Hola a tod@s:
Lo bueno o lo malo de ir escribiendo y publicando sobre la marcha, es que te dejas cosas en el tintero y que otras veces recuerdas,cuando ya has publicado la entrada, cosas que sucedieron antes y no habías pescrito o anécdotas que ya no recordabas.
Esto me ocurre ahora. Me ha venido a la memoria, que cuando debía tener cinco o seis años, mi abuela me llevó con ella de viaje a Madrid. Allí nos alojamos en casa de mi tío abuelo Cesar y de su mujer Teo. Esta pareja tenían una hija por lo tanto prima hermana de mi madre y prima segunda mía que se llamaba Maruja.
Recordemos que mi tío abuelo Cesar había abandonado el seminario y se convirtió durante la guerra en comisario político, era pues un rojo que además salvó su vida en un campo de concentración gracias al ajedrez y a su habilidad para tallar. Parece ser que estando en ese campo, y estando destinado a las cocinas, le dio por tallar figuras del ajedrez con unas patatas y lo descubrió un mando del campo que era otro aficionado al ajedrez como él. Así que a pesar de las diferencias ideológicas, trabaron amistad y eso le salvó de morir fusilado.
Bueno pues azares del destino, su hija Maruja que se licenció como maestra, acabó casada con un capitán del ejército que para cuando yo hice el servicio militar era ya comandante, así que hoy debe ser coronel o general.
Como decía. mi abuela y yo dormíamos en aquella casa en la Glorieta Beata Ana María de Jesús. De aquel viaje recuerdo muchas cosas. Recuerdo que bajábamos a cenar a una terraza de un bar que había frente a la casa donde estábamos y como si se tratase de un aula al aire libre, la gente cenaba encarados y embobados ante un televisor ubicado al fondo de la terraza.
Recuerdo también que mis tíos abuelos tenían un periquito que hablaba y he de decir que ha sido el único periquito que he oído hablar. Tú le ponía un dedo y el venía te iba picando flojito el dedo y te soltaba todo su vocabulario que era, además, bastante extenso.
También me viene a la memoria que me compraron una linterna en forma de perro salchicha que tenía la luz en la boca y el pulsador para encender y apagar en el culo del perro y para mi era como un tesoro.
Mis tíos tenían unos vecinos que tenían una hija que debía ser de mi edad y con la que se empeñaban en que tenía que jugar y que fuera mi "novia" se llamaba, aun recuerdo Lucy y francamentre a mi ni fu ni fa.
También, obviamente, nos veíamos con mi otra tía abuela Jacinta, de gran parecido con mi abuela. Jacinta, recordareis la farmacéutica vivía en un piso situado en la céntrica calle San Bernardo 11 y prestaba el título a una farmacia situada en el portal de al lado el número 9 Estaba casada con D. Antonio Lucea un médico de cierta importancia en Madrid. En el piso donde vivían tenía también la consulta y dada su acomodada posición económica tenían una criada que se llamaba Presentación y que todos llamaban Presen.
Este doctor, era por lo demás y por lo que pude conocer después un aficionado a la morfina que por su calidad de médico podía conseguir facilmente.
Estos tíos tenían cuatro hijos: Antonio que era también médico y que junto con otro médico un tal Demetrio, habían conseguido ser los médicos de Cruz Blanca en Madrid. El tal Demetrio que era ginecólogo trataba a las mujeres de jugadores del Real Madrid como Sanchis a quien apodaban medias caídas pues casi siempre llevaba las medias más abajo de lo habitual. Después estaba Rafael que era abogado y fue un reputado letrado de la compañia de seguros Mapfre. Rafael estaba casado con una azafata de Iberia de quienya no se más. Cesar era otro de los hijos, también médico y que llego a ser el jefe de cirugía digestiva de la Clínica Puerta de Hierro y por último estaba Alfonso que en ese viaje era aún estudiante de Ingeniería de Puentes. caminos y puertos. De él me quedo grabada una frase que le oí decir a mi tía: Es un intelectual y yo no olvide esa palabra y no paré hasta conocer años más tarde el significado de ese adjetivo.
