoles a la tenencia de vehículos hizo que se empezaran a trocar las visitas a las iglesias por los desplazamientos a los pueblos donde se combinaba la religión con el ocio.
Finalmente, me permitieron esas minivacaciones. También he de reflexionar sobre el hecho de que, a diferencia de lo que ocurre hoy en día en que se puede mantener el contacto casi de forma permanente gracias a la telefonía móvil, entonces era impensable y las comunicaciones telefónicas eran también sumamente complicadas con centralitas de clavijas y operadoras a las que tenías que solicitar una conferencia que podía tardar una, dos o más horas en dártela. Hoy en día esto nos parece imposible y en todo caso propio de países tercermundistas o en estado de guerra, pero estamos hablando de este país y de hace aún no medio siglo.
Pues bien, marché a esa excursión con mi amigo Francesc y alguien más aunque no recuerdo quien era.
Otro obstáculo era como llegar hasta los sitios careciendo de coche. En este caso tuvimos que tomar un tren hasta Berga, una vez allí un autocar hasta Guardiola de Berga y desde allí subir a pie hasta Saldes para lo que se tenían que caminar un buen grapado de kilómetros.
Pues bien, una vez allí un pueblo base para la ascensión a una de las míticas montañas de Cataluña, ya sea por sus numerosas vías de escalada, acceso caminando o por la fama esotérica que tiene, había que buscar alojamiento, teniendo en cuenta, como explicarlo, que el pueblo estaba abarrotado de excursionistas. Lo encontramos en un pajar de Can Minoves, que tuvimos que compartir con otro nutrido grupo de excursionistas. El habitáculo era una construcción hecha de madera, con unas paredes de tablones por los que se colaba el viento frío y la lluvia, que también la hubo y el suelo cubierto de paja. Para acceder a él se habían de subir unos escalones ya que estaba elevado sobre los establos ocupados por vacas.
En aquella época yo llevaba asido al cinturón un machete cuya hoja superaba los doce centímetros. Esto era algo habitual entre los excursionistas y yo había pasado con él a la vista por delante de alguna comisaría sin que en ningún momento me hubiesen dicho nada. No ocurrió lo mismo en Saldes. Cuando estaba circulando por el pueblo, se me acercaron dos excursionistas más mayores que yo para decirme que la Guardia Civil estaba requisando machetes. En eso estábamos y yo empezando a desabrochar el cinturón para quitármelo, cuando apareció la pareja de la Guardia Civil y me pidió que les entregase el machete, lo que yo hice sin protestar. Mientras esto pasaba , se habían concentrado ya unos veinte montañeros que empezaron a murmurar protestas más o menos airadas. Uno de los guardias me pidió el permiso de armas a lo que yo respondí que no lo tenía y que no sabía que para un machete se tuviera que disponer de un permiso de armas. Ya respondió este que se trataba de un arma de caza mayor y que para que lo quería. Yo que pasaba del acojone al mosqueo le replique que lo quería para cortar pan y embutido y que no me veía cazando elefantes con un machete.
A todo esto los murmullos se hicieron más audibles y ya eran comentarios claros sobre el abuso de poder que estaban ejerciendo, y otras lindezas que acabaron por enfadar decididamente a la los guardias que dieron por requisado el machete, que podría recoger cuando presentara la licencia de armas susodicha y bajo amenaza de detenerme por tenencia ilícita de armas si osaba protestar o la gente allí congregada no dejaba de protestar y se disolvía de inmediato.
Aunque se la ofrecí no quisieron la funda del machete que quedo colgada de mi cinturón como muestra de lo que acababa de pasar. La gente se disolvió, los guardias se marcharon y yo me quedé sin mi machete. Eso sí goce de un rato de gloría entre los montañeros pues la noticia corrió rápida y al verme por la calle se mostraban solidarios conmigo y contrarios a esas fuerzas ocupantes que abusando de su poder me habían arrebatado la citada arma.
Me he extendido porque he creído que era una anécdota simpática, aunque entonces no me lo pareció, y para ilustrar un poco como era aquella España de los setenta.
Una vez de vuelta a Barcelona llamé a la Jefatura de Policía y pregunté por el permiso de armas y me dijeron que así era pero también me reconocieron que era exagerado lo ocurrido pero que me recomendaban que lo dejara correr y diera por perdido el machete.
Yo no subí al Pedraforca, me acobardé la verdad aunque tampoco mentí como paso con el Aneto. No subí sin más pero me prometí a mí mismo que algún día lo haría, y lo cumplí. Cinco años más tarde lo coroné por primera vez y no sería la última.
Aquella fue la primera salida de más de un día y abrió el camino a muchas otras como ya se ha visto.
Había otra cuestión aún pendiente que anuncié y no he de dejar pasar. Justo nos habíamos trasladado al Guinardó, cuando en verano vinieron mis tíos los de Suiza a visitarnos, yo salí a pasear por el barrio con mi prima, y esta me explicó que tenía una amiga en Suiza a la que le había hablado de mí y que tenía muchas ganas de conocerme, etc. Un rollo muy tonto porque yo o me relacionaba con mi prima para nada, si acaso nos veíamos una vez al año un día o dos cuando ellos venían de vacaciones , por lo que no entendía lo que me explicaba aunque si lo entendí cuando me paso un papelito que supuestamente había escrito su amiga en francés y que yo identifiqué en seguida como escrito por mi prima de su puño y letra. No sé con qué intención, salvo la de reírse a mi costa, hizo lo del papelito. Yo le seguí el rollo hasta que al final ya cansado de tanta tontería, le dejé ir que ya sabía que el papel lo había escrito ella y que si quería algo más me lo dijera y si no que se buscase otro jueguecito más divertido.
No recuerdo haber visto más a mi prima y a su hermana que yo no conocía hasta el año 1.992 en que me llamaron, pero ya llegaremos a eso.
Antes del verano de 1.973 Teresa ya me había llevado a su casa y había conocido a sus padres y familia y empezó a ser habitual el que yo subiera cada domingo a la torre de Palau de Plegamans, al principio en el autobús de Sagalés.
También empezamos a programar las vacaciones de verano que serían a Ibiza. Mi primer viaje en barco y la perspectiva de estar con Teresa y otra pareja solos durante una semana o diez días.
Cada salida era un mundo. Como ya he explicado, por el transporte, por la intendencia -no había dinero- por coordinarse y acoplarse a otras personas, el tiempo meteorológico, la gestión del tiempo allí, que haríamos, que veríamos. En fin, como digo todo un mundo en el que no sabría decir si se disfrutaba más de los preparativos o del viaje en sí.
A los preparativos de las vacaciones se sumaba otro aspecto que podía condicionarlas o incluso anularlas y era la progresión de la enfermedad de mi padre. Aunque no se hubiera agravado mucho, lo cierto es que en cualquier momento podía dar un giro brutal.
Por lo demás, nuestra vida en casa seguía igual. Mis tíos nos visitaban con mi prima a la que antes de conocer a Teresa y cuando era una cría de dos o tres años solía llevar a mi habitación a ponerle discos de los que entonces escuchaba, Formula V, diablos, etc.
Una vez me volví excursionista, kumbaya y progre eso se acabó entre otras cosas porque además paraba poco en casa, entre el trabajo, el Instituto americano, las excursiones de allí y Teresa, no había tiempo para más.
Continuaré
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