Hola a tod@s:
No he sabido ubicar en el tiempo muy bien cuando fue mi comunión pero yo calculo que debió ser cerca de los nueve años.
Por entonces yo ya iba y venía solo del colegio. Era un trayecto corto aunque debía cruzar tres calles, Provenza que en aquellos años y en aquel cruce con padilla, apenas tenía tránsito, Mallorca que si era transitada y la propia calle Padilla que tampoco representaba gran peligro.
De hecho el peligro erámos nosotros cuando mis compañeros de colegio y yo cuando íbamos juntos.
En ese trayecto, teníamos en la esquina de Provenza una tienda de loza, cacharrería, una tienda de lanas y labores y ya en la calle padilla, había un bar, una tienda de juguetes que se llamaba Maricarlos, un horno de pan, un taller de reparación de aparatos de radio y aunque debía haber más yo no las recuerdo.
Esas si las recuerdo por diferentes motivos, el bar porque de más mayor entraría muchas veces para jugar al pinball o al millón como se les llamaba, la juguetería porque obviamente tenía cosas que me o nos llamaban la atención, el horno porque de más pequeño a veces me compraban bastones de pan y la casa de reparación de aparatos de radio porque exponía unos imanes que me traían loco.
Más abajo estaba la sede de la Gallina Blanca y en la esquina de Mallorca la entrada a dicha sede y una pescadería, nada importante para mí. Y en la otra esquina había una editorial, nada importante, lo único la fuente que ya había citado y a la que ya tenía acceso. No sé si la editorial llegó a tener nunca humedades en las paredes porque día sí y día también se mojaban las paredes de la fachada, El juego era muy simple, poner la palma de la mano bajo el grifo apretarlo y como si fuera un aspersor dirigirlo hacia un lado o hacia otro y según la presión conseguir que llegara más lejos o más cerca. Más de una vez y más de dos recibimos regañinas de personas que pasaban por la calle y que por poco no recibían un remojón.
En esa época ya empezaba a ser utilizado por mi abuela para irle a comprar pequeñas cosas, aceite, vinagre, hielo. Ahora nosotros cuando decimos comprar hielo nos referimos a comprar cubitos, pero entonces como ya comenté de pasada en una entrada anterior, el hielo se compraba en bloques más o menos grandes dependiendo del tiempo que tenía que durar si era de un día para otro con dos pesetas de hielo había bastante si era para el fin de semana habían de ser tres pesetas. Esos bloques se ponían en un lugar que las neveras tenían hecho expresamente y mantenían fresca la comida. Si en verano se quería disfrutar de agua u otra bebida fresca se ponían junto al bloque de hielo y así se contaba con bebida fría o casi helada. La peculiaridad de esas neveras era que se tenía que estar muy pendientes del agua del deshielo ya que si se rebosaba, acababa cayendo encima de los alimentos y saliendo por los bajos de la nevera mojando todo el suelo.
Además por tratarse de hielo industrial, contenía salfuman y por lo tanto la comida mojada con este líquido de deshielo ya no era apta para el consumo. No fueron pocas las veces en que el agua se salió de la nevera y aunque no afectase a la comida provocaba el enojo de mi abuela.
Como decía yo iba a comprar el hielo y lo hacía primero en cubos de esos redondos pero el hielo acababa rajando el plástico así que algún empresario avispado pronto lanzó cubos cuadrados en los que encajaba perfectamente el bloque que venía a pesar unos dos o tres quilos.
Otro producto que compraba era el vinagre que se compraba a granel y yo lo iba a buscar en una botella de aromas de Montserrat que tenía ese menester. De vuela a casa, solía beber algún traguito de vinagre que me encantaba. Aún hoy el solo recuerdo del olor y el gusto me produce salivera. Obviamente eso se notaba y siempre recibía la advertencia de que no debía beber vinagre porque se comía la sangre.
En estos tiempos también aprendí, más o menos de forma simultánea al sistema métrico decimal y las unidades de peso, las equivalencias de las onzas y las libras, sobre todo de estas últimas. Una tarde mi abuela me envió a la tocinería a comprar chorizo, ella quería tres onzas o lo que es lo mismo 100 gramos pero como yo estaba por todo menos por lo que tenía que estar, ni corto ni perezoso, le pedí al dependiente tres libras o lo que es igual 1kilo 200 gramos.
El tocinero que me conocía y conocía a mi abuela, me pregunto si estaba seguro de lo que le pedía, a lo que yo muy serio asentí y dije que sí, pero cuando me dio el paquete y yo vi que no me llegaba el dinero, empecé a dudar y cuando mi abuela vio el paquete y supo el precio que debía pagar, le dio un pasmo y a mí casi me atiza un bofetón. La pobre mujer tuvo que ir corriendo a la tocinería y no recuerdo si le devolvieron el dinero o llegaron a algún arreglo ya que el chorizo estaba ya cortado a lonchas.
De esas compras siempre sacaba tajada porque a cambio del servicio me daban alguna moneda que luego servía para jugar al parchís pues era rara la tarde que no disputaba unas cuantas paridas a mi abuela que a veces ganaba yo, supongo que más porque se dejaba ganar que por mérito propio y otras ganaba ella son mi consiguiente enfado por ver disminuir mi capital que luego invertía en pipas o aceitunas arbequinas o si ganaba bastante para la entrada del cine. Cuando yo me enfadaba siempre me recordaba esta frase: En la mesa y en el juego se conoce al caballero, para continuar amenazándome con no volver a jugar si continuaba enfadado.
Poco a poco, fui ampliando mis horizontes ya que empezaron a encargarme el ir a buscar agua a una fuente que se ubicaba en la calle Marina esquina a Valencia y tenía que ser esa porque decían que era agua de mina. Iba a buscar una garrafa de cinco litros y siempre encontraba algún amigo que me ayudara a compartir el peso.
En uno de esos viajes encontré una medalla de oro que creo que aún tengo en casa. Fue todo un acontecimiento. También me aficioné a comprar minerales y de ahí proviene una colección de minerales que guardaba en una caja verde que durante muchos años estuvo en un cajón de mi dormitorio de soltero y que al morir Isidro, mi padrastro, regalé a mi yerno para que la pasara a mi nieto.
También frecuentaba un quiosco en la calle Lepanto donde se podían cambiar cromos de las colecciones de moda en aquel momento. Yo cambiaba, pero también hurtaba algunos cromos cuando el quiosquero no miraba.
No solía hacer muchas colecciones, no había dinero para tanto, pero recuerdo que hice una que se llamaba Vida y Color, otra que era de banderas, escudo, mapa y moneda de todos los países del mundo y otra de coches. Cuando hacía alguna colección mi padre se acercaba conmigo algún domingo al mercado San Antonio y tratábamos de completar la colección.
También por esa época los caramelos darlings que hacían la competencia a los recién aparecidos sugus, regalaban una marioneta a quien aportara la frase creo recordar especialidades mauri, para ello cada caramelo en su envoltorio interior llevaba una letra. Recuerdo que se comieron muchos caramelos darlings en casa pero nunca pudimos completar la frase, a pesar del enojo que pilló mi abuela con el del colmado porque según ella debía saber dónde estaba la letra que siempre fallaba, la u y a pesar de ser clienta de toda la vida, no quiso dársela sabiendo que la marioneta era para mí.
Continuare....
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