Poco a poco, entre tablas de multiplicar, los rios de España, la religión y otras asignaturas iba creciendo. El problema de mis anginas se solventó mediante la extirpación de mis amígdalas y de las vegetaciones. De esa intervención recuerdo, además de los "cirios" más grandes que podamos imaginar antes de que me hicieran una extracción de sangre, a un señor con bata blanca y una cinta en la cabeza con un disco dorado con un agujerito en el medio y como ese círculo se acercaba y se alejaba y unos zumbidos fuertes en los oídos.
Luego envuelto en toallas para atajar la sangre que sacaba por la boca, en un taxi supongo y para casa donde me atiborraron de cosas frías.
También recuerdo de haber sufrido el sarampión, y como me tenían metido en la habitación con un papel rojo envolviendo la luz y eso si que no he sabido que utilidad tenía, para mí que eran cosas de viejas, o la comezón de las placas de la varicela y es que menos las paperas, creo que contraje todas las enfermedades infantiles conocidas.
Durante ese periodo también sucedió algo que podía haber tenido fatales consecuencias para mí. En aquellos años la penicilina se recetaba por miles de unidades y ocurrió que si me tenían que dar 10.000 unidades me dieron 100.000 unidades, no sé si por error del médico o del farmacéutico. Las consecuencias de aquel error, me produjeron en primer lugar una parálisis de la mitad inferior de mi cuerpo y entrar en un estado de coma, según explicaron después mis padres y aunque tal vez exageraran, yo solo recuerdo que entró un señor en la habitación que me pedía que levantara las piernas y que yo no podía. Después me dijeron que me iban a inyectar algo y que ya nunca más me volverían a inyectar, penicilina y estreptomicina, se entiende, y que debía avisar siempre que su administración podía causarme la muerte.
Ahora ya de mayor y quitando hierro al tema, me imagino que mi cuerpo debe tener tanta penicilina como brebaje tiene Obelix.
La situación en casa mejoró un poco con un cambio de trabajo que hizo mi padre. Dejó las artes gráficas Sirvent para pasar a trabajar en Poster, S.L. una empresa relativamente joven ubicada en la calle Mallorca y que nada tenía a ver con Poster, S.A. que se dedicaba a las vallas publicitarias.
Mi madre también algo mejorada empezó a buscar trabajo y empezó a hacer de demostradora, que es lo que hacen esas mujeres, acostumbran a ser siempre mujeres, en los supermercados promocionando productos de tal o cual marca. El acceso de mi madre al mercado laboral tuvo unas consecuencias inesperadas.
Si bien económicamente mejoramos, mi padre nunca vió con buenos ojos que mi madre tomara esa dosis de independencia, era como si el hubiera perdido parte de su hombría como si fueran a decir de él que no era capaz de mantener a su familia, y eso a pesar de que su hermano, mi tío Rafael y su mujer que habían emigrado a suiza, no le hablaran de como en ese país la mujer era igual en todo al hombre. pero aún con todo mi padre no tragaba y me quedo grabada en la mente una terrible discusión a gritos en la que mi padre poco le falto para calificar de puta a mi madre por el hecho de trabajar y regresar tras el cierre de las tiendas lo que suponía llegar sobre las nueve de la tarde a casa.
Desde aquel día la relación entre ellos de mis padres quedo prácticamente rota y no volvieron a acercarse hasta escasos meses antes de la muerte de mi padre. Y yo tal vez por eso de que los niños tiran más hacia las madres empecé a tomarle manía a mi padre y no fue hasta bastantes años después de su muerte que no empecé a entender lo que mi padre apreciaba a su familia aunque no supiera expresarlo y como las influencias del entorno familiar, de su familia y laboral le jugaron muy malas pasadas.
Pero no todo era negativo. El aumento de ingresos permitió alcanzar uno de los viejos sueños de mi padre, tener un coche. Un renault Dauphine de segunda mano B260662 esa era la matrícula. Era de color blanco y se pasó varias noches circulando con él aprovechando que no había tránsito, para ponerse al día en la conducción.
La familia al completo lo estrenamos un domingo que intentamos ir a Santa Cristina y acabamos en Santa Cristina de Aro tras pasar las curvas de Tossa a Sant Feliu de Guixols más conocidas entonces como las curvas de la muerte y que según decían eran 365 curvas, tantas como días tiene el año. Ocurrió además que habiéndo equivocado la carretera, mi padre retrocedió hasta Malgrat y se dispuso a cruzar la carretera y viendo venir un coche con el intermitente derecho puesto, mi padre inició la marcha, pero el otro vehículo no giró y continuó recto lo que hizo que ambos tuvieran un encontronazo con el consiguiente disgusto para mi padre.
El resto del viaje curvas incluidas lo hicimos en un casi absoluto silencio.
Aquel renault fue de las pocas cosas que vi que ilusionaran a mi padre y lo cuidaba, limpiaba y mimaba como si fuera un tesoro.
seguire....
No hay comentarios:
Publicar un comentario