Hola a tod@s:
Volví a encontrarme con Francesc Esteller a la vuelta de este de unas vacaciones de verano, había estado también curiosamente en Suiza y Alemania y venía con un proyecto en su mente.
En su viaje había visitado varios parques de atracciones y venía con la idea de construir un gran parque de atracciones en Cataluña. Hablaba de millones como el que habla de céntimos. Al principio yo no le prestaba mayor importancia, pero la cuestión se empezó a poner seria cuando Francesc empezó a ser asesorado por un individuo un tanto oscuro pero con muchos contactos de alto nivel en Barcelona.
Francesc quiso que me involucrara más y más en este sueño. Y un día quiso quedar conmigo y con ese amigo o asesor en una conocida cafetería del paseo de Gracia de Barcelona. A esa reunión no solo acudieron ellos dos, acudió también una mujer, muy atractiva por cierto, que me fue presentada como secretaria del amigo de Francesc, pero que me dio toda la impresión de que tenía poco de secretaria.
Me tantearon, escucharon mis opiniones sobre ese proyecto, y me ofrecieron que trabajase para este asesor. Dispondría de un despacho de personas trabajando bajo mis órdenes, etc. Para acabar de convencerme y con el pretexto de tener que asistir a una reunión, Francesc y su asesor o socio, me dejaron a solas con la mujer, no sin avisarnos de que lo que pudiéramos consumir estaba pagado por adelantado.
La reunión con ella duró poco más. Yo vi muy claramente por donde iba a discurrir y sinceramente yo no estaba por la labor. Me alejé del proyecto, de Francesc y de su asesor.
Pocos días después los diarios empezaron a hablar de un macroproyecto de parque de atracciones en Cataluña. Se estaba fraguando la instalación de Port Aventura.
Aun volvía a saber de Francesc unos meses después. Se había separado, había sido traicionado por su amigo, socio, asesor, que ya trabajaba en el proyecto de Port Aventura y él se quedó sin proyecto, y casi sin nada. Yo no puedo aseverar que todo lo tratado tuviera a ver con Port Aventura, pero parece muy extraño que ambas cosas se produjeran al mismo tiempo.
De hecho aún faltaban unos cuanto años para que se inaugurase el parque temático.
A primeros de los años noventa, yo me trasladé a trabajar a la central de la compañía en la Vía Augusta de Barcelona. Allí estreché más mi amistad con un compañero que ya había conocido en la oficina de la rambla de Cataluña cuando empecé a trabajar. Se llamaba y de hecho se llama porque que aún vive, Emilio Elías. Emilio era un Director caído en desgracia por no querer avenirse a trabajar por las tardes. No lo despidieron, pero cuando yo entré estaba atendiendo el teléfono y tomando partes de accidentes. Poco tiempo después pasó a la central, tras haber claudicado a cambio de que a su hermano que trabajaba en la editorial Bruguera y que se había quedado sin trabajo, fuera admitido a trabajar en la compañía como comercial en Málaga.
En el año noventa y uno, Emilio fue trasladado en calidad de Director a la oficina de Sevilla y eso facilitó que fuéramos invitados a visitar Sevilla y la Exposición Universal, pernoctando en su casa.
A esa invitación se sumó sin haber sido invitada una compañera que había enviudado hacía relativamente poco tiempo y que veía en Emilio la posibilidad de rehacer su vida, si bien él que estaba divorciado, se sentía muy bien viviendo solo, tal y como pudimos constatar. Emilio se movía como pez en el agua por la vida nocturna de Sevilla y no pasaba por su mente el volver a iniciar una nueva relación.
Nuestro viaje a Sevilla lo hicimos en el coche, pernoctando una noche en Madrid, otras dos noches en Toledo para ir a Sevilla donde estuvimos cuatro días, tres de ellos visitando la >Expo y aprovechando esa estancia para escapar a Huelva y Riotinto, donde pude constatar que ya no quedaba nada del pueblo antiguo donde se había dedicado una calle trasera a la que daban los patios traseros de las casas a mi abuelo, aquel que había salvado un puñado de hombres, perdiendo su vida al intentar salvar más.
Si pude ver el nicho de mi abuelo, ya que el cementerio no había sido engullido por la mina, y supe que alguien, aunque no me supieron dar razón, cuidaba y pagaba el alquiler de ese nicho.
También pudimos visitar Granada donde pernoctamos una noche y Córdoba, para volver ya de una tirada a Barcelona.
Fue este un viaje muy bonito, quizá demasiado cargado de historia y cosas por ver , pero un viaje al fin de esos que recuerdas con cariño.
Con Emilio seguí manteniendo el contacto hasta que fue trasladado a Málaga donde poco a poco fui perdiendo el contacto hasta que este se hizo inexistente.
Aunque es muy improbable que Emilio pueda leer esta entrada, y aunque ya se lo agradeciera estando allí con él, me parece que no está demás, de forma pública darle las gracias por abrirnos las puertas de su casa, por compartir mesa y ser un magnífico anfitrión en las noches Sevillanas.
Poco después de realizar este viaje, recibí una llamada de teléfono. Era mi prima Nuria que había ido moviéndose hasta localizarme para comunicarme que mi abuela Rafaela había muerto y que quería conocerme, pues solo había oído hablar de mí a su padre quien también quería volverme a ver pues era la única familia que le quedaba.
Accedí a visitarlos. Me reencontré una tarde con mis tíos que habían regresado a España una vez jubilados, donde habían adquirido un piso en Santa Coloma de Gramanet. No se cuantos años debían haber pasado desde que viera a mis tíos por última vez, pero debían ser muchos ya que yo recordaba a un hombre de mediana edad y me encontraba con un hombre ya mayor, calvo y envejecido. Conocí por fin a mi prima Nuria que ya estaba casada y tenía una niña pequeña. A mi prima Ana Mari no la vi en esta ocasión. Supe después que estaba solida conmigo por no haber mantenido el contacto con mi abuela.
Lo que ella no sabía, ni creo que sepa, es que si yo no mantuve ese contacto era porque tampoco me sentía unido a alguien que había recomendado a mi madre que se deshiciera de mí y que en vida tampoco se había prodigado por mostrar ningún afecto hacia mí o mi familia.
Lo cierto es que mi tío lo que quería en aquella ocasión, al margen de volverme a ver y saludarme, era contar con mi firma para poder hacerse cargo de la titularidad del nicho donde se había enterrado a mi abuela y que le era precisa como heredero de su hermano, mi padre, ya fallecido. No tenía ningún motivo para negarle aquella firma, así que firme el documento que me presentó sin más.
También me hizo entrega de un sobre con algo de dinero que al parecer mi abuela había recogido y me había dejado en herencia. La suma recibida, me permitió comprarme una bicicleta en el Pryca y poca cosa más, así que es fácil deducir que la cantidad legada fue únicamente simbólica.
Continuaré………….
No hay comentarios:
Publicar un comentario