jueves, 27 de febrero de 2014

ESCUELA Y RECREO

Hola a tod@s:

Sigo explicando cómo era la vida de esos años  en que dejaba la  estricta niñez para pasar a lo que se denominaba la edad del pavo.

Hubo no obstante un verano debió ser sobre los siete u ocho años que hubieron muchos días que mi abuela y yo íbamos al tibidabo. Entonces no había que pagar para ir al recinto de las atracciones, así que una vez allí, mi abuela buscaba un banco donde sentarse a leer sus novelas de amor y yo me iba arriba y abajo por las atracciones mirando más que subiendo o iba a los columpios y así hasta la hora de la comida. Entonces buscábamos alguna mesa de esas que se llamaban de pic-nic y comíamos lo que ella hubiera traído. Luego a media tarde nos volvíamos para casa.

Volviendo aún la vista a años anteriores, diré que habiendo cumplido ya los cuatro años, me trasladé a dormir a la misma habitación que mi abuela. Eran las épocas de los miedos, miedo a la oscuridad del largo pasillo del piso de la calle Padilla, miedo a quedarme solo, muchos miedos, pero también fue tiempo de rayar la pared de mi izquierda contra la que dormía en la habitación con mis uñas y llegarme a comer el yeso hasta llegar en algún punto a ver el ladrillo. Bueno otros niños se comían las gomas de borrar y yo hacía esas guarradas. En esa época yo le pedía a mi abuela que no se durmiera hasta que yo no lo hubiera hecho. Ella aguantaba de buen principio pues tenía por costumbre recordar a su difuntos rezándoles, pero una vez acabado esto, la pobre mujer cansada de todo el día, se rendía al sueño y yo que estaba vigilante, la chistaba hasta que se despertaba para decirle que se había dormido antes que yo y que aquel no era el trato.

Eso, como es fácil comprender, se puede tolerar una o dos veces pero cuando te lo hacen tres o cuatro veces, pues era una jugada y más de una noche se había desvelado poniéndose a leer una de sus novelas para acabar poco después con la novela encima de la nariz y las gafas, que yo lo vi.

La habitación no daba más que para dos camitas pequeñas, una mesita de noche minúscula que reposaba sobre dos escarpias y un solo pie y un armario, el mismo que después quedaría en la casa del Guinardó.

Fue también tiempo que con poco más de cuatro años, un día mi madre me llevo al parque de la ciudadela, pero no al zoo sino al parque y allí estaba  yo subiéndome al tobogán todo feliz, cuando en una de esas bajadas, deje de ver a mi madre y me despiste. Total un matrimonio me retuvo, mientras mi madre me andaba buscando llorando, y gritando mi nombre hasta que me encontró. A partir de ahí la sobreprotección a la que estaba sometido subió unos cuantos grados más.

Pero volvamos al presente de mis ocho o nueve años.

Sobre los ocho años descubrí o me descubrieron porque ya no se podía sostener de otra forma que los reyes no existían y que eran los padres.  Ese año desapareciendo parcialmente los juguetes, me compraron un anorak de color azul oscuro.  Fuimos a comprarlo a los almacenes Padilla, una tienda muy grande de ropa que había un poco más arriba de la escuela.

Estaba yo tan tranquilo y contento probándome el anorak cuando el dependiente tiro fuerte de la cremallera hacia arriba con tan mala fortuna que me pilló el labio superior provocándome un gran dolor y desatando la histeria de mi madre que se puso a gritar de tal manera y nombrando la sangre que yo me desmayé. El anorak me lo compraron pero prometieron que no pisarían la tienda nunca más, a mí la mordedura de la cremallera no me dejó señal y pasado un día ya ni me acordaba.

En los estudios yo era un niño muy aplicado con muy buenas notas.  La Institución Quilez, segmentaba los cursos de la siguiente manera:  Maternal, Parvulario, Elemental, Medio, Superior, Ingreso y luego el Bachillerato Elemental y Superior con sus correspondientes reválidas o Comercio que era lo que hacín la mayoría de ls chicas.. Esta academia, institución o escuela, llámese como se quiera, era avanzada en cuanto las clases eran mixtas, algo poco al uso en aquellos tiempos.. 

En esa escuela habían buenos profesores y mediocres supongo que como en todas. Recuerdo con cariño a Don Aurelio Villasante, un profesor burgalés bajito y medio calvo que era el más veterano y quizás por ello hiciera muchas veces de Director. Otro profesor que recuerdo con cariño fue el Sr. Frias, un hombre muy serio que daba, hablo ya de los cursos de Bachillerato, latín y Física y Química y este profesor jamás ponía un diez, decía para que no se relajaran los alumnos. Otros profesores como el Sr. Díaz  pasaron sin pena ni gloria. No ocurrió lo mismo con el Sr. Royo, un alférez falangista que disfrutaba dando capones en la cabeza de los niños al chascarrillo de cocos de la habana que se comen sin ganas.  Esto en una escuela que también al contrario de otras escuelas estaba prohibido hizo que no durara mucho tiempo y que lo despidieran lo que pudo haberle costado muy caro al Sr. Quilez.  Había también profesoras y la que recuerdo ya de mayor era la Sra. Cid mujer con cara de pocos amigos que tenía parentesco con un domador que empezaba llamado Angel Cristo.

