Hola a tod@s:
De mis primeros años como decía en la primera entrada guardo pocos recuerdos. De mi casa recuerdo un mueble aparador de madera oscura comido por las termitas, en realidad todos los muebles estaban comidos por las termitas. Una bombilla colgando del techo del comedor, una mesa cuadrada con un círculo en la parte inferior para ubicar un brasero y otros muebles, aunque es curioso podría hacer un plano de ese piso. La puerta de entrada tenía un sagrado corazón en una plancha clavado en la parte de atrás y por mirilla era un pasador de latón que dejaba al descubierto un agujero en la puerta. En el recibidor estaba la entrada de luz con "plomos" a efectos de fusibles. Era normal que se fundiera algún plomo y se tuviera que reemplazar,
Era un tercer piso que en realidad era un quinto pues había que sumar el entresuelo y el principal. El piso tenía tres habitaciones una de matrimonio que daba a la calle Padilla otra en mitad de un largo pasillo con una ventana al patio de la escalera y una tercera al final del piso que ocupaba mi tío. El baño era un espacio de escasamente un metro de ancho por unos tres metros de largo, con una taza y un lavamanos y la cocina contaba con una cocina de carbón inutilizada y un lavadero que hacía las veces de bañera donde nos bañábamos con agua que calentábamos en el fuego.
He dicho que en el piso vivían mis padres, mi abuela, mi tío y yo, pero he de añadir que había más población. El piso estaba infestado de cucarachas marrones que pululaban por toda la casa sobretodo por las noches. También habían algunas pulgas pero estas eran menos numéricamente hablando que las cucarachas.
Dicen que cuando el dinero escasea, el ingenio se agudiza y así fue que cuando con el paso del tiempo yo fui creciendo y no cabía en la cuna, unos montones de periódicos apilados a los pies con un tablón encima hicieron que yo tuviera una camita.
Yo pasé muchas horas mirando por uno de los cristales del balcón encaramado a una silla para ver pasar los coches y el tranvía y fijando la vista en un adorno arquitectónico de un edificio un tanto lejano que a fuerza de mirarlo fijamente, siempre acababa moviéndose como si fuera un hombre con un bastón que venia corriendo por el aire aunque nunca llegaba hasta mi, lo que no quitaba que me diera miedo.
Fue en esos primeros años que mi padre, que ya no volvería a ser la persona que fue y que yo desgraciadamente no conocí se deslomaba haciendo horas extras mientras la empresa se negaba a reconocerle su categoría laboral. Mi madre cayó con una depresión de grandes proporciones y yo tengo recuerdos de verla llorando la mayor parte del día escondida en su habitación, mientras yo jugueteaba con unas cajas redondas donde antes habían estado algunas de las muchas pastillas que ella tomaba, o con alguna espina de rape que le daban a mi abuela. Fue entonces cuando se movieron para conseguir y lo lograron que magistratura del trabajo obligase a la empresa a reconocer su categoría de oficial de primera. A mi padre lo conocí siempre con un carácter huraño, a menudo sumido en un silencio total y con cara de enfado. Era un hombre alto para la media de aquella época y algo encorvado lo que unido a la extrema delgadez le daba un aspecto un tanto tétrico. Por lo demás era un hombre tosco, que renegaba muy a menudo y siempre estaba amenazándome con pegarme aunque no recuerdo haber recibido de él nunca un cachetazo.
Mi tío por otro lado estudiaba para ser contable y recuerdo que pese a no hacer el servicio militar por ser hijo de viuda, si le pusieron vacunas y recuerdo de una que se ponía en la columna o yo creí entenderlo así. No recuerdo mucho de él seguramente porque eran años propios de salir con los amigos. Si recuerdo que había uno a quien en casa lo llamaban "gordito relleno"
Recuerdo también a mi abuela haciendo "las cuentas" metiendo en sobres el dinero para pagar el alquiler, el agua, la luz, el gas. No teníamos teléfono y mucho menos televisión que aunque en España nació el mismo año que yo, no entraría en casa hasta muchos años después. Había, eso sí, una radio de lámparas que escuchábamos aunque no a todas horas. Recuerdo también que en el mercado fiaban a mi abuela y que había verdaderos quebraderos de cabeza para poder comer.
Yo fuí un niño bastante enfermizo y las amígdalas me hacían permanecer más tiempo en casa que en el colegio aquejado de fuertes fiebres. Eso hacía que los pocos recursos que habían en casa se destinaran a darme pescado hervido (merluza) y otros manjares a costa de privarse los demás de comer.
A los tres años me llevaron por vez primera a una escuela pública que estaba en la calle Roger de Flor donde los niños iban con batas a rayas azules y donde me dieron tan mal de comer que estuve vomitando todo el primer día. Fue mi primer y último día. Me llevaron después a un colegio privado que se llamaba Institución Quilez y cuyo dueño era el profesor Quilez un hombre enamorado de la psicotecnia y era dirigido por su esposa. Esta escuela hacía la competencia a otra institución, Pitman que se ubicaba en la Avenida Gaudí. Ignoro lo que le costaría a mi familia el que yo pudiera estudiar allí pero a buen seguro que fue a costa de mayores privaciones.
En esa escuela las batas eran blancas con el nombre bordado en rojo sobre el bolsillo superior. De allí recuerdo a la Señorita Antoñita a quien tantos males de cabeza di con mi mala pronunciación de la r que yo decía ere en vez de erre, o al Sr. Villasante, Aurelio Villasante etc. pero ya habrá tiempo de referirme a ellos.
En casa no se recibían más visitas que las del tío Pepe que indefectiblemente venía una vez o dos al mes a ver a mi abuela y que sospecho le daba algo de dinero para ir tirando al mismo tiempo que comía con nosotros.
Y hablando de comida explicaré que se comía en casa. Eran comunes ya en mi más tierna niñez y hasta que fui un mozalbete, que se comiera sopa, arroz de rape, pero aquí el rape era en realidad cabezas de rape de donde mi abuela con suma habilidad extraía la poca carne que pudiera haber. Carne con guisantes o carne a la vinagreta un plato que con el paso de los años supe que enmascaraba carne que ya empezaba a pasarse y con el gusto del vinagres disimulaba su auténtico sabor. Cuando hablo de carne, hablo de trozos con muchos nervios y grasas. Carne con alcachofas fritas y por la noche siempre patatas hervidas y judías verdes. Algunos domingos se hacían patatas rellenas, que no eran otra cosa que patatas vaciadas pasadas por sartén primero y a las que previamente se introducía salchicha, pero cuidado una salchicha o butifarra para una docena de patatas, y luego se cocían en una cazuela con una picada (almendra, avellana, pan y dos piñones) otro plato dominical eran las tres tortillas, la primera de patata, la segunda de alcachofa y la tercera de berenjena y todo ello recubierto de salsa de tomate. El pollo era manjar de ricos y solo se comía en Navidad, la paella otro plato de ricos que se comía en muy contadas ocasiones y con escasez de marisco.
Continuaré
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