viernes, 21 de febrero de 2014

La calle, un mundo nuevo

Hola a tod@s:

Poco antes de que mi padre comprara el coche y por lo tanto antes de mi comunión, el pediatra que me llevaba, recomendó a mis padres que tenía que jugar y relacionarme con otros niños, así que muy a pesar de mi madre, tuvo que bajar el nivel sobreprotección y dejarme bajar a jugar a la calle.

En aquellos años no había como hay ahora ese temor a que a los niños les pase algo y el lugar de encuentro y de juegos era la calle. así que empece a bajar a la calle, eso sí prohibido cruzar la calle, lo cual era una jugada porque justo en la otra acera, en la esquina había una fuente y era un punto de juego para mojar y mojarse.

Pero entre eso y nada, acate en un principio lo de no cruzar la calle y empecé a conocer otros niños y a jugar juegos que desconocía. Conocí el juego del escondite o de valen como le llamaban, la peste alta que consistía en estar subido a lo que fuera que estuviera medio metro del suelo mientras el que paraba estaba en el suelo, la gracia estaba en bajar de donde estabas y correr a subirse a otro sitio evitando ser pillado por el que paraba. Aprendí también a jugar con un tacón. Ese juego consistía en tirar un tacón de zapato de hombre e intentar que cayera dentro del cuadrado de un árbol que defendía otro niño. Hay que imaginar que el tacón por ser de goma, rebotaba en el suelo y seguía trayectorias inciertas. Y de dónde se sacaba el tacón, pues muy sencillo, lo pedíamos en un taller de zapatero que había en la calle Mallorca. allí trabajaban tres o cuatro zapateros era un buen negocio pues siempre tenían un montón de zapatos para arreglar.

Otro juego ya de mayor riesgo era trazar en el cuadrado de un árbol una línea que lo dividiera en dos, con una navaja, y lanzar la navaja al terreno del contrario, si se clavaba trazabas una nueva línea y así le ibas comiendo terreno.

La apertura de zanjas para canalizar lo que fuera, era motivo de alegría porque nos ofrecía más lugares para esconderse o para jugar a correr y atrapar.

También se jugaba al churro, media manga. Este juego consistía en lo siguiente: Un niño se ponía de pie tocando su espalda contra la pared. Otro se agachaba formando un ángulo recto de forma que su cabeza quedase mirando al suelo, detrás de este otro niño en la misma posición metiendo la cabeza entre las piernas del delante.  Ahora venía uno corriendo y como si saltase el potro iba a caer en la espalda del primer niño agachado, luego saltaba otro y otro hasta saltar cinco o seis. Una vez todos arriba y antes que por el peso todos se fueran abajo, el primer saltador gritaba: Churro,media manga o manga entero adivina lo que tengo en el puchero mientras ponía una mano sobre su brazo sobre la muñeca igual a churro, sobre el codo media manga o sobre el hombro manga entero y el niño que soportaba el peso en su espalda de uno o dos o más niños tenía que adivinar donde estaba la mano del que lo gritaba.  Si lo acertaba el que había gritado perdía y en el siguiente turno pasaba a estar doblado, si no lo acertaba continuaba agachado otro turno más. Imaginar lo que sufrían las columnas y riñones. Ah el que estaba de pie de espaldas a la pared era el juez que velaba porque habiendo puesto la mano en un punto, no hiciera trampa si el agachado lo adivinaba.

El juego del escondite era otro de los juegos favoritos, por una sencilla razón, en la calle valencia esquina padilla estaba la sede de Grúas Grau, y sus camiones grúas aparcaban en toda la travesía de padilla entre Mallorca y Valencia, lo que ofrecía múltiples escondites entre las grandes ruedas, los hierros de las grúas etc. Eso sí cuando volvíamos a casa lo hacíamos llenos de mugre y grasa.

Estos juegos cambiaban según las calles, ya fuera porque no tenian donde subirse o donde esconderse. La rivalidad entre las calles existía pero las peleas eran escasas.

Y las niñas? pues las niñas jugaban con cuerdas, con gomas, o jugaban con nosotros a los mismos juegos.

Cuando se acercaba San Juan, íbamos casa por casa, piso por piso pidiendo leña, cualquier mueble viejo para hacer la hoguera. Los pequeños y medianos recogíamos la leña y si era un mueble grande avisábamos a los mayores y estos los bajaban y los astillaban. Luego la leña se escondía, en los lugares más insólitos, solares, debajo de los camiones, e incluso dentro de las tomas de agua redondas de bomberos o registros de agua o luz. ¿Por qué se hacía esto? En primer lugar para evitar que los camiones de la leña, vehículos del Ayuntamiento, requisaran la leña y quedarnos sin hoguera. En segundo lugar para evitar que otras calles nos la robasen. ahí si que había enfrentamientos y espionaje, saber donde había un depósito de leña era información privilegiada y se organizaban asaltos y castigos si alguno se chivaba y se vendía a otra calle.

Llegado el día de la verbena, los mayores hacían un círculo en el cruce de las calles y lo llenaban de arena, y sobre la arena se iba apilando la leña haciendo una gran pira, pero cuidado no se ponía toda, porque era posible que antes de encender pasara el camión de la leña y te la quitase toda, o incluso que vinieran los bomberos junto al camión y apagaran la hoguera. así que había que tener reservas por si acaso y porqué además en San Pedro se volvía a hacer hoguera y en San Jaime aunque estas ya eran muy pequeñas.

De otra parte, la rivalidad que decía antes, se acababa la verbena y si un cruce era expoliado de leña por el camión, los demás cruces daban leña al expoliado para que hicieran su hoguera.  eso sí se competía por tener la hoguera más grande o la que durara más tiempo encendida.

La sustitución progresiva del adoquinado por el asfalto fue relegando las hogueras de San Juan que ardían en todos los cruces de la ciudad, hasta hacerlas desaparecer, y con ellas desaparecieron las reuniones de los vecinos en la calle, compartir coca y bebida e incluso los petardos. De nuevo el progreso nos arrebataba momentos que compartir.

En esos años, mi afición a comer pipas saladas era tal, que mis compañeros de juegos me apodaron el pipero y así entre a formar parte de los apodos, como el indio, el peque, Otros se les conocía por los apellidos, Pujante, Escriche, o por el nombre abreviado El Francis.

Una vez tuvo mi padre el coche, a veces lo limpiaba y me ganaba algún dinerillo para comprar máspipas o vigilaba que no se subiera nadie jugando.

Continuare............

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