domingo, 23 de febrero de 2014

In memoriam

Hola a tod@s:

Hoy ya tenía escrita la entrada y esperaba que fuera un poco más tarde para publicarla. He hecho antes la de las fotos de mi niñez, pero como este es un blog activo, porque quien lo escribe está aun vivo, me voy a permitir un inciso en forma de entrada. Recuerdo y reflexión.

Ayer una fecha en la que se conmemoraba el adiós del que fuera símbolo de la generación del 98, el poeta Antonio Machado, nos dejo otro Antonio, este de apellidos Antequera y Cañadas no fue un poeta, ni símbolo de una generación ilustre. Fue una persona no más pero tampoco menos anónima que lo pueda ser yo o cualquiera de los que presumo o presiento que puedan leer este blog.

Tampoco fue un hombre sin defectos y todo bondad. Era un hombre normal a quien la vida le había dado algunos reveses fuertes, como a quien  más o a quien menos, pero fue mi cuñado durante los años que duró mi matrimonio civil y eclesiástico, y supo ganarse mi afecto y mi respeto.

Desde mi divorcio, no había vuelto a saber de él o no había vuelto, en honor a la verdad, a saber de él de forma personal pero no por ello, ese afecto y respeto se perdió.

Para mí fue, al igual que lo han sido o lo son otras personas, ejemplo de fuerza de voluntad y de tenacidad. Tras soportar la pérdida de su hermana, sufrir un accidente que le dejo una pierna casi inmóvil, y sufrir innumerables sesiones de diálisis, como decía ayer en la nota de pésame que envié a la familia, obtuvo un regalo en forma de vida, de aquella que sabe que de antemano nos tiene ganada la partida.  Ese regalo en forma de trasplante, le permitió vivir y he de suponer que de disfrutar de unos años de vida y de calidad de vida que de otra forma no cabía esperar.

Buen fotógrafo, amante de su tierra granadina, buen conversador y persona de ideas claras, volcó en sus sobrinos y sobrinas lo que no pudo hacer como padre al no tener hijos.

Desde aquí mi pésame a la familia y el deseo de que sea recordado como mínimo con el mismo afecto que yo le tuve.

Esa muerte ha venido a coincidir con escasos días de diferencia con la de otra persona, familia de mi última pareja y a quien vi en un par de ocasiones y por lo tanto sobre la que no puedo opinar ni en bien ni en mal.

También para la familia mi más sincero pésame.

Pero hay algo, un nexo de unión entre ambos.  De una forma u otra la preocupación de la familia más directa por que asista el mayor número de personas a despedirlos.

Esto es algo común de lo que yo tampoco he escapado.  Hace escasos dos años moría mi padrastro que más que padrastro fue un auténtico padre y abuelo para mí. Fue un hombre singular y tiempo habrá de poder hablar de él. Era amigo de casi todo el mundo, había vivido muchos avatares y sin embargo, en la ceremonia civil antes de ser incinerado, había pocas personas.  Yo en ese momento me entristecí porque pensé que no se lo merecía. No obstante, cuando ya todo acabó y estuve más sereno, entendí que el mejor testimonio de amistad o de cariño o de ambas cosas que se le puede dar a alguien, es aquel que de forma totalmente sincera le das en vida.

Hay muertos que llenan salas, iglesias o basílicas pero cuya pérdida duele el rato que dura la ceremonia y poco más. La gente va por compromiso o por obligación y la familia puede pensar que fue muy querido y sin embargo no ser verdad.

Otros en cambio, serán despedidos por muy pocas personas. Pocos se acercarán a la sala de vela para rendir un último adiós y sin embargo sera llorado y recordado durante años y años por mucha gente que por un motivo u otro no pudieron acercarse y no por falta de voluntad.

No sé, ni puedo intuir cuantas personas  habrá o pasarán por la sala de vela el día en que yo muera.  A lo largo de mis 57 casi 58 años he conocido mucha gente, no toca ahora y en esta entrada citar a nadie, sin embargo no albergo muchas esperanzas. Algunos compañeros de trabajo, amigos de mis descendientes y poco más. La verdad es que no me causa preocupación ni desasosiego. Me preocupa más el ahora.

Hará una tres semanas más o menos murió un compañero de trabajo.  Otro hombre ejemplo de voluntad y ganas de vivir. Yo no fui a la sala de vela, ni fui a la ceremonia antes del entierro, sin embargo sentí su pérdida como si hubiera sido familiar. No era un compañero con el que hubiera tenido un gran trato, pero durante la visita que nos hizo dos o tres meses atrás nos fundimos en un abrazo en el que él se despedía y yo le transmitía mi aprecio.

El cariño y el amor no se miden en cifras, no son cuantificables. No seamos como esos niños que abriendo sus brazos dicen que te quieren hasta el infinito. Se quiere o se ama o no se quiere o no se ama.  Cada cual lo sentirá y lo expresará de forma diferente pero es así,  no se cuantifica, ni se cuantifica la bondad ni la categoría de una persona por el número de asistentes a su funeral.

Así que para unos u otros, quede esta reflexión. El duelo se lleva dentro y no es necesario estar, ni hacer desplazamientos para poder manifestarlo. Hay quien no derrama una sola lágrima y todas van por dentro quemando como brasas y hay quien como los cocodrilos derraman muchas pero lo hacen mientras piensan en el trozo de tarta que se comerán.

In memoriam

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