martes, 1 de julio de 2014

DIVORCIO

Hola a tod@s:

Ana era, es, pues sigue viva, mucho más joven que yo. Nuestro contacto no fue buscando una relación física, estaríamos hablando durante mucho tiempo hasta que nos viéramos por primera vez. Ella vivía en una ciudad de la provincia de Cádiz y cursaba el último curso antes de acceder a la Universidad.

Nuestras conversaciones abarcaban todo lo imaginable, política, sociedad, estudios, también sentimientos. Yo nunca le oculté que era un hombre casado y ella nunca tuvo intención de romper mi matrimonio. De hecho cuando meses después yo decidí poner punto y final a mi matrimonio, Ana me preguntó si lo había hecho por ella, si ella era el motivo de esa ruptura. No. no era ella el motivo de la ruptura, en todo caso, ella la aceleró y precipitó una decisión que estaba anunciada que se iba a producir de todas formas. Tal vez no hubiera sido Ana y hubiera sido cualquier otra persona o simplemente yo hubiera tomado la decisión sin más.

A principios del mes de Febrero, Ana se desplazó a Barcelona. Llegó un viernes y marchó el domingo. Ese mismo día, visité a Isidro y le comuniqué que iba a poner fin a mi matrimonio y que había conocido a una mujer mucho más joven que yo con la que tal vez pudiera iniciar una nueva vida. Isidro lejos de sorprenderse o recriminarme mi actitud, dijo que lo entendía y me confeso por vez primera que tanto él como mi madre nunca vieron con buenos ojos a Juliana pero que jamás quisieron entrometerse ni sembrar discordia entre nosotros. Esto fué algo que realmente me sorprendió pues no lo hubiera imaginado antes. De hecho no es que hubiera mucho roce entre ellos pero cuando Isidro estaba ya a las puertas de la muerte Juliana lo fue a visitar y también tuvo un recuerdo y manifestó sus condolencias cuando él murió.

También ese mismo día puse el punto y final a la relación mantenida con Asún y también lo comuniqué a otra Ana, esta argentina, con quien sigo manteniendo una sólida amistad.

A lo largo de las conversaciones que mantenía con Ana, esta me pidió en repetidas ocasiones que el día en que tuviera que hablar con sus padres acerca de mí, yo estuviera presente.

El destino hizo que dos semanas más tarde de su visita a Barcelona y solo una semana después de haberle dicho a Juliana que deseaba poner punto y final a nuestro matrimonio, tuviera que desplazarme a casa de Ana para defender ante sus padres y hermano nuestra voluntad de iniciar meses más tarde una relación de pareja.

Pero vayamos por partes. Tras la visita de Ana, estuve dándole muchas vueltas a mi cabeza. Yo no quería bajo ningún concepto volver a engañar a mi esposa y aunque no sabía hasta donde podía llegar aquella incipiente relación con Ana, en la que ni siquiera sabía si iba a haber algo más que nuestras conversaciones y alguna que otra visita ocasional, no me parecía honesto seguir con una relación que ya no podía ofrecer nada más que sufrimientos y rencores.

La verdad es que ella, también lo veía venir y lo único que me pidió fue que mantuviera las apariencias lo mejor que pudiera hasta la boda de nuestra hija Gemma que se celebraría en el mes de Mayo de ese mismo año. Me pareció justa su petición y permanecí en la vivienda común aunque paralelamente yo buscase un nuevo lugar donde vivir.

Mi petición no era de separación, yo quise y pedí desde el primer momento el divorcio, más por miedo a que de necesitarlo en un futuro, no me lo quisiera dar por despecho que por humillarla más.  También propuse que la vivienda se mantuviera ya que era un patrimonio que siempre quisimos ceder a nuestra hija, pero con el derecho de usufructo de la misma para Juliana. También le cedí todos los muebles de la casa y asumí como propia la deuda por el préstamo que para sufragar los gastos de la boda habíamos solicitado y por último le ofrecí una cantidad que era más simbólica que otra cosa a modo de compensación mensual durante cuatro años.

Sin duda hubiera merecido más, pero yo tampoco podía ofrecer más de lo que ofrecí y que fue considerado por su abogado como un acuerdo magnífico que no debía discutir. Y no lo hizo. meses más tarde un juez sentenciaría nuestro divorcio.

Atrás quedaron años de alegrías y tristezas de desvelos por educar y hacer de nuestra hija una mujer capaz de salir adelante por si misma. Juliana que a partir de entonces se hace llamar Julia, ni olvidó ni perdonó. Hoy tras más de ocho años de estar separados aún no somos capaces de cruzar poco más de cuatro lineas en un email. Incluso en los nacimientos de nuestros nietos, no hemos sido capaces de dejar a un lado nuestras diferencias y los hemos tenido que ver por separado y cuidando de no coincidir.

Yo abandoné la que había sido nuestra casa la misma noche en que nuestra hija Gemma se había casado. De hecho yo acompañe a Julia hasta casa y me despedí de ella en el coche.

Al día siguiente, de forma individual ya que ella no se presentó, les dije a mi hija y su ya marido que su madre y yo nos habíamos separado y lo hice entre lágrimas y pidiendo perdón por el daño que les pudiera causar y explicando que había tomado aquella decisión por más que fuera dolorosa por no hacer más daño a su madre que no lo merecía.

Habrá tiempo y espacio de hacer una valoración de la persona y de la relación. Solo haré un apunte. Sin duda alguna Juliana o Julia no se mereció nunca lo que de amargo le tocó vivir. No mereció ser engañada, ni que truncase su más o menos plácida vida por mis decisiones. No lo merecía sin más y no me cansaré nunca de pedir perdón por el mal causado. No es un perdón para pedir una tercera oportunidad. No creo que a estas alturas fuera posible volver a reiniciar una vida en común, ni tampoco creo que de pedirla, me la diera. El perdón que le pido es por todo lo anterior por haberle, permitid me esta palabra "jodido" la vida.

Continuaré......

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