martes, 25 de marzo de 2014

EL CAMPING

Hola a tod@s:

Aquella noche tenía cierto temor porque el año anterior había sido engatusado por Armet que se puso en contacto conmigo. Este hombre se había integrado en un partido llamado Nacionalistes d’Esquerres. Como toda nueva formación carecían de fondos e idearon un sistema triangular en el que uno de sus miembros pedía un crédito personal con el aval de los otros dos y así hasta completar tres préstamos. Cada integrante avalaba a los otros dos.

Yo no pedí un préstamo pero sí avalé a otros dos integrantes, con tan mala fortuna que una de ellas resulto ser morosa y un día me vi sorprendido por una carta requiriéndome a que cumpliese con mi obligación de avalista. Me costó muchísimo conseguir evitar el pago de cantidad alguna aunque finalmente lo conseguí, pero mi nombre constaba en papeles por avalar una formación independentista y con un golpe de la extrema derecha no era algo como para no preocuparse.

Tras este episodio ya no volvería a tener más contacto con Armet  ni con otros miembros de esa formación como Magda Oranich que también me había propuesto algún plan con los seguros de los militantes pero en el que no quise ni tan solo escucharlos.

También acabó ahí cualquier idea de carácter independentista. Me fui moderando y hoy me siento español, un español afortunado por haber nacido en un lugar con idioma propio y poder dominar ambos idiomas perfectamente. No me gustan los visionarios y hoy hay muchos de esos.

Tras la resolución de la intentona golpista, y vuelta ya la normalidad a nuestras vidas cuotidianas pudimos empezar a disfrutar del coche nuevo, aunque lo cierto es que no habían muchas diferencias con el anterior.
En esos meses Juliana quedó embarazada pero la gestación se malogró enseguida tanto que ni siquiera habíamos podido comunicarlo a las familias.

Mi abuela, por otro lado, y tras haber sufrido una caída, cuando aún yo estaba soltero y de la que me siento responsable ya que tropezó con mi pie y cayo golpeándose el vientre, acabó derivando meses más tarde en una intervención quirúrgica en el Hospital de San Pablo de triste recuerdo para mí, y de donde sería trasladada a un centro de paliativos en Sant Boi de Llobregat, donde falleció.

Durante el periodo que medió entre la caída y su fallecimiento, entró en un proceso de demencia senil que la convirtió prácticamente en una niña rebelde. Su dieta por la diabetes y por su ya manifiesta carencia de ganas de hacer nada, se ceñía a comer de forma repetitiva platos de guisantes sin que hubiera mucha variación en su menú. Alguna que otra manzana al horno era su única excepción.

Por otro lado su actividad física se limitaba a las salidas a cobrar su pensión y que lo hacía casi siempre acompañada por mí y eso me trae a la memoria un episodio que sucedió el día tres de noviembre de 1.979 justo veinticuatro horas antes de mi boda.

Yo ese día, sábado,  lo tenía muy complicado con los últimos preparativos de la boda como ir a cortarme el pelo, ropa, pero sobretodo porque tenía que recoger las alianzas y también debía acompañar a mi abuela a cobrar su pensión. La oficina bancaria estaba en la Avenida Virgen de Montserrat y para quien no conozca esos barrios, explicaré que el barrio del Guinardó se edificó sobre una montaña por lo que sus calles tienen una fuerte pendiente que causan fatiga  no solo a las personas mayores sino incluso a los jóvenes.

Mi abuela con setenta y cinco años no tenía una movilidad excelente por lo que se sentía más segura si podía ir del brazo de alguien. En aquella ocasión, yo aparqué en una calle muy próxima y bajé del coche, le abrí la puerta y tras ayudarla a salir cerré la puerta  y en ese momento el freno de mano falló y estando las ruedas del vehículo mirando hacia afuera inició un trayecto que lo llevó a golpear un vehículo levemente, subirse encima de la acera y acabar parando contra un mármol de una carnicería. Tuve mucha suerte porque en ese mármol que por la pendiente de la calle servía de banco, solían sentarse los niños mientras sus madres compraban en la tienda.  En ese momento se me agolparon muchas cosas, el papeleo del parte de siniestro, acompañar a mi abuela al banco y tener que cruzar la ciudad para recoger las alianzas siendo ya bastante tarde.

A la propietaria del vehículo le dejé una tarjeta con mis datos, pidiéndole mil disculpas, acompañe a mi abuela que se había quedado bastante impresionada y llegué a la joyería cuando ya casi estaban cerrando sus puertas.

