Y ocurrió que pocos días después de la súbita marcha de Ana, Isidro era ingresado de urgencias. Como he
dicho ya hacía meses que nos habían dicho que tenía un tumor justo detrás del
píloro y su final era inminente. Así que
me encontré de repente solo y con Isidro en los últimos días.
Antes de Navidades, no obstante viaje en tren a Cádiz para volver
a encontrarme con Ana y tras hablar mucho, nos dimos una segunda oportunidad.
Yo estaba dispuesto a darle más libertad y eso aún y a pesar de que durante los
días en que estuve solo, ordenando la habitación donde ella solía dejar tirados
sus bolsos, el destino hizo que recogiendo uno de ellos, cayera una libreta,
tipo diario y justo en la hoja en la que quedó pude leer algo que aún me dolió
más que su temporal adiós.
Era una anotación que daba a entender la existencia de otra
relación sin que pudiera determinar quien era la otra persona. Pero estaba tan
enamorado de Ana que hasta su infidelidad estaba dispuesto a perdonar y no
quise comentar nada de lo que había leído.
Con el tiempo he llegado a pensar e incluso a decir que quien por
celos busca y encuentra la prueba que da razón a sus celos, sufre muchísimo. Si
por el contrario nada encuentra, aun sufre más, pues al no hallar seguirá
buscando y desconfiará siempre del otro. Pero lo peor que puede ocurrir es
encontrar cuando no se busca. Saber o tener casi la certeza de que hay un tercero
en discordia cuando lo que querías precisamente era pasar página.
Eso eslo que me ocurrió a mí y debo decir que fue como si a una
herida le echas sal. Duele muchísimo.
Nos reconciliamos, es cierto, pero siempre supe que aquello iba a
ser temporal y que un día pondría el punto y final a esa relación. Con el
tiempo mi carácter se fue tornando más serio. Me alegraba cada noche de haber
podido vivir un día más junto a ella y me levantaba preguntándome si ese no
sería el último día que estuviéramos juntos.
Gemma y David nos habían vuelto a hacer abuelos meses antes y poco después de nacer tomamos una
fotografía que aún hoy en día ocupa un lugar destacado en mi salón.
Isidro con Gael, samuel, Gemma, Ana y yo. Cuatro generaciones en esa
foto. La última con Isidro.
En Enero de 2.012 Isidro nos dejó. He de confesar que sentí tanto
su muerte como la de mi propio padre o la de mi madre. Isidro dejó un vacío que
no se ha vuelto a llenar y no hay día que no lo recuerde por una cosa u otra.
En el mueble que tengo frente a mi en la habitación habilitada
como despacho desde la que escribo, reposan sus cenizas esperando que algun día
cumpla su voluntad de que parte de las mismas sean esparcidas en el Pirineo
gerundense por los pasos que tantas veces en su época de guerrillero cruzó en
ambos sentidos.
El tiempo siguió transcurriendo. Ana ya había acabado la
Universidad, pero ya no había planes de boda, ni siquiera lo planteábamos.
Empezó un Master y encontró un trabajo en el que apenas le daban un sueldo que
pudiera cubrir sus gastos de locomoción. Esto la hizó relacionarse con mucha
más gente y empezó a tener más salidas de cenas o celebraciones y si al
principio no se oponía a que yo la fuera a recoger para volver a casa, fuera la
hora que fuera, ahora parecía que le molestara que yo estuviera pendiente. Por
supuesto nunca acudí a ninguna de esas celebraciones y en las últimas ocasiones
se quedaba a dormir en casa de Chelo y Joaquin para recogerla yo al día
siguiente o la traían a casa ellos.
Así llegamos al verano del 2.013 el verano pasado. Ana marchó a
principios del mes de Julio a casa de sus padres y yo me quedaba en Barcelona.
Me reuní con ella a finales de ese mes y ya en la primera semana antes de que
David, Gemma y los niños vinieran a pasar unos días, tuvimos una fuerte
discusión.
El motivo, algo tan banal como el comprobar que no había la más
mínima ilusión por ir a ningún sitio juntos. Ira de tiendas aunque no fuera a
comprar algo que ambos hacíamos siempre con gusto, ya no le apetecía y de
comentar eso pasamos a cuestiones más serias y profundas.
Era evidente que ella había perdido toda ilusión y yo me resistía
a reconocerlo. Aún con todo estaba dispuesto a marchar aquel mismo día y poner
el punto y final, algo que dije con la boca pequeña, pero no era ese el momento. Vinieron ellos,
estuvieron con nosotros y se fueron. Nosotros seguimos saliendo intentando
reconducir lo que no tenía solución, comiendo, cenando en sitios de playa,
contemplando una puesta de sol, pero fue algo temporal. Pocos días antes
de volver yo a Barcelona, ella aún se quedaría unas semanas más, volvimos a
discutir y de nuevo hubieron lágrimas.
Tan claro veía el final que hasta por tres veces le pregunté si
pensaba volver a casa y ella no dijo que no. Antes de marchar y cuando ya me
despedía de su padre, este me preguntó cuando volveríamos a vernos y yo
respondía que la respuesta la tenia Ana que solo ella lo sabía. Era el 18 de
Agosto.
Trece días después, la noche del 31 al 1 de Setiembre ante mi
insistencia al teléfono para que hablase claro, Ana me dijo que nuestra
relación se había acabado y que ya no volvería a casa. Pese a saber que iba a
pasar, pese a saber que no había futuro, pese a mis celos y a mis razones para
ello, el mundo se mi vino encima y empecé un periodo lleno de tristeza.
Continuaré...........
No hay comentarios:
Publicar un comentario