Hola a tod@s:
Si ayer hablaba de mis juegos en la calle, hoy hablaré de los cambios que supuso el tener coche. De entrada supuso que los domingos se madrugara un montón en casa, pues se tomó la costumbre de salir cada domingo que no lloviera claro, a la playa si era verano y a la montaña si era primavera o otoño. En invierno no recuerdo yo salidas.
Y esto era un ritual. Mi abuela cocinaba el sábado por la tarde una tortilla de patatas y carne empanada para comer el domingo, y preparaba una cantimplora de agua con anises dentro para darle cierto gustillo a esta.
El domingo a las seis de la mañana, si, si, las seis de la mañana nos levantábamos para salir no más tarde de las siete y media. La ubicación en el coche era la siguiente: Mi padre conducía, mi madre de copiloto, y atrás mi abuela detrás de mi padre, mi tío y su novia y yo encima de las piernas de ella. a veces, pero pocas, yo me ponía delante con mi madre. Entonces íbamos seis en un coche, obviamente sin airbags, ni cinturones de seguridad, Cabe decir también que la velocidad máxima que alcanzaba mi padre era de 70 kilómetros hora según el cuentakilómetros, lo que en realidad debían ser unos 60.
Y ¿por qué tan temprano? Sencillo, para no coger caravanas, entonces no había autopistas. Para no pasar calor, el coche no tenía aire acondicionado y para llegar relativamente pronto a la playa o a la montaña, bueno más que montaña un bosque.
Al principio íbamos a la playa de La Fosca, una playa casi virgen entre Palamós y Calella de Palafrugell hoy esa playa esta rodeada de urbanizaciones como la inmensa mayoría de la costa brava. Y para comer íbamos a un bosque cerca de LLagostera.
Nosotros en la playa y mi padre con pantalón y camisa desaparecía y volvía cuando ya era casi hora de irnos. No se ponía en bañador, supongo que le daba repelús que le vieran la cicatriz que tenía en el costado. A donde iba, pues yo creo que se iba a ver si veía alguna cala solitaria o a sentarse a la sombra de un pino sin que nadie le diera la murga.
Hubo un día que el coche se averió, cosa del embrague y mi padre tuvo que dejar el coche en Palamós, nosotros volver en autocar y mi padre tener que volver a por el coche, lo que supuso un verdadero descalabro económico. Así que después de esto, considerando que el coche ya se hacía viejo se optó por ir a Santa Cristina, la cala que está entre Blanes y Lloret y donde aún era posible estar sin pagar por aparcar y sin sentirse en un enjambre en la arena. Hoy no vayas más tarde de las diez de la mañana porque ni pagando aparcas y si consigues aparcar, tendrás chungo poner la sombrilla o la toalla.
El progreso ha hecho que casi todo el mundo tenga coche y atiborre cualquier metro cuadrado de playa. Para comer encontramos un bosque cerca de Malgrat, hoy el bosque ha desaparecido bajo el asfalto de la carretera.
Pero no por ir más cerca se cambió el horario. Seguíamos saliendo a la misma hora. Con el tiempo se empezó a construir la autopista que llegaba hasta Mataró, hoy llega hasta Palafolls y pasar por las obras de la autopista era tragar polvo y dejar amortiguadores. De regreso, por la tarde, se había de calcular muy bien el tiempo, porque la guardia civil, entonces no habían mossos, desviaba el tráfico en Mataró hacia Cardedeu y la carretera de La Roca, con un montón de curvas y pérdida de tiempo y gasolina.
Tampoco por ir más cerca se ahorró las averías y así otro día se averió a la entrada de sant Pol y tuvo al suerte de encontrar un mecánico alemán que le arreglo esa avería que era del freno que le agarrotaba una rueda.
Mi padre y yo también un poco aprendió mucha mecánica en el taller donde llevaba el coche a reparar que estaba en la calle Mallorca entre castillejos y Cartagena y donde pasaba horas hablando con el mecánico, un tal Rogelio, un mecánico joven y tan delgado como mi padre que ya es decir. Si no sabías donde estaba mi padre, podías ir allí y seguro que lo encontrabas.
En un bar no lo ibas a encontrar. Mi padre frecuentaba muy poco los bares. Yo creo que son contadas con los dedos de una mano las veces que había entrado con él en un bar, lo que hizo que yo me prometiese que de mayor iría mucho a los bares a tomar coca cola y patatas fritas. La realidad es que salvo para comer o si salgo con mi hija su marido y mis nietos o con mi ahora ya, ex-pareja pocas han sido y son las ocasiones que entre yo en un bar.
El primer verano que tuvimos coche, fuimos de vacaciones tres días a Zaragoza, jajaja, un viaje que hoy puedes cubrir en tres horas o menos supuso salir de Barcelona a las siete, desayunar cerca de Lérida y llegar a Bujaraloz, el pueblo dónde nació mi abuela que fue parada obligada donde visitamos a la tía Apolonia a la que mi abuela no había visto ni sabido de ella desde que se vino a Barcelona pero que por narices había que visitarla y a la que desgraciadamente se le había quemado parte de la casa hacía pocos días,con lo que ni hubo refrigerio en un pueblo en medio del desierto de los Monegros, ni nos pudimos quedar a comer. Así que con temperaturas de 40 grados echándonos colonia que se evaporaba al instante para refrescarnos, llegamos a Zaragoza después de haber parado chiquicientas veces para poner agua al radiador y comer. Tal fue el calor que pasamos, que a mi futura tía le sentó muy mal un bocadillo de chorizo que comió y anduvo fastidiada del estómago los tres días que estuvimos en Zaragoza, Eso sí, además de la basílica del Pilar que para mi abuela fue como haber visto el Vaticano, y el puente de piedra, vimos el Monasterio de Piedra, en el pueblo de Nuévalos, hoy a poco más de una hora de Zaragoza y entonces a unas dos horas largas, y todo ello amenizados por jotas como el Ebro guarda silencio al pasar por el pilaaaaaaaar....... o Si vas a Calatayud pregunta por la Dolores. Yo creo que allí me las aprendí de memoria.
El tener coche trajo otro quebradero de cabeza y era el seguro. Mi padre se empeñaba en tenerlo a todo riesgo y eso suponía tener que pagar ocho mil pesetas al principio y hasta once mil pesetas recuerdo yo en años posteriores, eso que ahora nos podría parecer una tontería, para él era mucho y tenía que acabar pidiéndole el dinero a su madre y claro a cambio había que llevar a la abuela Rafaela los domingos, asi que cambiamos a "la parejita" por la abuela rafaela que estaba igual o más gorda que la otra abuela con lo que casi ocupaban entre las dos el asiento trasero. Además con la simpatía que se profesaban mi madre y su suegra aquello era como para tirar cohetes. Mi padre por un lado, mi madre que se iba a pasear sola, mi abuela Concha leyendo sus novelas y la otra sin saber que hacer y yo tirando piedras y haciendo el cafre por el bosque.
Continuare..........
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