La prueba de Ingreso al bachillerato elemental se hacía a los nueve años y debía hacerse en un Instituto oficial. Para ello, nos matriculaban por libre y la prueba consistía en un examen escrito compuesto de preguntas que se debían responder de todas las materias y un dictado en el que no se podían cometer más de tres faltas de ortografía.  Superado esa parte venía un examen oral en el que tres examinadores sometían a diferentes preguntas a los examinandos.
Supere el examen de ingreso con un nueve y como premio en casa me regalaron, bueno fue más bien mi abuela, unos prismáticos, que aún hoy casi cincuenta años después conservo en mi poder.

Con mi entrada en el Bachillerato, fui asumiendo más parcelas de libertad y nuevas responsabilidades.

Mis paseos ya no eran alrededor de mi casa o dos travesías más allá. Ya me alejaba hasta la calle Dos de Mayo o Independencia que eran tres o cuatro manzanas más lejos o la pLaza de la Sagrada Familia por el otro lado e incluso hasta el Paseo San Juan siete calles más lejos de casa.

Y ya con diez u once años empezó mi afición a las máquinas Pinball o del millón que ya he citado en otra entrada. El gasto de mi dinero ya no era en pipas sino en esas máquinas. A menudo entrábamos en los bares y mirábamos embobados como los mayores se contorneaban ante esas máquinas tratando de conseguir partidas gratis si superaban ciertas puntuaciones. También era usual que estos jugadores, bien porque debían ir a su casa bien porque se cansaban de jugar, como muestra de agradecimiento a tan entregados fans, nos dejaban algunas partidas para jugar. Entonces empezaba la disputa a ver quien jugaba y a veces jugábamos a dos manos incluso. Cuando yo jugaba me lo tomaba muy en serio y me cabreaba mucho que me movieran el tablero, pues esas máquinas llevaban en su interior un péndulo rodeado por un aro ambos metálicos y si se movía mucho la máquina el péndulo tocaba al aro y automáticamente se perdía la partida. Pues bien hubo muchas veces que movían la máquina y yo me cabreaba tanto que le pegaba un empujón y allí se acababa la partida.

Fue tal el vicio que alcancé con esas máquinas que un día perdí la noción del tiempo y solo la recuperé cuando alguien me retorció la oreja y me estiró hacia afuera del bar. Ese alguien no era otra que mi abuela que sufriendo por la hora que era del mediodía y yo sin aparecer por casa salió a buscarme y se enfureció tanto al verme tan contento dentro del bar jugando a la máquina que no pudo contenerse.  Fue la única vez que yo recuerde que me puso la mano encima. Luego vino la prohibición de volver a jugar, prohibición que obviamente no respeté aunque si me guardé de estar siempre a la hora en casa.

Teniendo yo ya esos once años más o menos, empecé a patinar sobre ruedas. Los patines fueron un regalo de santo o cumpleaños, eran unos patines de cuatro ruedas de madera y el cuerpo de los patines de hierro. Fue tanto lo que llegué a patinar que las ruedas con un grueso de unos dos centímetros  llegaron a un par de milímetros de espesor.  Me hice experto mecánico en patines y cambiaba los cojinetes  que acababan perdiendo bolitas, engrasaba las ruedas, etc.

Había una tienda de artículos de piel en la calle valencia esquina a Marina que se llamaba Losada que vendía, no sé por qué razón toda suerte de ruedas, cojinetes, tornillería, frenos ect. de los patines. También vendían stiks de Hockey y pelotas para este deporte aunque insisto que se trataba de una tienda de bolsos y maletas.

Para patinar acudía a la plaza Sagrada Familia, donde había y creo que aún está una pista para patinar, era de una forma casi oval aunque la parte que daba a la calle Mallorca era recta. La pista disponía de era de cemento con una barandilla metálica y un zócalo también de hierro para evitar que los patinadores pudieran salirse de la pista. Se circulaba en sentido contrario a las agujas del reloj y en el centro se acostumbraba a dejar las bolsas en las que se guardaban los patines.

Esta pista solía estar frecuentada por niñ@s cuyas edades podían oscilar entre los seis a los catorce o quince años y por mediadas debía hacer unos treinta metros de largo por unos quince de ancho y por la parte inferior la de la calle Mallorca debía haber un desnivel respecto del suelo de la plaza de unos sesenta centímetros.

Continuare……….

2 comentarios:

  1. Gracias, aun recuerdo al señor Villasante al que saludabamos inclinando lb cabeza y decíamos, buenos días señor profesor, gracias

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