Hola a tod@s:
El tiempo va pasando. Gemma va creciendo. Atrás quedan muchas anécdotas de ella, muchas vivencias, hechos y cosas que se agolpan en mi mente pero que por ceñirme a unas líneas generales van pasando desapercibidos.
Gemma fue una niña un tanto contradictoria. Recuerdo que en casa era muy difícil sacarle información sobre lo que había hecho en la escuela o con sus amigas, por ello un día me sorprendió que una de las monjas profesoras de ella, me dijese lo encantadora y locuaz que era. Hasta el punto de tener que preguntar a la monja si estábamos hablando de la misma niña, porqué la niña de la que me hablaba, era muy distinta de la que yo conocía en casa.
No fue, por otro lado, una niña muy caprichosa. Aunque cabe decir que si algún capricho tenía, tratábamos de complacerlo, como ocurrió con un muñeco que en víspera de reyes se empeñó en pedir de forma muy insistente. No me quedo más alternativa que salir a la feria que en Barcelona se pone en la Gran Vía desde después de navidad hasta el día de reyes. Tuve que recorrer un montón de paradas hasta que conseguí el muñeco.
A mi regreso a casa, Gemma se medio despertó y a punto estuvo de descubrirnos poniendo los juguetes en el salón. No puedo decir que no le hiciera ilusión el muñeco, aunque no tardó mucho tiempo en cansarse de él y acabar dentro de un armario.
Otra de sus más sonadas trastadas fue la de esconder la llave de la puerta de acceso al huerto que tenía mi suegro. En esa ocasión reconoció que la había enterrado en la tierra pero al preguntarle donde, con cara inocente y abriendo sus bracitos abarcó toda la extensión del huerto.
No me quedó otra que arrodillarme y empezar a escarbar. Por suerte para mi no tarde en dar con el lugar donde había escondido la llave.
Gemma tampoco fue una niña que de muy pequeña nos diera noches de las llamadas toledanas aunque si es cierto que las clases de natación en la piscina le dieron más de una noche de pesadillas.
Una de las cosas que a su madre y a mi más nos sorprendieron fue la poca disposición que ha tenido para caminar siendo ambos buenos excursionistas. Está claro que en este aspecto los genes han fallado. Y eso me lleva a recordar que en su momento quiso apuntarse al esplay de la escuela a la que iba pero que no la admitieron por cuestiones de edad.
No obstante, queriendo aprovechar al máximo esa predisposición la apuntamos al esplay de la iglesia de Els Josepets en la plaza de Lesseps. Al poco tiempo de acudir los sábados por la tarde, empezó a decir que no le gustaba, que no lo pasaba ben, que no quería ir, etc.
Esto llegó a preocuparme hasta que un día tras haberla dejado en la puerta del centro donde estaban otros niños y monitores, quise pasar de nuevo por la puerta para comprobar si estaba tan seria y triste como la había dejado, encontrándola corriendo y riendo, Una vez más nos estaba tomando el pelo. Tras este episodio, hablamos con los monitores que vinieron a corroborar lo que ya sabíamos e intuíamos, que Gemma se lo pasaba de fábula en el splay aunque en las excursiones no era muy dada a caminar.
Si alguna vez, había conseguido medio engañarla para caminar hasta una ermita cercana al pueblo donde residían sus abuelos maternos, pronto me había de arrepentir pues era una letanía del ¿Cuándo llegaremos? Cuánto falta? O lindezas como yo no camino más, me quedo aquí etc. En ocasiones así había que agudizar mucho el ingenio para conseguir que caminara sin más.
Capítulo aparte merecería la experiencia con la nieve. La primera vez que fuimos a una estación de esquí e intentamos hacerla bajar una rampa de escasos cien metros de longitud, fue toda una odisea. No había forma de hacerla deslizar, así que optamos por ponerle una monitora para que al menos nosotros pudiéramos disponer de una hora para poder esquiar.
En mi fuero interno compadecía a la pobre monitora por el “pollo” que le iba a montar, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando media hora más tarde pude comprobar con mis propios ojos como no solo se deslizaba sino que era capaz de tomar un arrastre infantil.
Así que una vez más quedaba demostrado como es capaz de mostrar dos caras, la una rebelde y protestona y la otra totalmente opuesta.
De los años en que gracias a unas ofertas especiales que hacían a los trabajadores de la compañía, los propietarios de los restaurantes de las pistas de Soldeu – El tarter y que pudimos aprovechar guardo buenos recuerdos. Eran cinco días que pasábamos entre el primero de Enero y el día cinco del mismo mes. Recibíamos dos horas de clase y el resto lo pasábamos esquiando, para regresar luego al hotel en Andorra la Vella. Pero quizá de todos el que más me ha quedado grabado fue el de un mediodía que habiendo comido quedaba un rato hasta empezar la clase que en aquella ocasión la teníamos por la tarde. Podíamos bajar una pista fácil que empezaba en el punto más alto de la estación hasta la zona intermedia. Por una vez logré convencer a Gemma para que me acompañara mientras su madre se quedaba descansando.
Subimos a un telesilla, sin más problemas. En otras ocasiones no había sido así e incluso me había hecho caer del telesilla nada más salir, pero como digo en esta ocasión pudimos subir bien. La complicación vendría después cuando al llegar al final del trayecto unos trabajadores de la estación nos avisaron de que no podríamos bajar por la pista elegida ya que debían hacer unas voladuras controladas. Como alternativa teníamos una pista roja, es decir, difícil a lo que Gemma se negó y fue tal el circo que montó que finalmente los trabajadores nos permitieron montar en el telesilla de bajada, algo totalmente insólito, eso sí bajo la condición de que habíamos de saltar antes de llegar a la estación inferior ya que esta no estaba preparada para la bajada de esquiadores. No era un salto muy elevado sobre unos dos metros, pero tuvieron que ralentizar la silla para que ella saltara. Finalmente llegamos al punto de encuentro con el tiempo justo después de tamaña odisea.
En otra ocasión Gemma cansada de esquiar se tiró al suelo, para después pedir que fuera donde ella para ayudarla a levantar. Como yo no estaba por la labor de acercarme porque sabía que podía hacerlo perfectamente sola, me mantenía a unos cincuenta metros o quizá un poco más. Pues bien en esa tesitura estábamos cuando ella empezó a gritar y agitar las manos, haciendo que un esquiador que subía en un arrastre pensase que se había caído y se había hecho daño, por lo que se desenganchó de su percha para acudir donde Gemma. Yo me hubiera querido fundir con la nieve ya que al sufrido esquiador le costó tener que volver a hacer cola por solo el capricho de que la ayudaran a levantar, algo que podía hacer perfectamente sola.
En fin, así era ella, una niña que por lo demás nunca nos dio motivos de enojo o de disgustos y que por lo demás siempre fue una buena estudiante y un ejemplo de saber estar y comportarse o al menos así hablaba de ella su abuela con la que pasaba los veranos desde que acababa las clases hasta que se incorporaba en setiembre. Gemma fue un claro punto de apoyo para su abuela, el año en que murió su abuelo ya que con su compañía palió bastante el vacío dejado por este.
Continuare…..
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