El viaje a Madrid lo hicimos mi abuela y yo en tren y recuerdo que no se porque razón yo fui tarareando durante toda ese viaje una canción del musical West Side Story, supongo que debía ser una canción de moda. El viaje duró nada más y nada menos que diez horas, igual que hoy en día que el viaje en AVE dura máximo tres horas.
Una vez en Madrid mi tía Jacinta poco menos que obligó a su hijo Antonio, un hombre orondo de más de cien kilos de peso, que cuando hablaba parecía que tuviera una zapatilla en la boca pues se le entendía más bien poco, a que nos llevara a conocer el Valle de los Caídos. Ese viaje lo hicimos en un renault 4/4 no un todo terreno, un coche o un minicoche y en ese viaje la providencia y los codazos de mi tía hicieron que no tuviéramos un accidente, ya que mi primo se iba durmiendo al volante y cada vez que tocaba la cuneta y en ella la grava hacía que automáticamente mi tía de diera un codazo y le llamara la atención. Entonces mi primo se paraba en la cuneta, decía que iba a dormir unos minutos y al cabo de dos minutos, no más volvía a conducir y a los cinco minutos volvía a pisar la cuneta.
Mi tía hubiera querido que nos llevase a más sitios pero tras esa jornada desistió de llevarnos a ningún sitio más. El Valle de los Caídos, por lo demás, me pareció de proporciones gigantescas. Entonces aún se podía visitar hasta la misma base. Entre que yo era pequeño y que nunca había visto obra de iguales dimensiones, aquello me pareció enorme, después de ese viaje lo he visto dos o tres veces más y sabedor además de que forma se construyó ya ni me parece tan grande, ni merece mi interés.
A falta de más viajes, se hizo con una casa en la sierra, concretamente en Villalba. De esa cas solo recuerdo que era muy vieja, que cerca había un corral con un cerdo dentro y que era visible desde un denivel desde laparte de arriba y que yo que a parte de ser un niño era un poco cabroncete, me entretenía tirándole piedras al pobre cerdo. Tras un par de días, las noticias de un incendio cercano y un poco de fiebre que pillé hicieron que regresáramos de nuevo a Madrid. Y poco más puedo explicar de ese viaje.
Pero en el encabezado cito a mis tíos. Del hermano de mi madre habéis conocido ya un poco su evolución, su trabajo, su noviazgo. De mi otro tío sabéis que emigraron a Suiza, concretamente a Le Locle y que venían en el verano los pocos días que tenían vacaciones. Que tuvieron dos hijas Ana Marí y la otra Nuria, gracias a mi hija que me sopló el otro día su nombre puesto que yo era incapaz de recordarlo. De mi prima Ana Mari hablaré más adelante pues fue en un verano cuando yo ya había cumplido los catorce años cuando sucedió algo digno de explicar. Mis tíos acabaron afincándose en Suiza hasta finales de los años ochenta en que regresaron a Santa Coloma para quedarse. Es por eso por la falta de contacto que no puedo referirme mucho más a ellos y no por otros motivos.
Durante los años que estuvieron en Suiza, mi abuela Rafaela viajaba de tanto en tanto a ver a sus hijos y nietas y fue en uno de esos viajes que nos trajo un artilugio que durante un tiempo fue objeto de culto en casa. Se trataba de un cassette, bueno un reproductor de radio csassettes philips que mi abuela trajo dentro de una bolsa de trapo que se ató por encima de la barriga y que colgaba entre sus piernas, para evitar que la pillaran en la aduana. Como la mujer estaba obesa pues era fácil hacer creer que caminaba con dificultad debido al sobrepeso. Pues bien ese aparato era la novedad. Que si ahora me grabo cantando, que si simulo una entrevista, que si grabamos a la abuela, que si grabamos a mi padre, que si mi madre, que si yo, que si el jilguero cuando canta, en fin para darnos de comer aparte.
Continuare.
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