domingo, 2 de marzo de 2014

EL BACHILLERATO





Hola a tod@s:

Así de esta guisa lucía cuando realicé la prueba del ingreso al Bachillerato, tenía 10 años cuando en junio me examiné  y aprobé como ya había explicado.

Una vez pasado el verano empecé las clases y aunque solo hubieran pasado tres meses desde dicho examen, parecía que hubiera pasado mucho más tiempo.  Ya podía mirar de soslayo a los niños de cursos inferiores porque yo ya había dejado de ser niño o eso pensaba yo.

Los veranos para mí eran difíciles. Casi todos los niños que yo conocía tenían un pueblo al que acudir. El pueblo de sus padres o de sus abuelos. Sin embargo yo no tenía donde ir. No había pueblo, mi abuela había toro el vínculo tanto con Sena como con Bujaraloz. Estaban sus dos hermanos en Madrid, pero no sé porque razones, tampoco los íbamos a ver, así que mis veranos, mis vacaciones eran una prolongación del resto de mis días, salvo porque no iba a clases.

A los once años cursando el primero de Bachiller ya empezábamos a mirar a las niñas con ojos menos desdeñosos.  Ya no eran aquellos seres cursis que jugaban a muñecas o a las cuerdas o la comba en la calle. Ahora las empezábamos a mirar de otra forma, también ellas empezaban a comportarse de forma diferente. Empezaban las miradas, las risitas y los cuchicheos y por nuestra parte empezaban los alardes, y las chulerías aunque siempre habían mayores que en un abrir y cerrar de ojos nos dejaban en ridículo.

El curso por lo demás era fuerte pero soportable y confiado en que todo saldría bien, empecé a relajarme en el estudio. El resultado fueron dos magníficos suspensos en la convocatoria de junio, Geografía e Historia y Matemáticas, dos asignaturas que yo dominaba a la perfección, pero los nervios, o la falta de concentración me hicieron esa mala jugada. El resto de las asignaturas las pase con un cinco pelado.

El resultado no fue otro que el tener que acceder a clases de verano, clases que tampoco sirvieron de mucho ya que en setiembre volví a  suspender matemáticas y aun las habría de suspender una vez más en el mes junio siguiente. Las aprobaría con un notable alto en setiembre.

Ni que decir tiene que me llevé más de una bronca y más de un castigo, pero por los resultados que se dieron en segundo de Bachiller, no parece que me afectaran mucho. No habiendo aprobado las matemáticas de primero, no pude presentarme a las de segundo a lo que hay que añadir otro suspenso en francés y en educación física.

Pero volvamos al primer curso. La academia Quilez no disponía como los institutos u otras academias más grandes de gimnasio propio, así que las clases de educación física se hacían en un gimnasio llamdo Podium que se ubicaba en la calle Córcega casi esquina a Cerdeña. Este tampoco era un gimnasio modélico y la cuerda que debíamos trepar se encontraba en una terraza de forma que cuando llegabas arriba de la cuerda veías toda la calle con el riesgo de que sufrieras vértigo. Además muy cerca de las cuerdas había unas bombonas de butano con lo cual se corría el riesgo de resbalar de la cuerda y golpearte contra las bombonas.

Yo me quejé a mi padre, y él visitó como si fuera un particular que quisiera apuntarse, las instalaciones del gimnasio y comprobó que yo no mentía, así que habló con la Dirección de la academia y me dispensaron de ir al gimnasio para mi gozo, pues a mi eso de saltar el potro y el plinton no me gustaba nada en absoluto. Además las dos horas de la gimnasia, las pasaba en la clase de comercio donde estaban todas las chicas por lo que tenía más tiempo para tontear con el resultado que ya he explicado.

Y además como la alegria dura poco en casa del pobre, mi padre me apunto a otro gimnasio, este si mucho más grande y con mejores instalaciones.  Era el gimnasio Marín y estaba en Mallorca esquina a Castillejos justo en la acera opuesta al cine Versalles. Al principio iba muy bien, me dedicaba a hacer únicamente las clases de gimnasia sueca y cuando el profesor Pané, pasaba a hacer aparatos yo me escaqueaba a los vestuarios.  Además como en Junio aprobé la educación física  haciendo las tablas de Gimnasia, el salto de longitud y el salto de altura, pues todo fue miel sobre hojuelas.  Encima los sábados `por la tarde me iba al gimnasio y subía al terrado donde debidamente cubierto por una red estaba el frontón y una cama elástica en la que pasaba las horas.

Ese cursó me fije en una chica que para mi era muy mayor y ahora que la recuerdo debía tener trece o catorce años.  Recuerdo que la venía a buscar cada día su madre por lo que era imposible abordarla, aunque dudo mucho que me hubiera prestado demasiada atención.  Las iniciales de su nombre y apellidos eran MDRR, María Dolores Ramón Raimundí y vivía en la calle Industria entre Dos de Mayo e Indpendencia, en un pasaje particular. Eso lo sé porque un día me escapé de la escuela para seguirla a ella y a su madre, toda una heroicidad por mi parte, que acabo muy mal, porque me encontré con el sobrino de mi futura tía, un niño un año mayor que yo y que siempre me cayó muy mal. Al verme me paro y me saludó y yo fui tan torpe que no supe muy bien que decir y acabe pidiendo que no le dijera a nadie que me había visto.  Inocente de mí.  Le faltó tiempo para explicarlo y mi futura tía a mi tío y este a mi abuela y madre y me cayó la del pulpo, así que si el niño me caía mal, a partir de entonces se me atragantó para los restos.

Estando ya en segundo de Bachiller, empecé a fijar mis ojitos en una niña rubia, pero esa es otra historia que continuare........

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