miércoles, 16 de abril de 2014

TRES EPISODIOS IMPORTANTES

Hola a tod@s:

Los años fueron pasando y entre el verano de 1.992 y el inicio de 2.000 se produjeron varios acontecimientos que si bien no dan para de forma individual llenar una entrada, si me permiten tener una visión de conjunto que quizá expliquen otros hechos.

En la primavera del año 1.997, falleció mi madre. Mi madre de quien ya he explicado que tras contraer matrimonio con Isidro empezó un lento declive que se agudizó con la detención, el encarcelamiento de isidro y la posterior muerte de mi abuela, su madre.

A principios de los noventa, aquella mujer esbelta que provocaba las miradas y los piropos de los hombres, engordó hasta superar los noventa kilos y perdió prácticamente la dentadura. En su trabajo fue relegada al guardarropía y aún gracias que le conservaran el trabajo.

Día sí y día también me llamaba para explayarse en sus males y en sus penas. Al principio su sentido de culpabilidad frente a la muerte de mi abuela, sintiéndose culpable por las discusiones, por las voces y gritos que le había proferido a su madre. Después quejándose de Isidro, de su afán de ir trayendo objetos variopintos, todos ellos estropeados pero con la intención de arreglarlos algún día.

La diabetes que también se manifestó en ella, junto a una hepatitis, hizo que su sistema nervioso ya débil por naturaleza, se resintiese aún más.

Si al preguntarme como estaba yo, le decía que me dolía la garganta, era matemático que ella también tuviese mal de garganta, eso sí, mucho mayor que el mío y más grave. Y así con todo. Pero si algo la caracterizaba era su negativa a seguir los tratamientos médicos que le pautaban. Tal era su actitud que en más de una ocasión le llegué a preguntar si esa negativa a seguir los consejos de los médicos era debida a algún tipo de venganza planeada contra mí, ya que lo único que perseguía era que cayese enferma crónica en cama debiendo atenderla los demás.

Su estado se fue agravando lentamente hasta tener que ser hospitalizada. Los médicos fueron muy claros con nosotros: Esta señora ha entrado en una fase en la que va a pasar más tiempo ingresada en los hospitales que en su casa. Se equivocaron los médicos pero no en su diagnóstico sino en el tiempo. Poco más de un mes después de haber sido hospitalizada por primera vez, mi madre era ingresada un mediodía, por la noche era pasto de una septicemia, fue la última vez que la vi consciente. Esa misma noche era intubada y al día siguiente cuando antes de acudir al trabajo pasaba a verla me encontré con un espectro lleno de tubos que salían de su garganta.

A media mañana era llamado por Ios médicos que me dijeron que el desenlace era inmediato. Solicité que se la desentubase de todo, quedando solo conectada al respirador. De allí salí corriendo a la Iglesia de los Mínimos donde mi madre había sido feligresa durante años y donde dejé recado de que el padre Antonio que había sido su confesor acudiese al hospital para administrarle los últimos sacramentos y de allí a casa para avisar a Isidro de que fuese al hospital ya que aquello tocaba a su fin.

También avisé a mi tío que se personó de inmediato en el hospital. Allí en un espacio reducido con mi madre sobre una cama, ya sin tubos pero conectada al respirador fuimos mudos testigos de cómo minutos tras minuto su vida se iba apagando hasta que finalmente el largo pitido de los monitores anunció que había dejado de existir.
Tenía sesenta y dos años, era una mujer joven, yo tenía cuarenta y dos  y Gemma quince años.

No olvidaré cuando acompañé a Isidro a casa y al abrir la puerta y salir el perrillo que entonces tenía a recibirlo e Isidro e dijo: Bueno red nos hemos quedado solos dejando escapar unas lágrimas.

Mi madre murió en el Hospital de San Pablo. Es fácil pues entender la poca simpatía que le tengo a ese Hospital, aunque nada tenga que decir salvo elogios de los profesionales que trabajan en él, para mí es un lugar de tristes recuerdos ya que mi padre, primero, mi abuela casi hasta su muerte y ahora mi madre, habían entrado allí para no salir.
El día de la muerte de mi madre, tuve un enfrentamiento con Gemma que me increpó por no verme llorar por su abuela. Han pasado muchos años y estoy seguro que hoy, Gemma entiende que a veces no es necesario llorar para sentir la pérdida de una persona.  En aquel momento mi respuesta, reconozco que airada fue decirle que no son las lágrimas lo que caracteriza el amor por una persona sino lo que se siente en el interior y que tal vez yo no lo estuviera exteriorizando pero que el dolor iba por dentro.
Casi paralelamente a estos tristes hechos se produjeron otros. Políticamente hablando nunca había dejado de colaborar como interventor y apoderado del partido socialista de Cataluña. PSC tras haber abandonado mis escarceos independentistas  primero y anarcosindicalistas después.

A finales de 1.993 yo planteé en casa la posibilidad de implicarme más en política. Se trataba de pasar de ser un mero colaborador ocasional en las elecciones a ser militante con lo que ello pudiera conllevar. Lo planteé porque quería tener el respaldo de mi mujer y de mi hija a pesar de que tan solo era una niña que empezaba a entrar en la adolescencia. Una vez con el beneplácito de ambas mujeres, me acerqué a la sede de Gracia que en aquel momento estaba en la calle Gran de Grácia y manifesté mi intención de ser militante no sin antes saber que se hacía y como era la vida de la agrupación.

Eran los últimos meses en que la agrupación estaría en aquella sede ya que tan solo entrar yo el entonces secretarios de organización Xus Ochoa ya andaba buscando un nuevo local para la Agrupación, local que finalmente se establecería primero en la Vía Augusta y finalmente en la calle del Torrent d’en Vidalet. Se preparaba el próximo congreso del PSC a celebrar en La Farga de l’Hospitalet y en entonces se preparaban las enmiendas a las diferentes ponencias que se iban a presentar. Yo ya era entonces militante y ya había trabado lazos de afinidad con algunos  miembros de la agrupación.

De forma totalmente aleatoria, fui asignado a un grupo de debate que parecía liderar una señora de mediana edad, que resultó ser Diana Garrigosa, esposa del entonces alcalde de Barcelona Pascual Maragall. Mis aportaciones al redactado de las enmiendas a las ponencias, hicieron que la Sra. Garrigosa se fijase en mí aunque no sería hasta meses después que esta aportación tendría respuesta.

Sobre este proceso, hablaré en otra entrada.

Por último en este mismo periodo asumimos un nuevo reto, el de la adquisición del piso de la calle San Eudaldo. Hacía unos años que planteamos la posibilidad de comprar al vivienda pero os propietarios dijeron que no, y justo cuando menos lo esperábamos nos ofrecieron dicha oportunidad. Yo era en un principio reacio a ello y sería Juliana quien finalmente tiró del carro para que lo compráramos así que empeñándonos hasta las cejas, accedimos a la compra de ese piso. Hoy pienso que fue una buena idea aunque no sea yo quien lo disfrute.

Continuaré…….

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