miércoles, 6 de agosto de 2014

UN OTOÑO DIFICIL DE OLVIDAR

Hola a tod@s:

Se había acabado. Aquella noche intenté hablar con ella hacerla razonar, prometerle lo imposible, no quería perderla no podía perderla. Entre sollozos llamé a mi hija que también llorando,  pues ni de lejos podía imaginar que esto pudiera pasar, trató de darme ánimos.

Mi mundo ese mundo compartido con ella, se había acabado y tenía que seguir, ¿Pero cómo? Me sentía viejo, cansado e impotente para seguir.

Días antes había decidido cambiar de gimnasio y ahora veía que necesitaba hacer cosas nuevas, ocupar mi tiempo. Pero era una obligación autoimpuesta  y no algo que hiciera con gusto.

En una de esas tardes que iba hacia el gimnasio, recibí la llamada de la madre de Ana. Le sabía mal lo que había pasado pero me animaba a seguir mi camino y recuerdo que le dije que no, que yo iba a luchar y si veía el más mínimo resquicio, la más ínfima probabilidad de reconducir aquello, lucharía por hacerlo.

Ana no había dejado de llamarme. Tenía claro que no quería seguir como pareja, pero no quería perderme como amigo. Que difícil es eso. Como seguir siendo amigo de quien a lo largo de siete años ha compartido contigo mesa, lecho, alegrías y tristezas y ahora decidía seguir su camino sola.

Cada conversación era un duelo dialéctico. Había ocasiones en las que parecía que la había convencido pero a las pocas horas o al día siguiente todo volvía a estar igual. Por otra parte, en mi fuero interno algo me decía que aquello era lo mejor que podía pasar, que de ninguna manera podríamos seguir juntos, ya no.

Ana volvió y se instaló de nuevo en casa de Chelo y Joaquin. Yo ciertamente no estaba molesto con ellos, al contrario me alegraba de que la acogieran y de que Ana no tuviera que tomar decisiones precipitadas.

Por otro lado no quería perder el contacto y la amistad con esa pareja porque de alguna manera eran mis únicos amigos, pero ellos no querían verse envueltos en una guerra en la que habían tenido que tomar partido casi de una forma impuesta.

Varias fueron las veces que Ana y yo estuvimos juntos, ya fuera en la que había sido nuestra casa, viendo la tele incluso se quedo a dormir compartiendo cama, o saliendo a Sitges o Andorra, pero el final siempre era el mismo, yo llorando por ella.

Dado que nada tenía que perder, le explique todo lo que me había sucedido, los celos, el diario que cayó de su bolso, lo que sabía de aquella persona que yo creía apartado de su vida cuando empezamos a convivir y así entendió el porque mi cambio en el carácter, así que, decía yo, sabiendo cual era el problema podríamos tratar de buscar solución
¿Necesitas más libertad aún? Tómatela yo no te voy a reprochar nada y Ana empezó a pedir tiempo, tenía que pensar antes de decidir.

Así iba pasando el tiempo, días y semanas. Veía acercarse las Navidades y sabía, sentía que ella tenía que decidir y aunque la incertidumbre me corcomía, no quería poner presión para evitar que por presionar ella respondiera de forma precipitada.

Hacía actividades solo, para demostrarle que no dependía de ella, para que viera que podía cambiar. En este tiempo ella hizo un par de viajes a Chiclana a casa de sus padres. El contrato de trabajo había finalizado en Julio y por olvido no se había matriculado en Derecho que era su proyecto de nueva carrera.

A principios de Diciembre del años pasado, me comunicó su decisión final: Mo había vuelta a tras Ana salía de mi vida como pareja y me ofrecía eso sí su amistad. Una amistad bastante especial después de todo lo vivido.


Continuaré………

No hay comentarios:

Publicar un comentario