lunes, 17 de febrero de 2014

UN POCO DE MI

Hola a tod@s:

Ayer hacía una descripción bastante gráfica de como era mi entorno, donde vivía o que comía, pero como era yo?

Pues bien, yo era un niño bastante enclenque debido a las continuas anginas que sufría. Tenia el pelo rubio pero tirando a pelirrojo, color panocha, dirían de mi pelo años después. Vestía pantalones cortos como era de rigor y era muy respondón y ya desde tan tierna edad no soportaba las injusticias, ahh y bastante tremendo.

Al hilo de las injusticias, El Sr, Quilez, me dijo un día que no debía dejar que se cometieran injusticias y pocos días después, el maestro o maestra no recuerdo bien me castigó por hablar cosa que en aquella ocasión no había hecho a ponerme un trozo de tiza en la boza y yo me revolví diciendo que no y que aquello era una injusticia. Acabé expulsado de la clase en el pasillo donde me encontró el Sr, Quilez quien tuvo que matizar sus palabras y explicar, al profesor, que lo mío había sido consecuencia de su charla previa.

En casa tuve opción de probar que la electricidad pica y lo hice el día en que decidí meter los dedos en un enchufe y en la escuela aprendí que a los dedos no se les puede sacar punta con un sacapuntas porque sangran y duele y además te riñen. Como veis era un poco travieso. Cuando estaba enfermo pasaba el rato jugando con algunos recuerdos de mi bisabuelo y viendo los tebeos que salían en los llamados sobres sorpresas, unos sobres baratos en los que venían uno o dos tebeos del oeste o de guerra que indefectiblemente siempre acababan con un continuará que te dejaba  a medias.

Eran publicaciones que venían de América Latina y en los que se podían ver skates que aun tardaron más de veinte años en llegar a nuestro país.

Otra de mis aficiones era hojear el libro de comunión de mi madre y recrearme en las torturas y martirios de los santos, un poco masoquista era, o eso creo yo.

Otra anécdota digna de explicar pues no tendría más de tres años o tres años y medio ocurrió un día en que mi abuela se vio obligada a salir al mercado y yo como era habitual estaba en casa algo pachucho. Mi abuela me dejo solo en casa creyendo que dormiría hasta que llegase, pero mira por donde, me desperté empecé a llamar a mi abuela y como no me respondió, entre pucheros y llantinas, me vestí, es un decir, y salí de casa, creo que dejando la puerta abierta y tuve la gran suerte de que me encontrara una vecina cuando ya en el portal de la escalera me encaminaba a la puerta de la calle. Esa vecina era la señora pepeta una mujer más mayor que mi abuela y que tenía las piernas muy hinchadas. Pobre mujer y pobre mi abuela cuando apareció en el portal de casa y me encontró de esa guisa.

En casa solía jugar con lo que pillaba y lo mismo podía ser como decía ayer con una raspa de sepia como con un camión o con soldados de un fuerte americano asediados por indios que les disparaban flechas, que cuando ya era algo más mayor recreaba clavando agujas de cabeza a los vaqueros.

Por el balcón veía pasar la vida y así recuerdo haber visto coches de bomberos que careciendo de sirenas hacían sonar unas campanas para alertar de su presencia, o algo también curioso como el ver a un monaguillo con sotana portando una cruz seguido de un cura y otros dos monaguillos. Eso significaba que alguien se estaba muriendo y le iban a administrar los últimos sacramentos.

Pero volviendo a mí, me había quedado en el pelo, Tenía un remolino tremendo justo en la coronilla y otro en la parte de delante en la derecha lo que me obligaba a hacerme la raya justo en el lado contrario del que marcaban los cánones para los chicos.

Los sábados tocaba visita a mi abuela y los domingos paseo obligado por la calle Pelayo, Plaza de Cataluña y algunas veces las Ramblas de Barcelona. Fueron tantos domingos y tantos años de hacerlo que acabaría aburriendo esa zona de Barcelona.  Recuerdo que en la Plaza Cataluña, se exhibían y creo que sorteaban coches americanos que lucían en su interior mueble bar y tocador para señoras, un anticipo de lo que hoy en día podrían ser las limousinas.

Para llegar allí  subíamos al tranvía y mi padre compraba un billete casi siempre completo, ya que entonces se pagaba al cobrador según el trayecto que realizabas. De esa época, recuerdo también las farolas de gas que eran encendidos por los faroleros que provistos de una pértiga con un cabo de vela en el extremo y una habilidad pasmosa abrían primero la puertecilla de la base del farol con una llave para dar paso al gas y luego con la pértiga la puerta de cristal del farol para introducir después el fuego y prender la luz.

Barcelona en aquella época estaba plagada de tranvías y habían que tenían como unas cortinitas de franjas azules y blancas o rojas y blancas a los que llamaban jardineras, también los había con remolque e incluso tranvías de dos pisos y estos los dejé de ver poco después de la gran nevada del años 62. También había autobuses de dos pisos como esos que aún hoy se pueden ver en Londres y otros que les decían los chaussons en las que el conductor abría y cerraba las puertas con una pértiga horizontal.

Era muy común que los troles de los tranvías y de los trolebuses que también los había, se salieran de los cables obligando al cobrador a bajar y pelear con la cuerda que sujetaba el trole hasta hacerlo coincidir de nuevo con el cable.

Y hablando de la gran nevada del 62 la recuerdo bien,  Era la nochebuena del año 62 por la noche empezó a nevar y no pararía de hacerlo durante toda la noche. En aquellos años el parque automovilístico de la ciudad no era ni de lejos tan numeroso como hoy en día y por las noches la circulación bajaba a casi nada. La gente no salía por las noches, no estaba bien visto y menos aún en una nochebuena. Así pues, la nieve empezó a cuajar y cubrió la ciudad de un blanco manto.

El día de Navidad fuimos hasta la plaza de la Sagrada Familia que estaba a escasas tres calles de mi casa, para jugar con la nieve que yo no había visto nunca. El blanco inmaculado de la nieve se convirtió en placas de hielo y nieve negra y sucia amontonada por las calles que aún duró casi una semana o sin el casi. Se hablaba de gente que bajaba esquinado desde la avenida del Tibidabo hasta la plaza de Cataluña por la calle Balmes y que utilizaban los ferrocarriles de Cataluña hoy de la Generalitat como remontadores. Yo no los ví, También se comentaban muchas caídas con sus consiguientes fracturas. Mi familia salió indemne de la gran nevada a excepción de los típicos sabañones en pies y manos.

Finalizo esta entrada mencionando la existencia de una serie de oficios que hoy ya son historia o costumbres totalmente olvidadas de esa Barcelona en la que viví mi infancia, serenos, vigilantes, faroleros, carboneros, etc. mañana prometo explicar un poco más de eso y hablaré de mi comunión.

Os espero aquí.

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