Luego por la tarde con mucha más calma telefoneé a la afectada y acabé de darle mis datos indicándole de nuevo que trabajaba en una compañía de seguros y que no iba a tener ningún problema.
Volviendo al momento de la entrada, tras ese aborto, llegó la semana santa y decidimos ir a un camping en una población de costa muy cercana a Barcelona: Pineda de Mar. La elección de ese lugar fue porque allí tenía puesta una caravana el panadero que trabajaba con Juliana.

La verdad es que lo pasamos bien con esa familia compuesta por el matrimonio, dos hijos un niño de unos doce años y una chica de unos quince o dieciséis  y los padres de la mujer del panadero. Tanto que decidimos que plantaríamos allí la tienda durante toda la temporada de verano. No obstante teníamos que comprar primero una tienda algo más grande que la canadiense de dos o tres plazas que disponíamos y por eso, pasadas las mini vacaciones de semana santa, nos desplazamos a Andorra con la intención de ver una tienda que nos permitiera pasar esa temporada con un mínimo de comodidad.

La suerte esta vez nos favoreció con una pareja de jubilados holandeses que habían puesto su tienda en venta en el mismo camping en el que estábamos. Se trataba de una tienda chalet, muy bien conservada con un dormitorio amplio en el que podían dormir hasta cuatro personas y una zona donde poder poner mesa y sillas y un avance en el que poder estar descansando.

El único inconveniente de aquella tienda era su volumen y su peso aproximadamente unos cincuenta quilos, pero todo ello no fue obstáculo para que nos hiciéramos con ella por el precio que nos pidieron y que era muy inferior al de una tienda nueva en Andorra y casi regalada comparada con los precios de España.
Esa pareja de jubilados me dijeron que me parecía mucho a un dirigente de Herri Batasuna, lo cual no es que me hiciera mucha gracia por las connotaciones políticas que ello tenía. Tras abonar el importe acordado me entregaron la tienda con un aporte extra de clavos fabricados por el hombre que había sido ferroviario, un kit de reparación por si se rompía la lona y un colchón hinchable de matrimonio que tenía que ser hinchado cada día por la noche, para que fuera perdiendo poco a poco el aire hasta encontrarte casi sobre el suelo al despertar por las mañanas.

Disponiendo ya de tienda, negociamos y nos permitieron que pudiéramos ubicar la tienda a mediados de Mayo sin haber de esperar al inicio de temporada en 15 de Junio.

Aquello nos creó una nueva dependencia, la de ir cada semana al camping para amortizar el coste de la temporada. Por otra parte empezamos a intentar dotar aquella estructura de comodidades. Compramos un armario desmontable para poder colocar ropa, otro artilugio para los artículos de baño, mesa, sillas, otra mesa para la cocina, cocina y también hice un cuadro eléctrico rudimentario para disponer de corriente dentro de la tienda.  Nonos dábamos cuenta pero semana tras semana íbamos acumulando objetos y cosas. Solo el día que desmontamos todo, nos dimos cuenta de la cantidad de objetos que habíamos llevado y que de hecho ya no nos servirían más.

Juliana cumple años en día uno de Agosto y ese año pensé que un regalo que le podría hacer ilusión sería viajar hasta París, para ello hablé y convencí al panadero para que él y su mujer que estaba embarazada del tercer hijo, nos acompañaran en ese viaje, de esa forma el coste sería más barato para todos y podríamos turnarnos en la conducción del coche para que no fuera tan pesado el viaje.

El día previsto de salir fue el 31 de julio, viernes por la tarde y la excusa fue el ir a pasar el fin de semana a una playa de la costa Brava.  Salimos ya avanzada la tarde y paramos para cenar en la Junquera. Al reanudar el viaje cogió el coche Jesús que así se llamaba el panadero y yo me dispuse a dormir coa que conseguí, pero cual sería mi sorpresa cuando desperté por los bandazos del coche y que no era otra cosa que los movimientos por el fuerte viento reinante en el aparcamiento dónde Jesús solo una hora después de haber tomado la conducción del coche, se había detenido porque tenía sueño.

Desde aquel momento yo volví a conducir el coche hasta París y lo mismo hice a la vuelta.

Paramos a primera hora de la mañana en Lyon y llegábamos a primera hora de la tarde a París, baldados por el viaje ya que la comodidad de ese  coche no era una de sus cualidades precisamente.


Continuare…

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